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Comunicación de proyecto
Identidad y procesos de construcción de hegemonía. El caso
mapuche de Colonia Cushamen.
Ana Ramos |
Introducción:
Este proyecto de investigación se propone explorar
la problemática identitaria mapuche en la Colonia Cushamen (provincia
del Chubut) alrededor de dos ejes centrales:
1- Los distintos sentidos de pertenencia y devenir
que se encuentran en disputa entre los pobladores mapuche.
2- La relación entre ese proceso de construcción
de comunidad y los procesos de hegemonía en el área.
La investigación integra aportes teóricos y metodológicos
de la etnografía del habla y la comunicación, el análisis del discurso
y las reformulaciones de los estudios étnicos desde perpectivas
teóricas que incorporan el concepto de "aboriginalidad".
Este trabajo forma parte del proyecto de investigación
más amplio Discurso y metadiscurso como procesos de producción
cultural en el área argentina (UBACyT FI020), dirigido por Claudia
Briones y Lucía Golluscio. Tal proyecto tiene el doble objetivo
de recolectar narrativas orales que circulan en el área mapuche
argentina, y de analizarlas como procesos discursivos de producción
cultural que involucran al mismo tiempo componentes comunicativos
y metacomunicativos.
El presente proyecto es, también, parte de un proceso
personal que me ha llevado a abordar desde distintas perspectivas
antropólogicas la problemática identitaria en la Colonia Cushamen
a partir de mi primer trabajo de campo en el área, en el verano
de 1995.
La Colonia se encuentra en la región precordillerana
al norte de la provincia del Chubut, su extensión es de 50 leguas
cuadradas y se divide en los parajes de Ranquilhuao, Blancura, Mina
Indio, Costa Ñorquinco, Rinconada y Río Chico. Las tierras de Cushamen
fueron otorgadas al cacique Miguel Ñancuche Nahuelquir por decreto
del Poder Ejecutivo Nacional en 1899 para la formación de una colonia
pastoril. Ñancuche debió designar a treinta familias para que lo
acompañen en la fundación de la colonia.
En Cushamen se realiza todos los años el "camaruco"
o rogativa anual. La comunidad se divide en dos "partes",
cada una de las cuales está representada por un "cabecilla".
Actualmente el lugar donde se realiza la rogativa y la legitimidad
del "cabecilla" que encabeza una de estas "partes"
se encuentran en disputa. Otro acontecimiento ha contribuido a acentuar
en estos dos últimos años estos enfrentamientos: la inauguración
de un monolito en honor a Miguel Ñancuche Nahuelquir y la celebración
de una rogativa en las tierras en las que él había vivido, llevada
a cabo por aquellos que no comparten la organización del actual
"camaruco". El reconocimiento del cacique citado como
el fundador de la Colonia fue el punto de partida de los discursos
de todos los sujetos sociales, de los realizadores y participantes
mapuche del evento, de la agrupación indigenista de Chubut
que asistió, de las autoridades políticas de la provincia que estuvieron
presentes en la rogativa y de los mapuche de la colonia que
se negaron a participar en ella.
A partir de estas experiencias en el campo surgieron
las preguntas que constituirán los ejes centrales del presente proyecto:
El primer eje hace referencia a los distintos sentidos
de pertenencia que se encuentran en disputa entre los pobladores
mapuche de Cushamen. Aun cuando la "mapuchidad"
de quienes proponen diversos lugares para la realización de rogativas
parece estar fuera de duda ¿Podríamos pensar que tanto las disputas
en torno al lugar de la rogativa y la legitimidad del cabecilla
como la construcción de un monolito nos remiten a la construcción
de diferentes "sentidos de pertenencia"?
El segundo eje problematiza la relación entre ese
proceso de construcción de identidad/comunidad y el de construcción
de hegemonía en el área. Las distintas "imaginarizaciones"
de la "comunidad" están directamente relacionadas con
los conflictos que se generan en las múltiples relaciones mapuche-winka.
La apropiación diferencial de la historia, las distintas definiciones
de "nosotros" y de los "otros", y así como las
definiciones de la noción de "cultura" cobran sentido
en el proceso que genera estas relaciones. Surge así una segunda
pregunta: ¿Qué factores han incidido en la diversificación de perspectivas
entre quienes desde la mirada oficial son "miembros de un mismo
grupo étnico" y por el decreto de formación de la Colonia han
quedado circunscriptos como "pobladores" de una misma
comunidad?
Este abordaje a partir de las relaciones interétnicas
contribuye a iluminar la particularidad del caso Cushamen. La figura
jurídica de "colonia agrícola" no ha sido prevalente en
Pampa-Patagonia, otorgándole especificidad al "proceso de comunalización"
(Brow 1990) que se construye a partir de este estatus; y al que
ha correspondido una historia de relaciones, también diferenciales,
con la sociedad mayor.
En los últimos años los estudios étnicos se han desarrollado
a partir de definir la categoría "etnicidad" y en relación
a ésta, la noción de "minoría étnica". A la luz de desarrollos
recientes que problematizan dicha noción, se intentará analizar
los procesos de formación de comunidad (comunalización), y de esta
manera contribuir a la redefinición de la noción de etnicidad para
que sea operativa en el caso de los pueblos indígenas.
Siguiendo métodos de análisis que enfocan a las prácticas
discursivas y metadiscursivas como instancias claves de producción
cultural, la respuesta a las preguntas que nos convocan se enmarcan
en perspectivas teóricas cuyos temas centrales son: la construcción
hegemónica de "otros internos", las experiencias de comunalización
que recurren al pasado de manera diversa y a veces encontrada, la
construcción simultánea de "aboriginalidad" y "nación",
y las refordefiniciones de la noción de cultura que permiten el
análisis de estándares compartidos de autenticidad que suelen recaer
con más fuerza sobre los miembros de grupos aborígenes.
Marco teórico
Quienes trabajan con poblaciones indígenas adscriben
a distintas interpretaciones sobre la poblemática identitaria. Las
aproximaciones teóricas desde la noción de etnicidad han utilizado
este término de formas diversas, con énfasis complementarios y muchas
veces opuestos.
La palabra etnía ( proveniente del latín y del griego)
hace referencia a un pueblo particular con determinada cultura.
La etnología de fines del siglo XVIII consideró un atributo necesario
de estos pueblos las características raciales. En el contexto de
formación de los nuevos estados-nación, la antropología encuentraba
su objeto de estudio en conjuntos sociales definidos por la coexistencia
de dos elementos: raza y cultura. A fines del siglo XIX y principios
del XX, a partir de la antropología boasiana, comienza un proceso
de des-racialización del concepto de etnía, en el que encontramos
una mayor inclinación de la balanza hacia los rasgos culturales.
Las transformaciones de una "cultura primitiva" en "civilización",
son entendidas como una sustitución gradual de rasgos culturales
a través del proceso de difusión. Lo novedoso de esta postura consistía
en los nuevos énfasis que se inauguraban. En primer lugar la determinación
social y cultural de las "impresiones sensoriales" y "actividades",
la posibilidad de transformación de las culturas insistiendo en
el poder del aprendizaje, y finalmente la nueva definición del concepto
de cultura, como una categoría holística donde se encontraban interrelacionados
distintos elementos como invenciones, vida económica, estructura
social, arte, religión y moral (Boas 1911). A mitad de este siglo
se comienza a pensar las sociedades con límites concretos y características
contrastantes, como sociedades multi-étnicas. Es así que resurge
el término de "etnicidad" haciendo mayor hincapié en
el contacto sistemático de los grupos dentro de las estructuras
sociales que los engloban.
