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Las jerarquías simbólicas del patrimonio:
distinción social e identidad barrial en el Centro Histórico de
la ciudad de México
Ana Rosas Mantecón
Departamento de Antropología
Universidad Autónoma Metropolitana |
Introduccion
A lo largo de las últimas décadas la periferia de la ciudad de
México ha conseguido una creciente importancia demográfica, territorial
y económica. No sólo se han ido formando numerosos subcentros,
sino también ha habido un proceso de desplazamiento y yuxtaposición
de las funciones del centro hacia la zona poniente [1] . No obstante, podemos reconocer todavía una zona
central principal con una intensa combinación de usos económicos,
políticos y culturales. Se trata de un territorio que condensa
seis siglos de historia urbana, en donde múltiples actores compiten
por la definición de su vocación espacial: grandes y pequeños propietarios
inmobiliarios, inquilinos, artesanos, comerciantes establecidos
y ambulantes, diversos capitales, empleados, prestadores y usuarios
de servicios recreativos, partidos políticos y, desde luego, el
aparato gubernamental. Concentra la mayor densidad de monumentos
históricos no sólo del país sino de América Latina [2] : además de restos
arqueológicos y cientos de edificaciones coloniales, varios de
los principales museos de arte e historia, teatros, cines, parques,
plazas y centros de espectáculos de carácter popular, y sigue siendo
el referente político y simbólico por excelencia del país. Dentro
de esta zona central se localiza el Centro Histórico: se trata de
un área, delimitada oficialmente, que comprende aproximadamente
668 manzanas y una superficie de 9.1 km2.
Junto a la magnificencia de múltiples construcciones, destaca
la degradación extendida de los edificios. La otrora ciudad de
los palacios se ha venido convirtiendo peligrosamente en una
ciudad en ruinas, tras la desaparición o deformación de buena parte
de los testimonios arquitectónicos, sobre todo en la parte este,
norte y sur, en donde se mantienen la vivienda y las actividades
populares.
El problema del deterioro es un asunto complejo. Un primer reto
radica en no sucumbir a la tentación de señalar maniqueamente a
culpables aislados de la degradación de los monumentos: que si los
decretos de rentas congeladas
[3] de los años cuarenta, la voracidad del capital
inmobiliario, el proceso de popularización que arrancó con las Leyes
de Reforma del siglo pasado, el cambio acelerado de uso del suelo
que ha devenido en una terciarización
[4] de la vocación del espacio central, etc. Es necesario
entender históricamente cómo se han ido articulando diversos factores
que afectan a los monumentos, tanto de orden físico como social
y político: deterioro natural, hundimiento y desnivelación del suelo
por extracción de agua, temblores, lluvia ácida, así como la subdivisión,
sobreexplotación y uso inadecuado de muchas construcciones -hacinadas
viviendas, talleres, comercios y, sobre todo, bodegas.
Los procesos de transformación de la zona central suponen la existencia
de un conjunto de actores con diferentes estrategias mutuamente
referidas, que no pueden ser interpretadas como emergiendo simplemente
de un cálculo limitado a intereses económicos independientes y absolutos
[5] . Estos cuestionamientos nos obligan a reconocer múltiples
escenarios problemáticos, como la multideterminación de las políticas
públicas, la relación de los habitantes y de diversos sectores de
la sociedad civil con el patrimonio y la presencia de capitales
que, a través de diversas alianzas, también intentan ampliar sus
espacios y esferas de acción en la zona. Desde esta perspectiva,
por ejemplo, el Estado puede ser visto como un interlocutor directo,
con un papel más protagónico en la cuestión patrimonial.
En la búsqueda de legitimación a través de la utilización de determinados
espacios, el Estado sacraliza funciones y jerarquías que, por otra
parte, permiten legitimar o excluir otros usos. Uno de los que ha
sido más desdeñado desde las políticas sacralizadoras de conservación
del patrimonio ha sido el habitacional, que es justo el que ha permitido
mantenerse en pie -aunque sea precariamente- a buena parte de las
construcciones históricas. Este proceso ha contribuído al despoblamiento
progresivo del área, situación que no es nueva -pues el centro
de la ciudad de México no ha cesado de perder habitantes desde mediados
de siglo-, ni exclusiva de nuestra ciudad, pues en otros centros
de las grandes ciudades europeas y norteamericanas ocurren fenómenos
similares. De hecho, la historia de esta zona ha sido la de vastas
construcciones que vieron transcurrir por ellas a ricos habitantes,
que cedieron el paso a inquilinos menos afortunados, quienes a su
vez son progresivamente expulsados por la expansión de las actividades
de comercio y servicios, en detrimento de otros usos del espacio.
Con excepción de las intervenciones posteriores a los sismos de
1985, las acciones encaminadas a regenerar el patrimonio histórico
se han restringido a ciertas edificaciones monumentales. No obstante
su limitado rango de acción [6] , la rehabilitación
postsísmica realizada por Renovación Habitacional Popular (RHP)
[7] demostró las posibilidades de incluir a los monumentos
en los programas habitacionales de carácter masivo realizados por
el Estado, alentando la permanencia de la población que tiene arraigo
en el centro y sentando las condiciones para la conservación de
esta importante parte del patrimonio de nuestra ciudad.
Con los decretos expropiatorios y la creación de dicho programa,
la situación para diversos damnificados del Centro Histórico cambió
radicalmente: se abrió la posibilidad de pasar de inquilinos de
desvencijadas vecindades
[8] a condóminos de una vivienda nueva o rehabilitada.
