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Antropología, Identidad y Políticas Culturales
Por Rubens Bayardo
Programa Antropología de la Cultura
ICA, FFyL, Universidad de Buenos Aires
bayardo@tropos.filo.uba.ar |
En este artículo procuramos exponer algunas consideraciones acerca
de las políticas culturales y la construcción de identidades desde
una perspectiva antropológica, para la cual son caras las nociones
de cultura y de identidad. Ahora bien, más acá del seductor exotismo
que la antropología evoca, a que nos referimos con esta perspectiva?
Básicamente hacemos alusión a una tradición disciplinaria, la cual
pone el eje en la explicación de las diferencias biosocioculturales
de los grupos humanos en el espacio y en el tiempo. Para ello recupera,
por una parte, el particularismo de la pequeña escala de lo que
los hombres hacen, piensan y dicen en su vida cotidiana, y por otra
parte, el universalismo del punto de vista evolutivo, que los considera
en tanto especie que se autoproduce. Esto nos enfrenta a la noción
matriz de cultura como bisagra y ruptura con la naturaleza, y al
concepto plural de culturas como los diversos modos consistentes
de resolución de esta discontinuidad. Los antropologos somos tenidos
como los observadores desinteresados de la diversidad de las culturas
y de las identidades en ellas conformadas. Quizás sea esa misma
atribución observacional la que hace que no se nos vincule con las
políticas, las cuales remiten a actividades de intervención en universos
conflictivos.
Pero esas presunciones refieren a estadios anteriores de la disciplina,
que sólo recientemente ha recuperado el concepto de cultura. Tal
abandono tuvo que ver con las implicancias del concepto de cultura
elaborado a partir de las experiencias con las sociedades primitivas.
En forma bivalente por cultura se entendió tanto a la totalidad
del modo de vida de un pueblo, como a ese mismo pueblo. Así, el
concepto de cultura se confundió con el de sociedad e incluyó sin
distinciones ni jerarquías aspectos materiales y espirituales, aunque
poniendo énfasis en estos últimos. El lugar del observador y la
situación colonial en que se produjo el contacto, fueron soslayados
por teorizaciones que consideraron a las culturas como ajenas a
la historia, aisladas, homogéneas, integradas, sin conflictos. Al
esencialismo de esta concepción correspondió una noción de identidad
que subrayó la mismidad, la permanencia, ignorando alteridades y
clivajes internos.
La tésis relativista que defendía la singularidad de cada cultura
y el respeto por las diferencias, naufragaba ante un mundo del cual
no se veían los juegos de poder, los intereses en pugna. La abstención
implícita en tal neutralidad valorativa, terminaba legitimando la
cristalización de un orden impuesto por la fuerza. Se comprende
que estas perspectivas de la cultura, la identidad y el relativismo
cultural, no proporcionaran instrumentos idóneos para abordar los
procesos histórico - políticos que en su misma formulación ocluían.
Las políticas culturales propiciadas por tales concepciones, apuntaban
a la colección de objetos tenidos por característicos, a la exposición
de repertorios descontextuados y a la preservación de un patrimonio
congelado, ante la posibilidad de su irremisible pérdida. Paradójica
antropología, que procurando reflejar la variabilidad ecuménica,
terminaba negando toda real intervención a los hombres sobre las
condiciones de su propia existencia.
El abandono de este encuadre teórico metodológico y su reemplazo
por abordajes centrados en el concepto de sociedad, tuvo como meta
hacer posible el análisis objetivo de las estructuras y los procesos
de la vida social, a la luz de factores históricos, económicos y
políticos. Con ello se produjeron avances en el conocimiento antropológico
de las constricciones materiales y las pujas de poder, de la explotación,
la desigualdad y la discriminación entre los hombres, de la dinámica
de la estabilidad y el cambio. Pero, desechando el énfasis espiritualista
previo, se incurrió en un objetivismo que no prestó la debida atención
al lugar de las representaciones y de la subjetividad en la construcción
del mundo real. Un enfoque plenamente relacional y superador del
sustancialismo solo comenzaría a ser posible con la reelaboración
de los conceptos de cultura y de identidad.
Las recientes concepciones de cultura han tendido a restringir
su sentido totalizador anterior centrándose en los aspectos ideacionales,
pero entendidos como una dimensión simbólica relacionada a los procesos
de producción material y reproducción social. En esta perspectiva
la cultura es una construcción significante mediadora en la experimentación,
comunicación, reproducción y transformación de un orden social dado.
Como dimensión constitutiva de ese orden es una condición de su
existencia y no una entidad desgajada, posterior a él: conforma
las relaciones sociales, económicas y políticas. A la vez conforma
nuestra subjetividad, nuestro modo de percibir el mundo, de experienciar,
indagar y replantear las relaciones humanas.