Los estudios étnicos generalmente han seguido la obra
de Barth (1976), Los grupos étnicos y sus fronteras. Este
autor afirma que las diferencias culturales presupuestas en las
categorías étnicas no son la suma de rasgos objetivos, sino solamente
aquellos que los actores consideran significativos. Sustituye entonces
el término "etnía" por "etnicidad", para mostrar
desde un comienzo que se trata de una categorización diferente
[1] . Esta es concebida como un "modelo generativo de
la interacción, recalcando la importancia de los procesos y del
análisis de la elección" (Ringuelet 1987:26).
En su planteo, la construcción de los grupos étnicos
tiene una base organizacional, el acento está puesto en la adscripción
de caracter exclusivo y diacrítico a través de la identificación
en el campo de la comunicación e interacción (Tamagno 1988, Ringuelet
1987).
Este reconociemiento del carácter relacional de las
adscripciones significa un avance teórico importante. Los límites
de su postura son los siguientes: en primer lugar se encuentran
oscurecidas las diferencias de poder para fijar las coordenadas
en la formación de identidades en base a los contrastes nosotros-otros.
Esta opacidad se debe al modelo de sociedad plural utilizado, en
el cual la relación entre los grupos se percibe como consensuada
y complementaria. Finalmente, al otorgarle a la identidad étnica
el estatus de "identidad básica y general" se desconoce
su carácter contingente, político y situacional, por el cual en
determinadas coyunturas puede encontrarse enmascarada o en suspenso
(Briones 1995b).
Por la misma época, el interaccionismo simbólico (Frake
1964, Needham 1973) retoma la tradición teórica de Max Weber. Dolores
Juliano (1992) afirma que en estas perspectivas la identidad es
un juego de asignaciones en que cada uno de los interlocutores construye
y habita una escala flexible de contenidos asignados por ellos mismos
en las relaciones sociales, limitando la movilidad conceptual a
un campo previamente consensuado. De esta forma la sociedad es percibida
como un conjunto de individuos interrelacionados por normas y propósitos
comunes, desconociendo las relaciones de poder asimétricas y la
conflictividad del proceso hegemónico en el supuesto "consenso".
Cardoso de Oliveira (1971) también propone separar
la identidad étnica de los atributos de un grupo concreto, para
analizar la situación de cultura de contacto. Explica la esencia
de la identidad étnica como una identidad de "contraste".
Este autor desarrolla con mayor profundidad los aspectos
que vinculan la identificación étnica a los procesos ideológicos,
ya que más que delimitar unidades étnicas, analiza categorías étnicas
que codifican una red de relaciones. De esta forma la noción de
"identidad básica y general" cobra mayor especificidad.
En el contexto interétnico, sobre todo cuando la situación que engendra
la etnicidad tiene lugar como "fricción interétnica",
Cardoso elabora el concepto de "manipulación". Este hace
referencia a la capacidad de jugar con identidades "virtuales"
de acuerdo con las circunstancias y las personas que intervienen
en la interacción. La lógica racional de las manipulaciones de una
identidad es incorporada a su planteo a partir del concepto de "cultura
de contacto" -conjunto de representaciones, entre los que se
incluyen los valores, que un grupo étnico hace de una situación
de contacto determinada y de los términos a partir de los cuales
se clasifica a sí mismo y a los otros.
Dentro de la clasificación que realiza de las situaciones
de contacto define las "situaciones de inclusión" como
aquellas en las que "se admite la pertenencia de un grupo étnico
dentro de otro ámbito mayor como el nacional" (Ringuelet 1987:28).
Allí el tema de la "manipulación étnica" queda incorporado
como una estrategia de interrelación entre grupos culturalmente
diferentes y socialmente desiguales, ya que incluye a los grupos
étnicos en la estructura de clases de sociedades nacionales (Tamagno
1988:56). La etnicidad es un concepto que renace en un contexto
político donde las identidades son manipuladas por individuos que
compiten por el poder.
En una dirección similar, la etnicidad es entendida
en los planteos de Aronson (1976) como un arma para la competencia
social. La identidad étnica queda definida como "ideología
particular de y para disensos de valor y descompromiso en el marco
del terreno sociopolítico más inclusivo" (Aronson:1976:9-22).
En este marco los grupos étnicos se constituyen como "grupos
de interés". Estos realizan la elección estratégica de esa
membresía ante determinadas relaciones de dominación y de distribución
de recursos.
Dentro de estos enfoques instrumentalistas, la etnicidad
ha sido abordada como disparador de la movilización social en procura
de recursos o como marcación cultural utilizada en los procesos
de construcción del Estado (ver, por ejemplo, Alonso 1994, Williams
1993).
Consideramos un aporte de los enfoques instrumentalistas
la identificación de ciertos grupos indígenas como "grupos
de interés". Pero encontramos limitaciones en estos enfoques
para contestar por qué el "ser indígena" no es condición
suficiente para la movilización social o por qué entre los miembros
de pueblos aborígenes coexisten manipulaciones y disputas con adhesiones
diferenciales a los principios hegemónicos en base a los que son
adscriptos (Briones 1995b).
Estas limitaciones consisten en tomar la construcción
de la "nación" como único marco histórico de análisis
y no explicar la "asignación asimétrica que instaura categorías
marcadas -los étnicos- y categorías desmarcadas de los grupos y
de las arenas sociopolíticas donde la alteridad se esgrime como
factor" (Briones 1995b:15). En palabras de Ana María Gorosito,
el énfasis puesto en el análisis de los grupos étnicos en situación
de minorías sociológicas "tiende a oscurecer el hecho de que,
en el estudio de las relaciones interétnicas, la propia sociedad
global o al menos sus segmentos regionales, devienen asimismo grupos
étnicos, y parte integrante de la realidad de análisis" (Gorosito
1992:144).
Los modelos de consenso inaugurados por el formalismo
barthiano y el interaccionismo simbólico han enfrentado otra vertiente
de cuestionamientos teóricos. Dentro de los enfoques materialistas,
el marxismo tradicional restó importancia a los problemas de identificación
étnica, considerándolos simples epifenómenos de la división de clases
y como fenómenos de "falsa conciencia", tenderían a desaparecer
(Juliano 1992, Briones 1995b).
Díaz Polanco (1981) critica estos enfoques que reducen
la cuestión étnica a una fase precapitalista de evolución social.
El cuestionamiento se amplía también hacia los enfoques que postulan
la importancia de los fenómenos étnicos ante los de clase o el tratamiento
de ambos tipos de fenómenos como de distinto orden. Este autor relaciona
la etnicidad con el conflicto de clases. Propone considerar grupos
étnicos a aquellos que manifiestan un conjunto de atributos culturales
dentro de una clase social, y nacionalidades a los que expresan
su etnicidad en sectores sociales divididos en clases. La etnicidad
como una dimensión de la clase, y la etnía "un fenómeno de
identidad restringido a ciertos grupos constitutivos de una clase
social" (Díaz Polanco 1981:58). El conflicto étnico-nacional
es expresión de la perdurabilidad de concepciones clasistas sobre
las relaciones económicas, sociales, políticas y culturales. La
nación es un sistema basado en la centralización y la exclusión,
que bajo el supuesto de "unidad nacional" mantiene y reproduce
la desigualdad real (Díaz Polanco 1987:14) [2] .
Para Ringuelet (1987) aún no queda clara la especificidad
de la etnicidad en estos planteos, ni la forma que adoptan los grupos
étnicos-clases sociales, y afirma que el enfoque de Díaz Polanco
presenta dificultades inversas, pero de similar importancia, a las
que este autor señala en los planteos de Bonfil Batalla. Por eso
propone un análisis complementario entre ambas perspectivas. Claudia
Briones (1995b) señala que estos enfoques no consideran la articulación
particular entre clase y etnicidad en cada formación social, ni
las formas diferenciadas de explotación de distintos sectores de
una fuerza de trabajo.