Por lo que respecta a los habitantes de las vecindades catalogadas
como monumentos históricos por el INAH, ante la posibilidad de rehabilitación
de la vivienda o construcción de una nueva, en un primer momento
la opinión mayoritaria se inclinaba por la no permanencia en los
edificios y la adquisición de vivienda nueva
[9] , no obstante que ésta sería en general de menores
dimensiones [10]
. La opción por la vivienda nueva aparecía como la más
segura en el marco de la reconstrucción postsísmica: dominaba el
escepticismo por la falta de mantenimiento a los edificios y el
estado de abandono en que se encontraban
[11] , así como por las dificultades que interponía Renovación
Habitacional Popular para rehabilitar.
El estudio de este caso fue producto de la puesta en práctica
de técnicas de investigación cuantitativas, como la encuesta, y
cualitativas, como la entrevista y el uso de imágenes fotográficas
para favorecer la verbalización de una problemática no siempre fácil
de explicitar [12]
. Centraremos en esta ocasión nuestro análisis en el
papel de las representaciones del patrimonio en la disposición a
mantenerlo por parte de sus habitantes. La rehabilitación y el cambio
de propiedad no garantiza dicha disposición. No obstante que el
proceso de rehabilitación gubernamental de los monumentos propició
una revaloración del patrimonio habitacional, ésta fue en cierta
manera incompleta. Por revaloración incompleta nos referimos
no sólo a que apenas un sector de los ahora condóminos ha sido partícipe
de ella, sino a que no se ha transformado significativamente la
jerarquía simbólica del patrimonio -compartida por diferentes
sectores sociales de la ciudad- que, en términos generales, valora
el monumental sobre el popular, como mostraremos enseguida.
Mientras no se dé una revaloración integral del patrimonio cultural,
se dificultará la disposición colectiva para la inversión de tiempo
y recursos en conservación.
Por vivir en quinto patio: las jerarquías simbólicas del patrimonio
Jerome Monnet asegura en su investigación sobre los usos e imágenes
del Centro Histórico, que en el complejo imaginario asociado con
esta zona hay una visión muy positiva sobre su patrimonio [13] . De hecho, a nivel
general, funciona como el punto de referencia urbano por excelencia,
acumulando una dimensión simbólica tal, que al interrogar a los
habitantes de las vecindades rehabilitadas por los lugares a los
que llevarían a pasear a un visitante, el 60% mencionaron espacios
comprendidos en su perímetro.
Si bien es innegable esta valoración positiva general del conjunto
monumental, una mirada más atenta nos permite vislumbrar que en
ese conjunto reconocido no se incluye todo el patrimonio. Habría
que precisar tal vez que sí se incluye, pero de manera jerarquizada:
tiende a valorarse más lo prehispánico que lo colonial, lo arquitectónico
que lo intangible, lo monumental que lo popular. Así, las representaciones [14] que sobre el patrimonio
se han formado los habitantes de las vecindades rehabilitadas están
estructuradas de acuerdo a un particular orden cultural que les
da sentido. Más que hablar de una jerarquía del patrimonio, deberíamos
referirnos a un conjunto articulado de ejes jerárquicos, definidos
en términos dicotómicos: colectivo/individual, público/privado,
pasado prehispánico/pasado colonial, uso escenográfico/uso práctico-cotidiano,
alta cultura/cultura popular, sagrado/profano, que se estructuran
de manera cambiante, de acuerdo a situaciones específicas que modifican
las jerarquías.
En las primeras etapas de la investigación, la preferencia por
la vivienda nueva la interpretamos como parte de una desvaloración
o rechazo a lo viejo, lo pasado, y lo contrastábamos con lo que
sucede a otras clases sociales. Nos referimos a una tendencia que
si bien es mucho más marcada en los países desarrollados, ha tenido
también repercusiones en México. Dice Rosa Queralt, refiriéndose
a Europa:
Si el futuro tuvo prestigio hasta los sesenta, en la última década
-y sobre todo hoy- vivimos la fascinación del pasado: la música
y las canciones tradicionales, las labores de punto, los bordados
y los encajes, la cerámica y el tapiz, el redescubrimiento del vidrio,
la madera, la paja o el algodón, la cocina popular, las ediciones
facsímil, la vuelta a la fiesta y al ritual colectivos, la medicina
natural, el hasta ahora desconocido respeto por los barrios y edificios
antiguos [15] .
La última encuesta que realizamos [16] nos permite matizar
esa posición, ya que el rechazo parece darse específicamente a la
representación de la vecindad y a lo que ha venido simbolizando
históricamente y no a su carácter de antigÜedad. Este tipo de edificaciones
fue sujeto de crítica social desde fines del siglo pasado, por sus
condiciones higiénico-sanitarias y hacinamiento; su mala fama fue
explotada primero por la novela y, posteriormente, por la música
y el cine. En contraposición a las vecindades, se fue oponiendo,
desde los años cuarenta de este siglo, a los multifamiliares, que
representaban el ideal moderno del habitar para los sectores que
no podían acceder a la vivienda unifamiliar
[17] .
Encontramos que en la jerarquía del patrimonio que comparten los
habitantes de vecindades rehabilitadas uno de los ejes más claramente
identificables es el prehispánico-colonial. Al exponerles el caso
de las excavaciones del Templo Mayor, les preguntamos su parecer
acerca de la demolición -realizada por el gobierno- de edificios
coloniales y el 70% estuvo de acuerdo, argumentando que vale la
pena evidenciar "la historia más antigua", que "es
más mexicano lo arqueológico" y el que el deterioro era "inevitable".