Esta definición restringida de cultura deja de lado su vaguedad
omniabarcativa en pro de establecer niveles específicos de análisis
y de proponer relaciones entre los mismos. La cultura, como uno
de esos niveles, se convierte en objeto de disputa en los procesos
de construcción de hegemonía y deja de ser una entidad estática
y homogénea, superando tanto la ausencia de causalidad como el determinismo
previos. La centración en el aspecto significante focaliza la problemática
a considerar y aproxima esta concepción al sentido corriente de
cultura como actividades intelectuales y artísticas. Ello posibilita
un análisis más adecuado de este ámbito especializado que contribuye
a las reelaboraciones de la esfera cultural global y proporciona
instrumentos para pensar e intervenir en políticas culturales.
Los nuevos enfoques acerca de la identidad, en estrecha vinculación
con los planteos previos, enfatizan su carácter plural, cambiante,
constituído en los procesos de lucha por el reconocimiento social.
Las identidades son construcciones simbólicas que involucran representaciones
y clasificaciones referidas a las relaciones sociales y las prácticas,
donde se juega la pertenencia y la posición relativa de personas
y de grupos en su mundo. De este modo no se trata de propiedades
esenciales e inmutables, sino de trazos clasificatorios auto y alteratribuidos,
manipulados en función de conflictos e intereses en pugna, que marcan
las fronteras de los grupos, así como la naturaleza y los límites
de lo real. No se trata de una cualidad perenne transmitida desde
el fondo de los tiempos, sino de una construcción presente que recrea
el pasado con vistas a un porvenir deseado. En este sentido la noción
de identidad, recuperando los procesos materiales y simbólicos y
la actividad estructurante de los sujetos, permite analizar la conformación
de grupos y el establecimiento de lo real en sus aspectos objetivos
y subjetivos.
Las políticas culturales, como intervenciones orientadoras del
desarrollo simbólico, contribuyen a establecer el orden y la transformación
legítimos, la unidad y la diferencia válidos, las identidades locales,
regionales y nacionales. Su sentido profundo apunta más al hacerse
de la sociedad, a la conformación de marcos y pautas generales de
convivencia, que a la sola ilustración humanística o el cultivo
estético. De aquí su trascendencia en el desarrollo socio económico
y en la democratización política y de aquí también la importancia
de la crítica de la cultura. A nuestro entender, en el momento actual
del país esta crítica pasa por dos tópicos fundamentales.
En el presente contexto las políticas culturales públicas han convertido
la intervención positiva en acciones por omisión. El Estado sólo
mantiene la gestión de los bienes tradicionales, emblemáticos y
no lucrativos, en gestiones que propician el patrimonialismo cultural
y el esencialismo identitario. Por otro lado transfiere los espacios
modernos y rentables de la cultura hacia agentes privados capitalizados,
convirtiéndolos en áreas de explotación comercial, mientras que
niega apoyo a los agentes privados sin capital y a los agentes comunitarios,
librando esas iniciativas a una autoproducción escuálida. Mientras
que la modernización favorece el incremento de las desigualdades
sociales, el tradicionalismo legitima como preexistente esta diferencia
generada. Su apropiación del patrimonio cultural esteriliza la variedad
de las experiencias humanas en un repertorio sesgado y congela la
cultura en atributos inmutables calificados. El esencialismo identitario
presenta a las desigualdades como meras diferencias y a estas las
tapona en provecho de una unidad cristalizada. Construye subjetividades
desmesuradamente reprimidas en su capacidad crítica y estructurante,
limitando el flujo cultural y la resolución plural del futuro deseado.
Un diseño tal del espacio cultural afianza una nueva hegemonía que
va directamente en contra de la formación de ciudadanía, la democratización
y el desarrollo, por lo que como política cultural debe ser cuestionada.
Pero cuando se piensa en un nivel más global de las políticas culturales,
se plantea una segunda y prioritaria urgencia. La insistencia hoy
hegemónica en reducir todos los problemas a la dimensión económica
y su lógica 'natural' e inevitable, conduce a la negación radical
de las expectativas y de las intervenciones de los actores sociales
en sus asuntos vitales. Su contraparte, la atribución de esos mismos
problemas a una cultura de la evasión o a una cultura de la corrupción
y el reclamo de una cultura del trabajo, no hace sino apelar a imaginarios
falaces -en tanto desgajados de sus condicionamientos sociales-
que operan en igual dirección. Ello comporta una negación de la
cultura como recreación que los mismos hombres hacen de las relaciones
entre sí y con la naturaleza, que no puede pasarse por alto en tanto
empobrece ya no sólo la convivencia democrática, sino también la
propia condición humana. En este sentido la esfera cultural como
tal debe ser reivindicada en su presencia, su relevancia, su autonomía
relativa y sus potencialidades. El derecho a la cultura y a la identidad
que las políticas culturales debieran consagrar, se vuelve así un
derecho a la existencia y a la dignidad del ser reconocido, que
hace que a esa existencia que vale la pena transcurrir la llamemos
vida.
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