El anclaje estructural de la ideología étnica ha sido
recientemente retomado incorporando algunas consideraciones gramscianas.
John y Jean Comaroff (1992) establecen que la etnicidad [3] no puede ser tratada como un principio
explicativo independiente como una "primera causa" en
sí misma. La etnicidad tiene su génesis en fuerzas históricas y
específicas, las cuales son simultáneamente estructurales y culturales.
Es una de las formas en que la clasificación social se realiza en
determinada identidad colectiva. Para estos autores sus orígenes
se encuentran en la incorporación asimétrica de grupos estructuralmente
disímiles dentro de una economía política singular. Por lo tanto,
los grupos étnicos y el despertar de la conciencia étnica son el
producto de procesos históricos de relaciones estructurales de desigualdad,
en las cuales un grupo extiende su dominación sobre otro.
Sintetizaremos entonces, tres de las implicaciones
de este planteo que serán retomadas en nuestro trabajo. Primero,
existe una relación dialéctica entre las representaciones identitarias
del grupo subordinado y el grupo dominante. Ambas identidades son
actualizadas en el proceso de dominación, en el cual el grupo dominante
se constituye a sí mismo y a la población subordinada, pero a su
vez la identidad imputada a un grupo social desde afuera puede ser
muy diferente de la misma identidad experimentada subjetivamente.
Así también es variable el grado en que las identidades étnicas
se encuentran enraizadas en realidades culturales previas.
Segundo, existe la relación dialéctica entre estructura
y práctica, en la que se reproduce y transforma el caracter del
orden social mismo. Esto ocurre cuando la etnicidad, producto de
un proceso histórico toma la apariencia natural de una fuerza autónoma,
un principio objetivado capás de cambiar el curso de la vida social.
Finalmente, estos autores afirman que "donde
la etnicidad deviene en 'principio' objetivado en la conciencia
colectiva de una sociedad, puede ser perpetuada por factores muy
diferentes de aquellos que causaron su emergencia y puede tener
un impacto directo e independiente sobre el contexto del cual emergió"
(Comaroff 1992:61).
Desde otro ángulo, la incorporación de nociones gramscianas
realizada por Stuart Hall (1986) apunta a explorar los distintos
factores que inciden en las relaciones raciales y étnicas. En su
formulación plantea que la relación entre las prácticas y modos
de conciencia con el proceso sociohistórico que activa la etnicidad
es compleja y posee articulaciones muy diferentes. De este enfoque
retomamos en nuestro trabajo la noción de cultura entendida como
un terreno efectivo donde se construye hegemonía y en la cual diversas
corrientes ideológicas recrean distintos puntos de articulación.
Briones y Siffredi (1989) también hacen hincapié en
el análisis previo de las articulaciones entre clase y etnicidad,
teniendo en cuenta el proceso sociohistórico particular de un grupo.
Es a partir del interjuego de "clivajes" [4] (clase, etnicidad, raza, religión...) que se
establecen las distintas desagregaciones y membresías. La "materialidad"
es entendida como las "condiciones materiales de existencia
diferenciales para los sujetos desagregados en uno y otro lado de
la divisoria étnica" (Briones 1995:18).
En estos últimos años,
los estudios raciales surgen como crítica a las aproximaciones desde
la etnicidad [5] .
Omi y Winant (1986) sintetizan sus críticas afirmando que el trato
de estas teorías hacia las minorías se basó en una "analogía
del inmigrante", desconociendo lo que fue en muchos casos una
experiencia diferente cualitativamente (los negros fueron esclavos,
los indios fueron exterminados). Nace en este cuestionamiento la
demanda de una categoría que pueda dar cuenta de los procesos sociohistóricos
particulares.
Estos autores critican
también el desinterés de estos estudios por la aplicación de la
categoría "etnicidad" entre los negros, que suelen ser
entendidos como un mismo grupo étnico, invisibilizando las diferencias
que sí se perciben entre los blancos. También resaltan la efectividad
ideológica de estas teorías que interpretan la incorporación exitosa
de las minorías étnicas a la sociedad mayor como la habilidad en
aceptar las normas y valores de la mayoría. A partir de estas dos
últimas críticas podemos incorporar una segunda demanda, que consiste
en la necesidad de una categoría social que dé cuenta de los procesos
de construcción de hegemonía que intervienen en los procesos de
formación de grupo.
En nuestro país la categoría
"identidad étnica" ha sido definida por varios autores
(Trinchero-Maranta 1987; Tamagno 1988; Briones-Siffredi 1989; Gorosito
1992) señalando también la necesidad de que sea operativa para dar
cuenta simultáneamente del nivel procesual y estructural. Según
Trinchero y Maranta (1987) la identidad es definida como un "nosotros"
estructurante que será siempre re-producido, re-significado en tanto
producto de las relaciones con otros grupos, relaciones que a su
vez se encuentran referidas a una estructura social.
Liliana Tamagno (1988)
considera a la "identidad étnica" como "categoría
social y como expresión de la clasificación que los hombres hacen
de sí mismos y de los demás, mediante los procesos de inclusión-exclusión"
(Tamagno 1988:58). Este proceso complejo es histórica y socialmente
generado, "vinculado a la estructura social y al espectro de
poder de la sociedad expresando a veces, y aún hasta de modo aparentemente
contradictorio, las relaciones de dominación/subordinación en función
de su pertenencia al campo de los fenómenos simbólicos" (Tamagno
1988:49). Es entonces que sitúa a las identificaciones y clasificaciones
étnicas en un marco más amplio, como categorías sociales generadas
en complejos procesos sociales que deben ser analizados en sus connotaciones
sincrónicas y diacrónicas.
Con el fin de especificar
el significado de lo étnico, Briones y Siffredi (1989) proponen
la idea de "clivajes" que incorporamos en nuestro trabajo.
Estas autoras entienden la "identidad étnica" como las
forma en que los actores exteriorizan la etnicidad. Esta última
es definida como la incidencia objetiva del "clivaje"
étnico en la reproducción del grupo, y lo étnico es entonces definido
relacionalmente "dentro del interjuego de clivajes gravitantes
en la dinámica agregación-desagregación" (Briones-Siffredi
1989:12). Para caracterizar el peso diferencial de estos clivajes
y sus relaciones en un grupo determinado proponen tener en cuenta
las dimensiones analíticas procesual, estructural y situacional.
También desde un plano
simbólico las "identidades étnicas" son para Gorsito (1992)
el conjunto de expresiones de un "nosotros", de versiones
sobre el "otro", así como una versión de la relación entre
ambos. Las identidades étnicas conforman, así, un conjunto de afirmaciones
"sobre las relaciones de jerarquía y subordinación que distinguen
a los grupos y son 'jugadas' en forma simultánea o sucesiva en relación
con la clase de conflicto que es puesto en primer plano en los diversos
episodios del proceso histórico de interrelación" (Gorosito
1992:144).
Nuestro marco
teórico se construye, entonces, a partir de los aportes arriba descriptos.
Incorpora, asimismo, los siguientes ejes:
a) El concepto de " proceso
de comunalización":
La noción de "comunidad" refiere a un
"sentimiento de pertenencia", y por extensión, la "comunalización"
es definida como un proceso continuo en el que se promueve este
sentido de pertenencia a partir de cualquier patrón de acción (Brow
1990:1). En este proceso la forma específica en que son percibidas
las relaciones está determinada cultural e históricamente. Algunas
relaciones comunales son sentidas como "naturales" más
que otras, invisibilizándose su emergencia como producto de la interacción
social. El proceso de comunalización puede devenir entonces, en
un proceso de "primordialización"
[6] , en el cual ciertas clases de relaciones comunales son
experimentadas como inevitables y naturales. Podría entenderse como
uno de los aspectos en que el "orden dóxico" definido
por Bourdieu (1993) ha resuelto exitosamente la naturalización de
su propia arbitrariedad.