Encontramos las huellas del proyecto nacionalista que finalmente
triunfó hace un siglo, cuando vemos que el aprecio por lo colonial
fue manifestado expresamente por apenas el 3.1%. La noción de patrimonio
se forjó en México al mismo tiempo que el nacionalismo. Los intelectuales
criollos de finales del siglo XVIII, en la búsqueda por dar sustento
a una identidad nacional independiente, incorporaron la herencia
cultural realizada antes de la Conquista. Así, utilizaron el patrimonio
como instrumento de apropiación de un pasado y de rechazo del otro
(el español). Una y otra vez el Estado mexicano ha buscado establecer
una filiación directa con los aztecas, extrayendo los beneficios
simbólicos para la magnificación y la reproducción de su poder,
tal como fue el caso de las excavaciones del Templo Mayor, en pleno
centro de la ciudad de México.
Ante la demanda de su parecer de que por la construcción de alguna
obra de infraestructura o regeneración urbana se afectaran diferentes
espacios, el más apreciado resultó ser el Templo Mayor. No hubo
nadie a favor de que se tocara este espacio.
CUADRO 1
¿Qué opina de que por la construcción de alguna obra de infraestructura
o regeneración urbana se afectara:
|
En contra |
Lo mismo |
A favor |
| Catedral |
94.5 |
2.9 |
2.5 |
| Bellas Artes |
95.8 |
2.5 |
1.3 |
| Palacio Nacional |
92 |
5 |
2.9 |
| Templo Mayor |
96.6 |
3.4 |
0 |
| Museo de la cd. de Méx.
|
97.1 |
2.5 |
0.4 |
| Vecindad considerada mon.
|
83.2 |
10.5 |
5.9 |
| La Alameda |
92 |
5.9 |
2.1 |
| Zócalo |
96.2 |
2.9 |
0.8 |
| Barrio de la Merced |
63.4 |
13 |
23.1 |
| El Caballito |
87.4 |
8.8 |
3.8 |
El análisis del cuadro número 1 nos permite reafirmar la hipótesis
de que el estigma se carga sobre la vecindad y no sobre su carácter
de antigÜedad: la mayor indiferencia hacia una afectación se dió
en torno a una vecindad considerada monumento. Junto con el barrio
de la Merced, es la que menor simpatía despierta. Pareciera que
la desvaloración se extiende de la vecindad al barrio, en particular,
el de La Merced, cuya imagen mediática es muy negativa [18] .
Si nos detenemos en el cuadro número 2 podemos corroborar los
planteamientos anteriores e ir precisando a qué nos referimos cuando
afirmamos que tras la rehabilitación hubo sólo una revaloración
parcial del patrimonio.
CUADRO 2
¿Qué conforma nuestra herencia cultural? (fotos)
|
si |
no |
| Templo Mayor |
98.7 |
0.8 |
| Danzantes |
90.3 |
9.7 |
| Iglesia |
92.4 |
7.6 |
| Escribanos |
68.1 |
30.7 |
| Vecindad deteriorada |
72.7 |
27.3 |
| Convento de las Mercedes |
95.4 |
4.2 |
| Zapatero |
70.6 |
27.3 |
| Vecindad rehabilitada |
84.9 |
15.1 |
| Edificio arq. posmoderna |
77.3 |
21.8 |
| Ofrenda de muertos |
93.7 |
5.9 |
En esta ocasión les mostramos una serie de fotografías para que
elegieran aquellos elementos que formaban parte de nuestra herencia
cultural. Una vez más, en el cuadro número 2 observamos que el carácter
prehispánico tiene un peso definitivo en la valoración de los monumentos.
El Templo Mayor aparece como parte indiscutible de nuestro patrimonio,
con el mayor porcentaje.
Así como en las políticas estatales hacia el patrimonio, en las
jerarquías simbólicas que ahora exploramos parece pesar más lo arquitectónico
que lo intangible: con excepción de los danzantes, los escribanos
y los zapateros gozaron de menor legitimidad como parte de nuestra
herencia cultural. Aunque tal vez, dicha subvaloración haga mayor
referencia -entre algunos entrevistados- a su carácter popular.
El deterioro ha sido, sin duda, un factor que ha pesado en la
valoración negativa de las vecindades. Como podemos apreciar en
el cuadro número 2, al mostrarles dos fotos, una de una vecindad
rehabilitada y otra deteriorada, casi la tercera parte de los entrevistados
consideró que una vecindad deteriorada no forma parte de nuestra
herencia cultural pero, aún rehabilitada, un 15% siguió considerándola
fuera. En el mismo sentido, ante la pregunta sobre dónde se fotografiarían
en el centro de la ciudad, mientras el 21% lo haría en el Zócalo
tan sólo el 1.3% lo haría en su propia vecindad y el 0.5% en su
barrio.
Algunos mostrarían cuando mucho la parte exterior. Es curioso
como el fachadismo
[19] que ha predominado en la política oficial de
restauración en el Centro Histórico, ha dejado también su huella
en ciertos habitantes. Frente a la pregunta sobre de qué parte de
la vecindad tomaría fotos si tuviera que enviarlas a algún pariente,
la fachada (esto es, la parte exterior de la vecindad) ocupa la
tercera parte de las respuestas, el patio el 20%, la propia casa
el 6.8% y "nada" el 8%. Estas respuestas nos permiten
vislumbrar las dificultades para que se transformen las valoraciones
de un espacio una vez que se le haya restaurado, aunque ya empieza
a verse el aprecio de algunos por ciertos elementos de su vivienda,
como el altar, los arcos, los corredores, etc.