María Louise Pratt (1987) en su trabajo sobre las
utopías lingüísticas, hace notar que, desde la lingüística y la
pragmática, en general, se ha concebido a la comunidad en los términos
en que Anderson (1983) define la "comunidad imaginada",
como una hermandad limitada, soberana y horizontal. A pesar de las
diferencias sociales que pudieran estar funcionando, suele aceptarse
que todos los participantes están "jugando un mismo juego"
(Pratt op.cit.:60). Pratt, en cambio, cuestiona la idea de homogeneidad
que ha caracterizado al concepto de "comunidad" y propone
para los estudios sociolingüísticos un modelo alternativo que incorpore
el conflicto y la heterogeneidad. Define este modelo, al que llama
"lingüística del contacto", por oposición a la "lingüística
de comunidad". En su planteo enfatiza la diferenciación social
y la representación de la diferencia y la jerarquía que son organizadas
por la práctica discursiva (Pratt op.cit.:67). En ese mismo sentido,
James Brow, desde la antropología, cita a Laclau y Mouffe (1982)
para coincidir con estos autores en que la "hegemonía no es
una relación externa entre agentes sociales preconstituidos, sino
el mismo proceso de constitución discursiva de dichos actores"
(Brow op. cit.:4).
En el artículo arriba citado, Brow entiende las interpretaciones
del pasado como un rasgo prominente en la lucha hegemónica. Las
construcciones de un pasado compartido y de un origen común son
terreno de disputas entre los miembros de un grupo y de éstos con
la sociedad mayor. En nuestro trabajo abordaremos el análisis de
los usos del pasado en Cushamen como prácticas sociales que forman
parte del proceso de comunalización.
Entre los estudios que se han centrado en las interpretaciones
del pasado podemos encontrar aproximaciones distintas. Una de ellas
ha puesto su interés en las prácticas que han sido impuestas "desde
arriba". Hobsbawn (1994) considera las interpretaciones históricas
como una invención que suple la inexistencia de un pasado adecuado
para construir ideologías que no son antiguas ni eternas. Refiriéndose
a los países "atrasados" en el siglo XIX y XX que desean
"subirse al tren de la modernidad" afirma que la historia
es "la materia prima de las ideologías nacionalistas o fundamentalistas
de la misma forma que las adormideras son la materia prima de la
adicción a la heroína [ya que]... el pasado legitima. El pasado
da un fondo más glorioso a un presente que no tiene mucho que mostrar
por sí mismo" (Hobsbawn op.cit.:77). El papel del historiador
en esta coyuntura consiste en oponer resistencia a la formación
de mitos nacionales, étnicos y de otro tipo a medida que se vayan
formulando.
Estas aproximaciones gestaron la asociación entre
interpretaciones del pasado e "invención" que ha sido
el problema ideológico que acarrearon quienes han intentado estudiar
cómo los grupos subordinados también "inventan" sus propias
tradiciones para legitimar alguna realidad o aspiración presente
(Por ej. Hanson:1989. V. Briones 1994 104-107).
No coincidimos con la utilización del término "invención"
para referirnos a los usos del pasado. Los exámenes del pasado se
encuentran condicionados por el ayer y por el hoy de distintas maneras.
Jonathan Hill (1992) [7] aconseja no reducir el análisis antropológico
al puro análisis de la representación y el discurso, sino entender
representación y discurso como partes de procesos sociales e históricos
con consecuencias políticas y económicas reales. Los modos en que
los pueblos dan significado a sus eventos "socializando el
pasado en narrativas y otras manifestaciones de conciencia histórica"
(Hill 1992:814.V.Briones1994:107) deben anclarse en determinadas
condiciones materiales y contextos más generales de construcción
de hegemonía.
El análisis de los procesos de interpretación histórica
no se centra entonces en juzgar la verdad de los datos. Algunos
autores han desplazado el interés hacia la relación entre los usos
de la historia y los procesos de construcción de identidad, dentro
de estos contextos de construcción de hegemonía. Los recuerdos y
olvidos estratégicos se encuentran condicionados por circunstancias
transmitidas del pasado. Estas circunstancias serán tenidas en cuenta
en nuestro trabajo a través de tres niveles diferentes
[8] .
Primero, la narrativización puede modificar las perspectivas,
los valores, los significados que se le atribuyen al pasado, pero
no puede cambiar lo que realmente sucedió. Si bien el sentido de
"comunidad" se realiza a partir de la selección, reinterpretación
y olvidos del pasado, estas elecciones se hacen sobre la base de
experiencias vividas (Briones 1994:112).
En segundo lugar, las interpretaciones del pasado
también están sujetas a las reglas de un sistema de significación
heredado del pasado. No todo puede ser igualmente dicho o debatido
(Briones 1994:112-113). Esta herencia del pasado es tenida en cuenta
en los trabajos de Lucía Golluscio y Claudia Briones específicos
sobre el área mapuche.
Uno de estos trabajos es la investigación sobre la
comunidad mapuche toldense, realizada por Golluscio (1993).
Allí analiza los marcos interpretativos que definen el discurso
indígena ante la incorporación del castellano. La variación en la
utilización de distintos marcos interpretativos se establece sobre
la base de las definiciones de un "antes", la relación
de sentido que se establece con el "ahora" y el modelo
de relación interétnica asumida por el enunciador. Los modelos estratégicos
de relación interétnica establecidos y vividos como experiencia
por la sociedad mapuche fueron los de "resistencia"
(donde el "nosotros" incluye a los antiguos) y los de
"modernización" (en el cual el "nosotros" se
construye a partir de un "antes" remoto y sin vigencia
que se quiere olvidar). Otra forma en que esta autora relaciona
las narrativizaciones con el sistema de significación heredado es
a través del reconocimiento de "disparadores vinculados con
los ámbitos más profundos del individuo que emergen durante la ejecución
y actualizan un sentido de pertenencia" (Golluscio op.cit.:242).
Entre estos "disparadores" se destacan el uso del mapudungun
y la utilización de "símbolos complejos" que funcionan
como "tópicos recurrentes en la cultura de alta capacidad de
condensación de significados" (Golluscio op.cit.:261), como
por ejemplo la introducción del tópico "mi abuela" que
inmediatamente instala el discurso en un "antes" que se
actualiza vigorosamente en ese momento concreto.
Claudia Briones (1988) analiza en la comunidad mapuche
de Ancatruz la cabida cotidiana que los actores le dan a lo histórico
en sus desempeños. Establece una relación dialéctica entre "ayer"
y "hoy", es decir, la construcción del "nosotros"
se realiza a partir de los relatos de los antiguos pero estos últimos
serán construidos a partir del "nosotros". Esta ida y
vuelta entre presente y pasado se encuentra relacionada con el propósito
de la autora de modelizar la identidad traduciendo al campo antropológico
los registros lacanianos de lo Real, lo Simbólico y lo Imaginario.
Sobre la base de este modelo afirma que las "reglas del Simbólico
median la captación Imaginaria de lo Real" (Briones op.cit.:6).
Se trata de una "matriz de posiciones y reglas desde la cual
los actores efectúan sus identificaciones" (Briones op.cit.:7).
Estos condicionamientos a partir de reglas y rasgos
culturales heredados del pasado no debe llevarnos a ver las "culturas"
como entidades discretas y mucho menos esencializarlas. Las fronteras
culturales deben entenderse como límites oposicionales dentro de
un contenido cultural determinado (Briones 1994:113).
Por último, un tercer condicionamiento de las interpretaciones
históricas realizadas desde el presente hace referencia a los procesos
de hegemonía cultural por los cuales esos discursos forman parte
del "sentido común" de quienes comparten arenas económicas,
políticas e ideológicas (Briones 1994:114).
La comunalización se basa en la creencia en un pasado
compartido y un origen común, "...la memoria es menos estable
que los eventos que recolecta, y el conocimiento de lo que pasó
en el pasado está siempre sujeto a la retención subjetiva, la amnesia
inocente y la reinterpretación tendenciosa" (Brow op.cit.:3).
Esta inestabilidad del conocimiento socialmente organizado debe
ser comprendida en el marco de las luchas por la hegemonía. La memoria
es el sector del sentido común donde se desarrolla la lucha por
el pasado, estructurando las imágenes y sentimientos a partir de
dos tipos de relaciones, la relación entre memoria dominante y formas
opuestas, y la relación entre "discursos públicos" y el
sentido más privado del pasado. Tal sentido es generado dentro de
una cultura que resiste a la unidad moral e intelectual que define
una hegemonía efectiva (Brow op.cit.). En otras palabras, ambos
discursos tienen en común un mismo referente oculto; este referente
social es el grupo dominante. Sin embargo, en el grupo subordinado
puede producirse un "desdoblamiento de la subjetividad",
que consiste en la exigencia de identificarse con el grupo dominante
y, a la vez, disociarse de él (Pratt op. cit.:68).
Para el caso mapuche en particular, Claudia
Briones (1988,1990) diferencia las "facetas alienadas"
de la identidad definidas por la mimetización con los valores del
"otro" y la adopción de códigos "ajenos" a sus
propios, y las "facetas simbolizadas de la identidad Imaginaria"
que se construyen generalmente cuando los enunciadores se asumen
como parte de los "propios" y no renuncian a evaluarse
desde sus propios códigos.
Estas "facetas alienadas" hasta cierto punto
pueden ser relativizadas teniendo en cuenta las manipulaciones que
los actores hacen de las situaciones de interacción, según los emisores
reales construyan imaginariamente los roles de enunciador y destinatario
en sus enunciados. Incluso los interlocutores suelen ir modificando
los sentidos producidos a lo largo de una misma interacción dialógica
(Briones 1990, Golluscio 1993).
Ante estas cuestiones Lucía Golluscio propone tener
en cuenta dos niveles de análisis, uno "superficial" y
otro "profundo". "Mientras, en un nivel superficial,
lo que se 'muestra' al blanco es en muchos parajes una pérdida avanzada
de la lengua vernácula, la negación de la historia, la cultura y
la lengua de los kwifike che (los "antiguos") y
una aparente aceptación de los modelos culturales y específicamente
lingüístico-comunicativos mapuche, en un nivel profundo,
se trata de una práctica sistemática de técnicas de ocultamiento
o 'disimulo' frente al blanco y un hondo sentimiento de pertenencia
a la etnía y de recelo hacia aquél" (Golluscio 1994b:227).
Tanto la relación entre los procesos de narrativización
del pasado y los procesos de comunalización, como la noción de conciencia
histórica creando un modo de concebir el presente y de redefinir
identidades, abren un nuevo abanico de preguntas para el abordaje
de los "otros", y la problemática identitaria. (Brow
op.cit.).
b) Aboriginalidad y Nación
La "aboriginalidad"
es considerada como problemática a partir de la década del 80' entre
los antropólogos australianos. El foco de estos trabajos era el
análisis de las formas mediante las cuales la sociedad australiana
y los aborígenes han mantenido y reproducido dicha noción, y cómo
estas definiciones han cambiado a lo largo de los años, siendo en
algunos casos ambigua y en otros disputada socialmente (Beckett:1988).
"Esta idea se refiere
al hecho histórico de que ya había gente que vivía en Australia
cuando llegaron los colonos y que esa gente tiene descendientes
en la población actual..." (Beckett:op.cit.:2). La idea de
descendencia no se corresponde directamente con la idea de reproducción
biológica, pero si funda en la idea de aboriginalidad la fuerza
de la continuidad.
Es, entonces, una construcción
cultural en los términos de "comunidad imaginada" de Anderson
(1983). Su autenticidad reside en que como todo proceso cultural
su producción no es arbitraria, ya que se desarrolla bajo circunstancias
políticas y económicas particulares. Estas circunstancias van transformando
la noción de aboriginalidad otorgándole fluidez.
Beckett sostiene que, genéricamente
hablando, el concepto de aboriginalidad presenta ventajas frente
al de etnicidad, porque a pesar de considerarse como una de las
formas en que esta última puede manifestarse, posee rasgos característicos
que la diferencian. Estos rasgos distintivos son, en especial, "la
ocupación del territorio con anterioridad a la colonización y la
falta de una madre patria allende los mares" (Beckett: op.cit.:8).
De esta manera los aborígenes pueden "sustancializar su identidad
aseverando derechos primordiales sobre la tierra que 'poseen' los
colonos" (Beckett:op.cit.8).
Wilmsen (1989) propone
extender la categoría aboriginalidad en un sentido horizontal para
analizar dilemas compartidos por distintos pueblos originarios contemporáneos
(Briones:1995b:24). En ese marco, Briones sugiere abrir también
esta noción en un sentido longitudinal, permitiéndonos el análisis
de procesos particulares en los que se ha modificado el significado
del "ser aborigen" y se han alentado algunas interpretaciones,
y no otras, sobre el pasado. Es este sentido de aboriginalidad el
que utilizamos en nuestro trabajo para analizar los factores que
afectan el proceso de formación de grupo en Colonia Cushamen.
Para comprender cómo se
han ido diferenciando los procesos de formación de grupo en términos
de aboriginalidad, de "otros internos", hacia el interior
de sistemas político- jurídicos particulares, Claudia Briones hace
propios tres ejes planteados por Cornell (1990) como criterios definitorios
de la aboriginalidad. A partir de estos ejes iremos sintetizando
las ideas que se retomarán en nuestro trabajo.
En primer lugar, el análisis
de la naturaleza de los recursos en disputa nos permite comparar
en qué ha diferido la incorporación de los grupos indígenas respecto
de la de otros grupos, qué ocurre con la aboriginalidad del mismo
grupo cuando ha sido incorporado en dos formaciones sociales distintas,
o cómo dentro de una misma formación las distintas fronteras de
expansión económica van afectando regionalmente la dinámica de construcción
de la aboriginalidad. La forma de priorizar y disputar recursos
(tierra, fuerza de trabajo) nos permite analizar la particularidad
del proceso de comunalización que el caso Cushamen ofrece.
Radovich y Balazote (1988,1992,1995)
han analizado la vinculación de los pueblos mapuche de Norpatagonia
con la economía capitalista. Sus trabajos se centran en la unidad
de producción campesina y su articulación con el sistema de mercado,
en el régimen de tenencia de tierras, en el acceso a los medios
de producción, en el modo en que las características del modelo
económico han sido impuestas y en las modificaciones establecidas
en el modo de producción mapuche. Encontramos en estos trabajos
un referente comparativo para analizar cómo intervienen estos factores
en el caso concreto de Colonia Cushamen.
Otro eje a tener en cuenta
son los medios políticos para asegurar los recursos. La contradicción
que subyace en un estado-nación que crea a los "aborígenes"
como "otros internos", pero a su vez busca incorporarlos
en un único sistema social y cultural de dominación, adquiere una
aparencia distinta en el interior del grupo subordinado. Esta contradicción
va generando un distanciamiento de las intancias de dominación,
pero al mismo tiempo, un acercamiento utilizando los recursos que
estas instancias les proporcionan para representar batalla. Los
medios de integración política en la Colonia Cushamen han originado
también una dinámica particular. Es aquí donde cobran un nuevo sentido
las prácticas "alienadas" y "simbolizadas" de
la identidad (Briones 1994), en otras palabras las estrategias de
"modernización" y "resistencia" (Golluscio 1993),
que pueden encontrarse en los discursos mapuche de la Colonia.