CUADRO 3
Con los siguientes temas, ¿un fotógrafo podría hacer una imagen
bonita o fea?
| Tema |
Bonita |
Fea |
| Escultura |
89.5 |
3.4 |
| Baile folklórico |
89.9 |
8.8 |
| Manifestación |
18.9 |
80.7 |
| Músico ambulante |
54.2 |
41.2 |
| Artesano |
95 |
3.8 |
| Edificio monumental |
94.1 |
2.5 |
| Monumento que es vivienda |
68.5 |
23.9 |
| Vecindad |
52.1 |
38.7 |
| Museo |
97.1 |
1.7 |
| Danzante |
90.8 |
9 |
| Comerciante ambulante |
31.5 |
65.5 |
En el cuadro número 3 observamos claramente la jerarquía del patrimonio,
en el "abismo estadístico" que separa a los que consideran
que el Edificio monumental y la Vecindad sólo pueden
ser objeto de una fea fotografía, y -aunque más matizado-, al Edificio
monumental del Monumento que es vivienda.
En este mismo cuadro se aprecia que el estigma alcanza a la manifestación
y al comerciante ambulante, si observamos que el 80.7% de los
entrevistados consideraron que no se puede tomar una fotografía
bonita con la primera, y el 65.5% con el comerciante ambulante.
Ambos se han destacado por invadir el espacio cotidiano de los habitantes
del centro, pero también es cierto que han recibido una amplia difusión
negativa a través de diversos medios de comunicación.
Si atendemos a lo que dijeron los condóminos sobre los espacios
del Centro Histórico que se mostrarían a un visitante, el Zócalo
es sin lugar a dudas el más importante. Constituye un espacio fundamental
para mostrarnos pero también para reconocernos. Así, ante la pregunta
de a qué lugares llevaría a pasear a sus hijos, también el Zócalo
fue la opción más socorrida para una cuarta parte de los entrevistados.
No ocurre lo mismo con otros exponentes de nuestro patrimonio,
como el Palacio de Bellas Artes y la Alameda Central. El primero
pareciera constituir un espacio que funciona para mostrarnos orgullosamente
hacia el exterior pero no como ámbito deseado de socialización que
forme parte del mundo cotidiano. Mientras el 7.6% llevaría a un
visitante a Bellas Artes, tan sólo el 1.5% considera relevante que
sus hijos lo conozcan. Por su parte, la Alameda Central -el mayor
parque de la zona- goza de las mayores simpatías como espacio de
recreación familiar para poco más de la quinta parte de los encuestados,
mientras apenas el 4.7% llevaría allí a un visitante. Su carácter
cotidiano, al igual que el del Zócalo, fue ampliamente mostrado
cuando los interrogamos sobre los mejores y los peores lugares para
citarse con alguien, pasear, descansar, comer, echar relajo, etc.:
las fotografías de ambos espacios fueron seleccionadas como los
espacios más deseables para la mayoría de las actividades propuestas.
Podríamos formular la hipótesis de que el patrimonio monumental,
constituído por aquéllas obras únicas cuya relevancia arquitectónica
o histórica cuenta con amplio consenso, tiene como función estructurar
la imagen urbana en el centro de la ciudad, más que servir como
un equipamiento cuyo uso sea frecuente; por tanto, su papel podría
valorarse como más emblemático que cotidiano. Así, al mostrarles
un conjunto de fotografías de espacios característicos de la zona
central, de manera general un 66.4% no ha los había visitado en
el último año. Bellas Artes fue reconocido prácticamente por todos
los entrevistados, pero sólo un 30% lo había visitado recientemente.
La no cotidianeidad de los habitantes de vecindades rehabilitadas
en su relación con los monumentos se vincula estrechamente a la
sacralización de que son objeto, así como a la asociación entre
patrimonio y uso educativo. Ante la posibilidad de que se permitiera
el uso de pirámides o iglesias para diversas actividades, un 77%
(en promedio) se manifestó en contra de estos usos diversificados;
el único medianamente tolerado fue la realización de conciertos
de música clásica, considerada como legítima, ya que pertenece,
junto con ciertas obras monumentales, a la alta cultura.
Es curioso si lo contrastamos con el rock, que suscitó el doble
de oposición.
CUADRO 4
¿Qué opina de que se permitiera el uso de pirámides o iglesias
para
|
a favor |
le da igual |
en contra |
| rock |
16.8 |
3.4 |
79.8 |
| fiestas |
13.9 |
2.1 |
84 |
| música clásica |
46.6 |
4.2 |
48.7 |
| concursos de belleza |
16.4 |
2.1 |
81.5 |
| comerciales |
36.6 |
3.4 |
60.1 |
| recepciones oficiales |
25.2 |
3.8 |
71 |
La pregunta sobre el uso deseable de un convento rehabilitado nos
permite mostrar más claramente el distanciamiento y la reverencia
hacia los monumentos. Frente a las opciones de convertirlo en museo
(36.3%), escuela (31.6) y biblioteca (12.2), es destacable el bajo
porcentaje que consideró usos menos sacralizados y más cotidianos
como vivienda (2.9%), hospital (7.1%), gimnasio (1.3%) u oficina
(0.8%). Se presenta una asociación entre monumento y, por tanto,
pasado, con un uso educativo y/o escolarizado. Lo lúdico se descarta
como posibilidad. El problema con el distanciamiento de que es objeto
el patrimonio es que obstruye las posibilidades de que sea apropiado
como referente identitario, tanto a nivel barrial como nacional.
Extraña paradoja: la gente que vive en el espacio donde se concentran
con mayor intensidad las expresiones del patrimonio no se puede
apropiar de éstas. Le son, en mayor o menor medida, ajenas.