Estos mecanismos de articulación
política y el margen de maniobra para la acción aborigen afectan
las fronteras de las "imaginarizaciones" de comunidad,
sobre la base de distintos "nosotros" que recurren en
contextos particulares a diversos usos del pasado.
Finalmente, el tercer
eje consiste en las concepciones sociales de los distintos grupos
involucrados. La aboriginalidad como producción cultural
de prácticas y representaciones, se realiza a través de una conjunción
de voces aborígenes y no aborígenes, oficiales y no oficiales, nacionales
y locales, científicas y periodísticas, religiosas y seculares (Beckett
op.cit: 11).
Todas ellas disputan construcciones
particulares a través de "luchas metadiscursivas" (Silverstein
- Urban 1996) tratando de fijar los límites de las "comunidades"
desde lugares de enunciación cuya capacidad para producir "efectos
de sentido" se vincula con las relaciones de poder (Briones
y Golluscio 1994). Incorporar el análisis de estas distintas voces
involucradas nos permite rastrear las formas en que prácticas políticas
distintivas nutren estas concepciones y viceversa.
Los medios políticos empleados
para asegurar los recursos dejan improntas en las nociones de "cultura
indígena" a partir de la incidencia de los estándares de "autenticidad"
utilizados. En este "ser" o no "ser" para tener
acceso a prerrogativas se fundan muchos de los criterios de adscripción.
Estos criterios deben ser complejizados a partir de los dos niveles
de análisis arriba señalados, un nivel "profundo" y otro
"superficial" (Golluscio 1994b).
En síntesis, la aboriginalidad
es un nuevo intento por cubrir las carencias y límites de los enfoques
étnicos en su conjunto. Actúa como una macro categoría, a partir
de la cual se enfatiza la historicidad y el espacio translocal que
circunscribe la construcción de la otredad como "el indígena".
Como construcción cultural también se ve influida por la sociedad
no aborigen, y a su vez los aborígenes tienen en cuenta estas influencias
en el diálogo con la sociedad winka. Claudia Briones (1995b)
propone la aboriginalidad como un concepto que focaliza las "condiciones
de existencia" que hacen, por ejemplo, que la agentividad política
de los mapuche sea diferente de la de otros grupos raciales
o étnicos. Esto se debe a la relación de subordinación que han mantenido
con el estado nación a lo largo de la historia o a procesos locales
como las condiciones para el otorgamiento de tierras que redefinen
lo indígena en nuevos términos de "autenticidad".
Es a partir de los procesos
de construcción de hegemonía que los sentidos de pertenencia y devenir
indígenas se construyen apelando a significados que surgen de los
mismos procesos que han convertido a los grupos nativos en subordinados.
Es aquí donde cobran importancia los componentes raciales latentes
en los procesos de marcación, que en muchos casos llevan a los pueblos
originarios a reforzar nociones biologizadas de pertenencia y autenticidad.
En síntesis, el concepto de aboriginalidad nos permite
dar cuenta del proceso de comunalización en Colonia Cushamen incluyéndolo
dentro de un proceso particular de marcación de "otros internos"
(Briones 1995a).
Para la citada autora no hay práctica social que pueda
explicarse fuera de una cierta hegemonía cultural y la forma en
que esta última "imaginariza" a la nación es el mecanismo
por el cual se integran órdenes de existencia separados. La idea
globalizadora de nación no promueve la desaparición completa de
la diferencia social, se posiciona selectivamente frente a ellas
y opera oscureciendo algunas y afirmando a viva voz otras.
En este mecanismo de inclusión-exclusión el nacionalismo
cobra fuerza de las diferencias que puede enmascarar y de las que
puede describir. Enmascarando crea una "voluntad colectiva"
y naturaliza lo arbitrario. Describiendo aparece como "ideología
orgánica", donde los sujetos adquieren conciencia de su posición
y las desigualdades sociales aparecen como algo coherente.
Los símbolos (nación, estado) se recrean a través
de canales múltiples, no sólo a través de leyes, sino también en
prácticas cotidianas. Esas rutinas aparentemente neutras definen
quién queda adentro y quién afuera, persuaden a la gente a vivir
identidades sociales que se originan más allá de ellos (ideales
e imágenes que le permiten imaginarizarse dentro de la Nación, aunque
sea como subalternos).
Algunos íconos (creaciones
para visualizar lo que no puede serlo, y que confirman el nacionalismo)
evidencian aspectos naturalizados o apuntan a aspectos marcados
culturalmente. Todos los íconos circunscriben a los sujetos y la
sociedad en el tiempo y el espacio. Por eso el "conocimiento
del pasado" es una arena para que el conflicto político se
exprese. Como dice Brow versiones contrarias del pasado luchan por
liderar moral e intelectualmente hegemonías particulares (Briones
1995a).
C) Relaciones entre lengua, cultura
y sociedad: discurso y metadiscurso.
Este proyecto se encuadra en una investigación interdisciplinaria
más amplia que articula las teorías y métodos propios de la antropología
y la lingüística. Comenzaremos, entonces, por definir los términos
generales en que entendemos la relación entre lengua, cultura y
sociedad.
La posibilidad de establecer relaciones lineales entre
una lengua (entendida como código) y una cultura se plantea como
"una interpretación limitante de la hipótesis Sapir-Whof que
posiblemente haya llegado a punto muerto" (Sherzer 1982; Golluscio
1994b:225). En los últimos años, desde la antropología lingüística
(Friedrich 1986) y la etnografía del habla (Sherzer 1982, 1987)
se propone al discurso y su organización retórica y poética como
punto de interacción entre lenguaje, cultura y sociedad.
Si el discurso es una práctica social e histórica
que expresa y actualiza las relaciones entre lengua, cultura y sociedad,
una aproximación centrada en los discursos que circulan en una comunidad
arrojará luz sobre aspectos de la realidad sociocultural del grupo
que los ejecuta. Asimismo, si los sentidos de pertenencia y devenir
se construyen en las prácticas sociales, tal aproximación desde
el discurso, entonces, iluminará aspectos del proceso de comunalización.
Por último, una definición de discurso como práctica social da cuenta
del modo en éste integra dialécticamente proceso y estructura, en
su ejecución.
Si nos remitimos a los fundadores, para Voloshinov
(1933) el enunciado puede ser comprendido solamente en el flujo
de la comunicación discursiva; por terminado que éste parezca en
sí mismo "es tan sólo un momento en la comunicación discursiva
continua". Se nos presenta dentro de esta continuidad contestando,
reformulando, aceptando o criticando otros discursos, y produciendo
nuevos. En otras palabras, el discurso, se construye a sí mismo
con las "voces" de otros (Bajtin 1986, Hill 1985). A partir
de Voloshinov, el discurso ajeno será definido como enunciado dentro
de otro enunciado y al mismo tiempo enunciado sobre otro enunciado
(Voloshinov op.cit.:155).
Tempranamente, este autor define el discurso como
un producto ideológico, que aún formando parte de lo material, actúa
como signo que refracta algo que está fuera de él. Estos signos
sólo pueden aparecer en un territorio inter-individual, donde los
individuos se encuentren socialmente organizados, representando
un colectivo. La significación, entonces, es un hecho social. Otro
aporte fundamental del citado teórico ruso es su concepto de "multiacentualidad",
definida como el cruce de acentos que los configura. Desde este
punto de vista, puede convertirse en objeto de manipulación por
la clase dominante, convirtiéndose en medio distorsionador de la
realidad social, ya que el discurso puede presentarse como un signo
"monoacentuado" que "trata de estabilizar el momento
inmediatamente anterior en la dialéctica del proceso generativo
social, pretendiendo acentuar la verdad de ayer como si fuera la
de hoy" (Voloshinov op.cit.:50).