Pareciera darse una suerte de deslocalización del patrimonio.
Inquiridos sobre las similitudes y diferencias de las personas que
viven en el centro entre sí y con las de otras colonias, más de
la mitad aseveró que existía una identidad de grupo diferenciada
(55.5%). ¿En qué se basa la diferencia? No se enunciaron rasgos
claramente compartidos por la mayoría, y sí varios que son contradictorios
entre sí, tales como: calmados (3.4%) o acelerados (10.5%), amigables
(9.2%) o agresivos (6.3%). Lo que me parece más importante destacar
es el bajo porcentaje que mencionó la identificación con el espacio
y con la tradición (3.4%). Igualmente, al preguntarles por el elemento
que más los identifica como mexicanos, una bajísima proporción consideró
a los monumentos (0.8%).
Ciertamente, las nuevas condiciones de multiculturalidad y la
consiguiente diversificación de los referentes identitarios nos
ha obligado a los analistas sociales a transformar la visión estática
del fenómeno (que vinculaba la identidad ineludiblemente a la tradición
y al territorio). Las nuevas conceptualizaciones renoconen que el
sentido de pertenencia a un grupo se desarrolla sobre la base de
compartir un universo simbólico común (una representación colectiva
que define una relación entre nosotros y los otros) que puede tener
asiento sobre muy diversos fenómenos, no necesariamente territoriales
o tradicionales.
La insistencia en las dificultades de esta población para apropiarse
simbólicamente del patrimonio que habitan y para integrarlo positivamente
dentro de sus referentes identitarios, no se inscribe en una nostalgia
de la integración y la homogeneidad cultural supuestamente característicos
de una ciudad preglobalizada. Por el contrario, nuestra
preocupación se centra en la exploración de las posibilidades de
transformación de la identidad negativa, estigmatizada, que les
impide reconocer y reconocerse colectivamente en ese patrimonio,
así como participar activamente en las políticas referidas a su
entorno.
El patrimonio como construcción social
¿Cómo explicarnos esta preferencia de los habitantes de las vecindades
por la vivienda nueva? El patrimonio cultural es, esencialmente,
una obra colectiva, producida por el conjunto de la sociedad. Pero
en las sociedades altamente diferenciadas la contribución a su construcción
y el acceso de las clases sociales a ese patrimonio es diferencial.
Grupos y clases se apropian de elementos culturales diferentes que
son frecuentemente utilizados como instrumentos de identificación
colectiva en oposición a otros segmentos. Como ha señalado Eunice
Ribeiro Durham, este fenómeno no es totalmente recíproco:
el hecho de que las relaciones sociales estén permeadas por el
poder significa que ciertos grupos consiguen, hasta cierta medida,
imponer sus gustos y patrones estéticos y morales, decidir qué es
lo mejor para los otros o, inversamente, impedir que segmentos de
los dominados tengan acceso a bienes culturales altamente privilegiados [20] .
En la investigación encontramos que entre los habitantes
del Centro Histórico se conoce y comparte una visión monumentalista
y sacralizante sobre el patrimonio: tienden a ser más valoradas
la historia de las clases dominantes y las edificaciones "monumentales"
y "artísticas", consideradas histórica y estéticamente
como únicas y de valor excepcional, en detrimento de los edificios
no monumentales y la historia de las clases populares. El patrimonio
monumental es, para estos habitantes del centro, sinónimo de "cultura",
de saber, mientras que el patrimonio no monumental es sinónimo de
no arribo a la modernidad, de un bajo peldaño en la escala social.
Así, a la sobrevaloración de un determinado tipo de patrimonio,
se aúna la valoración negativa del patrimonio habitacional conocido
como vecindades.
La relación del patrimonio con la identidad puede ser problematizada
sólo si lo concebimos como construcción social: conceptualización
que pone en evidencia el acceso diferencial al patrimonio y su
papel como instrumento de identificación colectiva de un grupo o
clase frente a otro, pero también como instrumento de diferenciación
social. En el caso que analizamos, debido a la identificación de
"patrimonio cultural habitable" con "vecindad derruída",
esto es, a la estigmatización por otros y por ellos mismos de dicho
patrimonio, se dificulta la integración de éste como base de la
identidad de los habitantes del Centro Histórico.
La conceptualización del patrimonio cultural, generalmente entendido
como las expresiones culturales de un pueblo que se consideran dignas
de ser conservadas, ha transcurrido un largo camino. Desde sus orígenes,
en el siglo XVIII, la noción ha estado estrechamente vinculada a
la de acervo de obras apreciadas como valiosas [21] . Su legitimidad, amparada en el
prestigio histórico y simbólico, aparece como incuestionable y su
carácter de herencia excepcional ha llevado a desconsiderar el
análisis de la relación con ella por parte de los diferentes sectores
de una sociedad; ésta no podría ser otra que la de la admiración
y el cuidado. En caso de no darse tales, las razones se ubican generalmente
en la desatención y la ignorancia. En las últimas décadas, cuando
los estudios dejaron de centrarse exclusivamente en el sentido
interno de los objetos o bienes culturales, y pasaron a ocuparse
de su proceso de producción y circulación social, y de los significados
que diferentes receptores les atribuyen, la noción del patrimonio
como acervo resultó inoperante. Se hicieron evidentes las
desigualdades en la constitución y en la reproducción cotidiana
del patrimonio cultural, por lo que algunos autores fueron formulando
la conceptualización de éste como construcción social, esto
es, como una cualidad que se atribuye a determinados bienes o capacidades,
que son seleccionados como preservables, de acuerdo a jerarquías
que valorizan a unas producciones y excluyen a otras.
La concepción del patrimonio como acervo ha prevalecido
sobre todo en las disciplinas directamente responsables de su cuidado
-arqueología, arquitectura, restauración, las cuales se han abocado
a la defensa de monumentos con una visión en mayor o menor medida
estática, esto es, como si la definición y apreciación de
los bienes culturales estuvieran al margen de conflictos de clases
y grupos sociales. Decimos en mayor o menor medida porque hay grupos
que, aún enarbolando la concepción de acervo, reconocen una cierta
gama de conflictos al nivel de los posibles usos del patrimonio
y buscan defenderlo de la voracidad, privada u oficial, que lo afecta
en aras del aprovechamiento de su prestigio simbólico.
Los primeros pasos para el cuestionamiento del planteamiento del
patrimonio como acervo se dieron en la búsqueda de ampliar la gama
de bienes culturales que son considerados dignos de protección
legal. Se empezó entonces a discutir la necesidad de albergar no
sólo el patrimonio tangible sino también el intangible (lengua,
tradiciones, etc), no sólo el proveniente del pasado sino también
el más reciente y, con más insistencia, no sólo el perteneciente
a los grupos dominantes sino también el indígena y el popular. En
algunos casos, estos pasos condujeron a la demanda de legitimidad
para otras expresiones culturales, cuestionando la elitización con
la que se había definido el patrimonio. Así, por ejemplo, a mediados
de la década de los ochenta se realizó en Perú un importante estudio
sobre la preservación y defensa del patrimonio cultural, patrocinado
por la Fundación Ford. El diagnóstico abarcó una pluralidad de aspectos
y detalla la falta de legislación adecuada que se adapte al pluralismo [22] y que evite el
saqueo, la debilidad del aparato institucional que debería velar
por el patrimonio; la ausencia de un atlas cultural y lingÜístico,
de registros y catastros de bienes culturales, etc. Con una mirada
particularmente lúcida pugnan por el reconocimiento del patrimonio
intangible en general, así como de las producciones culturales de
los sectores dominados, pero su espíritu crítico se detiene en estos
aspectos y no logran llevar el dinamismo que imprimieron en el análisis
de la definición del patrimonio al ámbito de su percepción y apropiación.
Este caso nos ilustra sobre las limitaciones de un enfoque que
consigue avanzar sustancialmente, revisando el patrimonio considerado
legítimo, pero que al continuar sosteniendo la visión del acervo
no puede problematizar las condiciones en las cuales se da la compleja
relación de la población con el patrimonio. Con estos presupuestos
resulta difícil superar la perspectiva de que la cuestión es estrictamente
técnica, educativa. Al referirse a las relaciones de los diversos
sectores con el patrimonio, las referencias vuelven a ser la necesidad
"de campañas públicas que puedan despertar la conciencia nacional
respecto a la importancia y valor de los bienes culturales",
la "escasez y deficiencia de los medios a través de los cuales
se difunden nuestros valores culturales" y en las conclusiones
se acentúa la necesidad de enfocar el aspecto educativo para contrarrestar
"la pérdida de la identidad nacional" que tiene su punto
de partida en la "...inconciencia que existe a nivel de gran
público de los fundamentos de nuestra cultura" [23] .
En las obras de diversos autores brasileños encontramos también
un cuestionamiento de la lógica bajo la cual se ha ido conformando
el patrimonio nacional: sólo los testimonios vinculados a la experiencia
victoriosa de la etnia blanca, de la religión católica y del Estado
conducido por la élite política y económica de Brasil eran considerados
dignos de conservación [24] . Sin embargo, el
reconocimiento del carácter construído del patrimonio, les
permite trascender la mera demanda de ampliación de la definición
de patrimonio legítimo y plantear una de las repercusiones que ha
tenido la preservación elitista: el desinterés popular por la cuestión
patrimonial [25]
. Este desinterés es visto como producto ya no de la
ignorancia o de una falla en el reconocimiento de nuestra
herencia cultural, sino de las condiciones desiguales en las que
se constituyó -y sigue reproduciéndose- y las repercusiones políticas
que tiene para el presente.
Se logra entonces incorporar la dimensión del conflicto al conjunto
del análisis del patrimonio cultural, reconociendo las desigualdades
tanto en su conformación histórica como en su aprovechamiento actual.
Al mismo tiempo que demandan la inclusión de las producciones culturales
de los amerindios y negros, enjuician el exclusivismo no sólo en
la definición del patrimonio sino también en su usufructo; esto
les permite plantearse la demanda de una mayor participación social
en el proceso de decisión, implementación y repartición de los
beneficios de las políticas oficiales de preservación.
La obra de Pierre Bourdieu y la de Walter Benjamin constituyeron
importantes pivotes para la discusión latinoamericana que se dió
originalmente en la antropología brasileña [26] y pocos años después en la mexicana
[27] . ¿Qué implica entender al patrimonio como una construcción
social? Fundamentalmente, reconocer las fracturas y el conflicto
tanto en su proceso de definición, en las políticas de conservación
como en la relación de los habitantes de una nación con él. El
tener presente la aleatoriedad de su constitución permite develar
las políticas de la tradición y allanar el camino a la lucha permanente
por ampliar el patrimonio valorado para que puedan reconocerse otros
grupos sociales, otras voces que pugnan por pluralizarlo y actualizarlo.
Plantear la complejidad de la relación de los habitantes de una
nación con el patrimonio oficialmente reconocido, devela su utilidad
para la identidad pero también para la diferencia y la alteridad,
permitiéndonos cuestionar el presupuesto del valor por todos
reconocido del legado patrimonial.