La teoría de la enunciación (Benveniste 1977, Verón1986)
aporta también categorías significativas para nuestro análisis de
los discursos como prácticas comunicativas y como prácticas sociales.
Nos interesa especialmente el concepto de "construcción imaginaria"
de enunciadores, destinatarios y de la relación de ambos con lo
dicho (Verón op.cit.). Para esta teoría, entonces, los participantes
de una enunciación pueden entenderse en un nivel material y en un
nivel imaginado. El emisor aparece como fuente en la realidad, y
el receptor es la entidad material que aparece como destino, ambos
pueden ser individuos o instituciones. Las entidades construídas
en el discurso, son el enunciador y el destinatario, "la imagen
del que habla y la imagen de aquel de quien se habla", respectivamente
(Verón op.cit.:20, Benveniste op.cit.:88)).
Desde nuestra postura antropológica la aproximación
al discurso es siempre pragmática, esto es, registramos y analizamos
los hechos discursivos en su contexto de ejecución. La relación
entre discurso y contexto social puede ser abordada a partir de
dos momentos que se encuentran interrelacionados en el trabajo.
El contexto puede ser construido por el investigador (Rockwell 1985)
y puede encontrarse también reflejado en el mismo discurso, tratándose
entonces de una construcción de los sujetos. Es esta particular
forma o creación la que estaría aportándonos el conocimiento sobre
los sujetos sociales y su forma de percibir las coyunturas.
En esta última dirección nuestro análisis tendrá en
cuenta no sólo el nivel referencial y el nivel pragmático (uso de
los signos en situación), sino la dimensión metapragmática del discurso.
Si la pragmática alude al "fenómeno del uso de los signos en
situaciones comunicativas" (Silverstein 1985:133), la metapragmática
toma a las entidades de la pragmática como objetos de referencia
y predicación (Briones y Golluscio 1994:3).
En la dimensión metapragmática tendremos en cuenta
dos niveles, el explícito que alude al mensaje sobre el mensaje
y que nos permite interpretar los procesos de entextualización [9] , y la indexicalización metapragmática (discurso implícito)
que construye la situación como texto interaccional, recurso fundamental
para interpretar los procesos de contextualización (Bauman y Briggs
1990). Estos últimos involucran procesos de negociación activa entre
participantes que "reflexivamente examinan el discurso mientras
emerge, insertando evaluaciones sobre su estructura y significación
en el habla misma...[incluyendo] predicciones sobre cómo la competencia
comunicativa, las historias personales y las identidades sociales
de sus interlocutores afectarán la recepción de lo dicho" (Bauman
y Briggs 1990:68-65. traducido por Briones y Golluscio op.cit.:5).
Coincidimos con Silverstein (1992:37) en que si bien
la comprensión de la interacción discursiva implica tener un modelo
de texto interaccional, entre los participantes nunca se crea un
único modelo de lo que está ocurriendo; más concretamente, se construyen
distintos textos interaccionales (Briones y Golluscio op.cit:7).
En este sentido, el poder se inscribe en interacciones concretas
sancionando ciertas entextualizaciones y no otras. Así se definen
los límites grupales en cierta dirección, no sólo a través de las
disputas metadiscursivas y procesos no discursivos más amplios que
se dan hacia el interior del grupo, sino también aquellas que se
incriben dentro de los procesos hegemónicos de la sociedad mayor.
La hegemonía desde el punto de vista discursivo es una estrategia
difusa inscripta e interna a la producción de sentidos que llevan
a que emerjan ciertos significados y no otros (Briones y Golluscio
op.cit.:13).
Esta afirmación repercute también en nuestra comprensión
de la llamada comunicación intercultural. La hegemonía trasciende
la cultura y la ideología, incluye la dinámica de "jugar con
la cultura" de manera ambigua. Las prácticas dominantes naturalizan
diferencias culturales y representan cuestiones políticas como cuestiones
culturales para despolitizarlas. La cultura, como el lenguaje, "sondea
mediante permanentes recentramientos la fértil ambigüedad de ser
medio y objeto de sí misma. Las prácticas culturales pueden volverse
sobre sí, topicalizando nociones metaculturales para enmarcar la
interpretación de contenidos dispares" (Briones y Golluscio
1994:9).
En la misma dirección, Urban (1992) opone el nivel
cultural del estado-nación a las culturas locales. El estado-nación
aparece como acultural y como el ámbito neutro donde cada cultura
produce su propia metacultura. En este marco define dos sentidos
a partir de los cuales se puede comprender la cultura, el específico,
al que define como "lo marcado" y, el general, al que
llama sentido "desmarcado" de la cultura. Cada cultura
tiene las dos facetas. Mientras la primera (la "marcada")
puede definirse a sí misma en términos de límites de grupos, y en
este sentido es local, la segunda (la "desmarcada") tiende
a resistir la localización.
Desde una perspectiva similar Turner (1993) afirma
que las formulaciones culturales deben ser entendidas en el contexto
de su rol, en la mediación de relaciones sociales, particularmente
en "relaciones asimétricas de poder". Define cultura como
procesos de producción del "nosotros" y del "ellos"
y llama a una comprensión crítica del modo en que estos procesos
producen representaciones que ocultan la interdependencia de las
entidades involucradas, reificando diferencias como "otredad"
y enmascarando la naturaleza de las entidades así representadas
como productos históricos. Finalmente, destaca el caracter social
de la cultura y su plasticidad virtualmente infinita. Las sociedades
se conceptualizan ellas mismas como "culturas" para lograr
una interacción política en el sistema mundial actual.
Algunos antecedentes sobre la problemática mapuche argentina
A nivel nacional los trabajos realizados sobre el
área mapuche focalizan el problema desde perspectivas disciplinarias
diversas. Entre los enfoques históricos se encuentra el trabajo
de Marta Bechis (1984,1992) sobre los cambios en las relaciones
interétnicas dentro del marco de construcción del estado-nación
en la década de 1880. Otro trabajo de corte histórico-antropológico
es el de Diana Lenton (1992), que realiza un análisis sobre las
distintas políticas oficiales hacia el indígena desde los sectores
dominantes a fines del siglo XIX. Estas políticas son entendidas
como el resultado de la lucha entre posicionamientos de distintos
sectores dentro del bloque hegemónico. Las distintas "voces"
que intervienen en las definiciones y concepciones de estos "otros
internos", serán retomados en nuestro trabajo como referentes
para comprender la dinámica del proceso de construcción de la aboriginalidad.
Específicamente el caso mapuche de Colonia
Cushamen es abordado desde una perspectiva etnohistórica por Walter
Delrío (1995). El objetivo de este trabajo es analizar cómo a partir
de marcos de larga duración pueden entenderse ciertas coyunturas
históricas y analizar diferentes estrategias en las relaciones establecidas
por los actores sociales dentro de un proceso hegemónico. A través
del caso particular del linaje de Juan Ñancuche Nahuelquir historiza
el proceso en el cual son incorporados los pueblos del denominado
país de las Manzanas en la formación del estado-nación argentino,
haciendo hincapié en el constante interjuego entre imposiciones
del modelo hegemónico y resistencias-estrategias de los pueblos
indígenas.
Estos trabajos, especialmente el específico sobre
la región de Cushamen, serán utilizados como referentes para realizar
comparaciones a través del tiempo, y entender la dinámica actual
de la colonia teniendo en cuenta el proceso de su formación.