La construcción del patrimonio es una operación dinámica, enraizada
en el presente, a partir del cual se reconstruye, selecciona e interpreta
el pasado. No se trata del homenaje a un pasado inmóvil, sino de
la invención a posteriori de la continuidad social
-en la que juega un papel central la "tradición" [28] . Creaciones y bienes culturales
van siendo retirados del flujo de la vida cotidiana, se reunen,
resignifican y recontextualizan -a la manera de un collage,
según lo ha descrito Antonio Arantes-, y participan de la dinámica
específica de la dimensión de la cultura que crean y recrean los
órganos públicos de preservación [29] . Una vez que forman parte del
patrimonio, adquieren carta de naturalización y el proceso de selección
e interpretación queda oculto.
Como ha señalado Néstor García Canclini, las desigualdades en
la formación y apropiación del patrimonio demandan estudiarlo como
cohesionador nacional, pero también como espacio de enfrentamiento
y negociación social, como recurso para reproducir las identidades
y diferencias sociales, así como la hegemonía de quienes logran
un acceso preferente a él. No obstante su importancia, la temática
continúa relativamente inexplorada; muchos de los conceptos propuestos
apenas han sido esbozados, por lo que será la retroalimentación
entre la reflexión teórica y la investigación atenta al desarrollo
de conflictos concretos, la que tendrá la última palabra sobre su
valor explicativo. Es un hecho que mientras persista el vacío de
investigaciones sobre recepción de bienes culturales, seguiremos
desconociendo los datos básicos para vincular eficazmente las acciones
culturales referidas al patrimonio con las necesidades de la población.
Comentario final
No se pueden enfrentar los desafíos que presenta la política de
preservación del patrimonio sin una permanente y progresiva ampliación
de la participación social en el proceso de toma de decisiones y
de implementación de programas y proyectos oficiales. El efectivo
rescate del patrimonio cultural incluye su apropiación colectiva,
por lo que requiere de condiciones que permitan a los diversos
grupos sociales compartirlo y encontrarlo significativo.
Es necesario entonces que la política hacia el patrimonio contemple
varios niveles de acción: en primer lugar, y tomando en cuenta las
necesidades materiales y culturales de los usuarios, se deberán
cambiar las condiciones en que se encuentran las edificaciones.
La mejoría de la calidad de vida, que incluye el establecimiento
de condiciones que faciliten la permanencia en la zona, puede abrir
camino a una nueva concepción del patrimonio, pero serán necesarios
también programas de capacitación técnica y de concientización de
la comunidad, que consoliden el sentimiento de pertenencia a la
zona monumental. No se trata sólo de informar a los vecinos sobre
las técnicas adecuadas para la conservación o la importancia de
los edificios que ocupan. Se deberá dar una batalla permanente por
la revaloración del patrimonio cultural del Centro Histórico (que
permita darle nuevos usos y significaciones), lo cual implica el
involucramiento de los diversos actores sociales en los distintos
programas y decisiones que competen a esa zona.
Está en juego no sólo una parte destacada de la memoria nacional,
sino las posibilidades de que estos sectores ejerzan polenamente
su ciudadanía. Democratización y revaloración del patrimonio son
así dos procesos que caminan de la mano.
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Antonio Augusto Arantes
"La preservación de bienes culturales como práctica social"
ponencia presentada en la ENAH
No podemos dejarnos engañar por la seducción romántica que deviene
de la concepción de que los bienes culturales están disponibles
para el disfrute universal (10-11). Los bienes inmuebles constitutivos
del patrimonio, como también los muebles, están sujetos a las reglas
de la economía tout court y a las de una esfera específica
del mercado del arte y antigüedades, que bien podría titularse "mercado
de bienes del patrimonio", haciendo uso del concepto acuñado
por Pierre Bourdieu. (11)
Necesidad de enfocar la preservación como práctica social con
múltiples implicaciones. Como vimos, ella es una acción desencadenada
por los intereses de grupos sociales específicos, decorre de prácticas
profesionales institucionalizadas y depende de un lastre jurídico-administrativo
construído históricamente. Es decir, se trata de una actividad productiva,
creadora de valor: de valor económico que puede ser aumentado o
disminuído, dependiendo del tratamiento que se de a los bienes preservados;
de valor simbólico, constitutivo de la memoria, la territorialidad
y la identidad nacional, además de otras identidades más específicas
y locales; y de valor político, remitiendo al aspecto de la hegemonía
y al de los derechos ciudadanos. Estas múltiples dimensiones de
valor se encuentran interrelacionadas y es sobre el conjunto de
ellas que se opera el proceso de apropiación social de esos bienes.
En cuanto bienes del patrimonio, las cosas preservadas participan
de la vida social como soportes privilegiados de significaciones
y resignificaciones sucesivas, las cuales, a pesar de ilimitadas,
estarán necesariamente incorporadas en las marcas que esos bienes
conllevan de su propia historia (13-14).
[1] Jerome Monnet ha hecho notar que
la extensión de las funciones centrales en el espacio urbano no
ha operado mediante la sustitución de un viejo centro por uno
nuevo, sino más bien a través de la constitución de una cadena
complementaria de centros especializados que se han ido yuxtaponiendo
uno con otro. V. Monnet, 1995:153.
[2] Esta zona concentra casi 1500
edificios catalogados como monumentos históricos, o sea, las tres
cuartas partes de los monumentos del Distrito Federal.
[3] Se trató de un conjunto de decretos
que, buscando apoyar el proceso de industrialización, prohibieron
la elevación de las rentas a los inquilinos que ocupaban inmuebles
en diversas zonas de la ciudad. Fueron abrogados hasta 1992.
[4] Entendemos por terciarización
la ocupación del suelo urbano por el sector terciario de la economía,
es decir, el sector servicios: bancos, oficinas y comercios.
[5] V. Coulomb y Duhau (coord.), 1988,
La ciudad y sus actores, México, UAM-A, pp. 41-53, 69-74.
[6] El Programa de Renovación Habitacional
Popular dejó sin rehabilitar el 91% de los monumentos que se usan
como vivienda. V. RHP, 1988:39, y Ortega:148 y 150.
[7] Los edificios históricos rehabilitados
por RHP fueron 68, un 2.2% del total de acciones realizadas por
el organismo. V. RHP, 1988:73-75. Casi todos estos edificios eran
de habitación colectiva (vecindades), que estaban bajo el régimen
de rentas congeladas -legislación que fue abrogada el 30 de
diciembre de 1992- o con mensualidades bajas, y fueron construídos
en los siglos XVIII, XIX y principios del XX.
[8] Se conoce como vecindad
al edificio que contiene un conjunto de viviendas en hilera, constituídas
cada una de ellas por una o dos habitaciones, alrededor o a lo
largo de un espacio abierto de uso común. Se trata de grandes
casonas coloniales o decimonónicas que, al ser abandonadas por
sus dueños originales, fueron subdivididas y ofrecidas en alquiler
como habitación colectiva.
[9]
En algunos casos, inclusive, se llegó a solicitar la demolición
de la vecindad. V. Paz, 1987:7-8 así como RHP, 1988:71. En las
entrevistas abiertas a los antiguos inquilinos pudimos corroborar
dicha preferencia. Sin embargo, ésta no era generalizada. Varios
edificios fueron incorporados al programa por la insistencia de
la organización Nueva Tenochtitlan Sur, la cual obligó a las
autoridades a revisar y discutir las propias propuestas de los
afectados. V. Tamayo:121.
[10]
Para obra nueva, los límites de superficie en las viviendas
fueron de 40m2, mientras que el promedio de superficie
por vivienda en los monumentos era de 60.
[11] Según contestaron los propios
inquilinos a la encuesta de RHP realizada pocos meses después
de la catástrofe, alrededor del 15% se encontraba derrumbada o
inhabitable, dos terceras partes deterioradas y sólo el restante
15% en buen estado.
[12] Gracias al procesamiento y
análisis estadístico de la encuesta impulsada por Renovación
Habitacional Popular en los monumentos históricos a ser rehabilitados
(1985), así como a la propia realización de otras dos (una en
1993 y otra en 1995), pudimos acercarnos al conocimiento de esta
parte de los habitantes de monumentos históricos y de su situación
antes y después de la rehabilitación. Por lo que respecta al recurso
al material fotográfico, conscientes de la imposibilidad de presentar
a los entrevistados un material completamente neutro, que diera
una visión "objetiva" (el corpus de imágenes estaba
sesgado por el imaginario del fotógrafo y el mío) intentamos
acotar la subjetividad, o sea el propio imaginario, utilizando
diversas fotografías para representar el mismo objeto, así como
referentes verbales (el nombre específico de los elementos del
patrimonio o menciones genéricas -del tipo "una vecindad
considerada monumento").
[13] Monnet, 1995:177-178.
[14] Gran parte de nuestra experiencia
espacial multisensorial se compila para formar una representación
interna, llámese mapa o esquema cognoscitivo, a la que se accede
por medio de imágenes de tipo visual. Esto no implica que no se
utilicen también elementos intermedios verbales.
[16] V. nota a pie de página número
12.
[17]
Los multifamiliares fueron propuestos como el reemplazo
ideal de las vecindades, ya que su transformación parcial no podía
ser pensada: todos los males sociales habitaban allí. Así, en
los años cuarenta, los multifamiliares fueron pensados inicialmente
como un instrumento de saneamiento de las áreas donde se localizaban
las vecindades. V. Balent:52.
[18] Para un análisis sobre la imagen
mediática de diversos espacios del Centro Histórico ver Monnet,
1995:181-182.
[19] Consiste en restaurar exclusivamente
la fachada de los edificios.
[22] Con investigaciones serias y
bien documentadas se fundamenta la necesidad de ampliar la cobertura
del patrimonio protegido para que se consideren también la tradición
oral, el patrimonio documental y las artesanías. V. los trabajos
de Rafael Varón, Félix Oliva, José Antonio Lloréns y Luis Millones,
en Millones et al., 1986.
[23] V. Millones et al., 1986:19-21,
306 y 307.
[24] V. Velho:38 y Joaquím Arruda
Falcão, "Política cultural e democracia: a preserva¢ão do
patrimõnio histórico e artístico nacional" en Miceli, 1984:21-39.
[25] V., por ejemplo, Arruda Falcão
en Miceli, coord.:39, y Arantes, 1987:7.
[26] Así, en los primeros años de
la década de los ochenta se publicaron trabajos pioneros como
los de Antonio Arantes (coord), Joaquim Falcao, Benedito Lima
de Toledo, Sergio Miceli (comp.), Eunice Ribeiro Durham y Gilberto
Velho, entre otros.
[27] El replanteamiento inicial del
tema del patrimonio en la antropología mexicana fue alentado por
Néstor García Canclini y por Guillermo Bonfil, principalmente.
[28] En el sentido en el que lo desarrolla
Hobsbawn, 1983.
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