Desde un enfoque lingüístico, Lucía Golluscio (1992,
1993, 1994a, 1994b) ha estudiado las estrategias lingüísticas-comunicativas
y los modos de hablar mapuche en relación con la vida sociocultural
y las relaciones sociales. El objetivo de sus trabajos es realizar
un aporte al estudio de la compleja red de relaciones entre lengua,
cultura y sociedad, y el papel del individuo en esa interacción.
Sus trabajos representan un antecedente importante para el enfoque
interdisciplinario que planteamos en este proyecto, sobre todo teniendo
en cuenta que esta investigadora ha tenido experiencia de trabajo
de campo en Colonia Cushamen.
Desde la antropología se ha abordado la problemática
mapuche desde distintas áreas temáticas. Radovich y Balazote
(1988, 1992,1995) han hecho hincapié en la vinculación de los pueblos
mapuche con la economía capitalista. Radovich (1992) ha rastreado
también, las distintas posturas manifestadas en el marco de la política
indígena, analizando la cooptación de las organizaciones indígenas
por los sectores dominantes y el surgimiento de movimientos alternativos
que fundamentan sus reclamos en la reinvindicación de la etnicidad.
Claudia Briones (1993) también ha trabajado dentro de la temática
sociopolítica analizando los comportamientos electorales mapuche.
Otro modo de incursionar en la problemática mapuche
ha sido el estudio de los impactos de grandes obras de infraestructura
en las agrupaciones. (Briones-Olivera 1989; Balazote 1992).
Claudia Briones (1988,1989) ha estudiado también el
proceso de construcción de la identidad étnica entre los mapuche
argentinos, analizando la forma en que el tipo de inserción de esta
minoría en la sociedad regional-nacional afecta las captaciones
y desempeños de los sujetos sociales. Algunos de estos trabajos
ya han sido comentados anteriormente.
Los trabajos realizados desde una perspectiva antropológica
se han centrado en su mayor parte en el área de nor-patagonia, y
en agrupaciones con régimenes de reserva. Serán entonces consultados
como referentes importantes para iluminar nuestro trabajo a través
de la comparación.
Si bien este proyecto toma otro aspecto de la problemática
mapuche -ya que el foco está puesto en el proceso de comunalización
dentro del proceso hegemónico de constucción de "otros internos"
en una formación social caracterizada por el estatus de colonia
agrícola pastoril- y pretende además utilizar una metodología de
análisis que se centra en el discurso como práctica social, los
trabajos citados serán los puntos de referencia necesarios a los
cuales remitirnos y con los cuales hacer dialogar nuestro trabajo.
Objetivos generales:
A) Analizar los procesos de construcción de comunidad
("comunalización"), entendidos como sentidos de pertenencia
y devenir diferenciados, entre los pobladores mapuche de
Colonia Cushamen.
B) Contribuir al debate en torno a la categoría "etnicidad"
incorporando perspectivas de análisis centradas en el concepto de
"aboriginalidad".
C) Participar a través de un estudio de caso en la
reflexión sobre la relación entre identidad y hegemonía.
D) Participar de la discusión acerca de la relación
entre discurso, cultura y sociedad, abordando las formaciones discursivas
y metadiscursivas como prácticas sociales en las que se actualizan
los "sentidos de pertenencia" y se constituyen -a través
de posicionamientos diferenciados- los sujetos sociales.
Objetivos específicos:
a) Registrar y transcribir discursos orales -en su contexto de
ejecución- y escritos, producidos por los sujetos mapuche y
no mapuche que interactúan en la Colonia Cushamen
b) Crear un corpus documental que abarque los discursos mapuche
y no mapuche.
c) Analizar los discursos recogidos desde una perspectiva antropológica
orientada lingüísticamente.
d) Identificar las nociones metaculturales vigentes entre los
mapuche de la Colonia y los no mapuche que intervienen
en ella.
e) Analizar los usos sociales de estas nociones.
f) Definir la vinculación entre tales nociones metaculturales
compartidas y las relaciones sociales que se establecen en los distintos
contextos de interacción.
g) Explorar cómo se construyen socialmente las imágenes estereotipadas
del mapuche, como el"otro", como "indio"
y como "argentino".
h) Investigar los procesos de estigmatización a través de las
formas de "decir" y "actuar" el "nosotros"
entre los mapuche de la comunidad de Cushamen.
i) Analizar los usos y disputas de tales nociones metaculturales
en su articulación con experiencias personales y colectivas (socioculturales,
políticas y económicas) diferentes.
j) Identificar, en los documentos escritos de organismos gubernamentales
y no gubernamentales que circulan en la colonia, los criterios de
"autenticidad" y de "reclamos justos".
k) Analizar las posibles apropiaciones o usos estratégicos que
hacen los mapuche de estos criterios en su definición de
distintos colectivos de referencia ("nación argentina",
"pueblo mapuche", "pobladores de Cushamen",
etc ).
l) Investigar los diferentes usos del pasado que surgen de las
construcciones del "nosotros" mapuche, según los
contextos de interacción.
m) Explorar las estrategias de resistencia en las prácticas discursivas
mapuche, en el marco de las relaciones interétnicas que se
establecen en la comunidad.
n) Comparar los procesos de comunalización analizados para Cushamen
con los de la reserva Napal, pequeña agrupación mapuche vecina.
Hipótesis
Adelantamos las siguiente
hipótesis de alcance general:
- El proceso de construcción
de comunidad ("comunalización") y del "ser aborigen"
en Colonia Cushamen adquiere su particularidad a partir de la figura
jurídica de "Colonia agrícola" y los títulos provisorios
otorgados individualmente a los primeros pobladores.
- Los sentidos de pertenencia generados
en el proceso de comunalización conforman una imbrincada red que
supera oposiciones tajantes del tipo rural/urbano; indios "amigos"/"vuelta
al desierto".
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NOTAS
[2] Recientemente este autor ha planteado
la necesidad de una doble superación con el fin de poder imaginar
la autonomía regional indígena como una propuesta de solución
a la nación. La superación de los esquemas de tipo puramente clasistas
y de los enfonques etnicistas que enfatizaban las demandas étnicas.
Aunque Díaz Polanco acepta que la apropiación de la "utopía
autonómica" no es homogénea, cree que debe entenderse en
el contexto internacional y como un replanteo de las relaciones
de los pueblos indígenas con la nación, como una revisión del
pacto nacional (Díaz Polanco 1994).
[6] El énfasis en los "vínculos
primordiales" es inaugurado por Clifford Geertz (1973). Este
autor introduce el concepto de "revolución integradora",
revolución que se haya en marcha en los nuevos estados, preocupados
en dar respuestas institucionales e ideológicas al problema de
la "normalización política de descontentos primordiales"
(Geertz 1973:236). Estos conflictos se deben a que los sentimientos
primordiales comparten con los sentimientos civiles las mismas
lealtades. Continúa el autor: "Esta tensión entre sentimientos
primordiales y política civil, aunque pueda moderarse probablemente
no pueda hacerse desaparecer del todo. La fuerza de los hechos
"dados" del lugar, de la lengua, de la sangre y del
estilo de vida, en cuanto a que forjan la idea que un individuo
tiene de quién es en el fondo y con quiénes está indisolublemente
ligado, está enraizada en los fundamentos no racionales de la
personalidad." (Geertz 1973: 235). Para Claudia Briones
(1995b) el planteo de Geertz fracasa menos por su teoría de la
etnicidad que por su teoría del estado y la nacionalidad, pero
aún así se filtran preguntas por los intersticios de su teoría.
¿Cuáles son las condiciones que presiden la "yuxtaposición"
de sentimientos que para Geertz produce el conflicto? ¿Qué es
lo que alimenta la construccción de primordializaciones? ¿Cómo
opera la politización- despolitización selectiva de sentimientos
en distintos modelos de estado?
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