Monumentos Jesuíticos de Misiones (Argentina): disputas sobre
el patrimonio
Ana María Gorosito Kramer
Proyecto de Investigación Misiones jesuíticas. Patrimonio
y Nación
Secretaría de Investigación y Postgrado
Universidad Nacional de Misiones
Resumen
Se analizan las diversas posiciones asumidas desde circa 1880 a
la fecha sobre la representatividad, significado histórico,
identitario, etc. -, estrategias de puesta en valor de los monumentos
jesuíticos de Misiones, organizándolas sobre la base de una periodización
que contempla la entada de diversos actores institucionales en el
período considerado, y con ello de sucesivas dimensiones privilegadas
en cada episodio, las que a su vez permiten o consienten el protagonismo
de representantes disciplinarios diversos en la conducción de las
acciones de intervención. La ponencia es el resultado provisorio
de un proyecto de investigación interdisciplinario que cursa su
18º mes de trabajo en la Universidad Nacional de Misiones (Argentina).
Entrada
En la Provincia de Misiones, que a modo de lengua penetra en el
territorio interfronterizo entre Paraguay y Brasil con mucha
más frontera internacional que interna- los debates por la identidad
son intensos y nada pacíficos. Su historia institucional, en relación
con el resto del país, ha sido bastante dinámica en comparación
con otras. Formó parte, junto con una porción de la Provincia de
Corrientes y territorios adyacentes de los dos países vecinos, del
gran proyecto reduccional jesuítico en la segunda fase, defensiva,
que este asumió como respuesta a las presiones de otros frentes
que atravesaron el territorio. Desde finales del siglo pasado fue
una de las sedes del gran proyecto colonizador por el cual la nación
argentina incorporó masas de población procedente de diferentes
regiones europeas. Pese a las presiones de los grandes propietarios
de tierras correntinos, que intentaron extender sobre Misiones el
sistema de propiedad latifundiaria de la tierra, terminó bosquejándose
en el territorio una estructura de la propiedad en parcelas medias
(entre 25 y 50 ha.), que sólo en años recientes ha comenzado a transformarse
bajo la presión de nuevos actores económicos, nacionales o transnacionales.
Mantuvo hasta 1953 la forma organizativa del Territorio Nacional,
por lo cual no tuvo hasta entonces chances de elegir sus propios
elencos gobernantes: la tensión que en otros puntos del país se
experimenta entre Buenos Aires y el Interior (o bien entre porteños
y provincianos) tuvo durante ese largo período, pues, como
tema principal la cuestión de la representatividad política de quienes
ejercían la administración político-económica provincial. Bastante
más cercanas en el tiempo, las disputas por la hegemonía en el campo
de la educación laica o religiosa, estatal o privada- o por
la conducción de las cuestiones étnicas[1]
son otros tantos temas que se enlazan en los debates acerca de la
identidad: qué es Misiones, qué es ser misionero, qué clase de representación
de la argentinidad se sostiene en estas lejanas comarcas.
Como otros han intentado demostrar (H. Jacquet; 1999), uno de los
tantos planos de la disputa por la afirmación de la condición
misionera, sus esencias, la distinción entre una
tradición auténtica y otra espúrea, se libró en el terreno
de la historiografía local. Muy a menudo, también la cuestión se
debatió desde el país central: a veces coincidiendo, a veces en
abierta oposición, los argumentos acerca de la argentinización del
territorio o, por el contrario, acerca de su distintiva particularidad
en relación con el país se cruzaron alrededor de los más variados
objetos y temas. En este trabajo analizamos algunos elementos de
la cuestión histórica en debate, centrados en la significación de
los relictos de las viejas reducciones jesuíticas.
Imponentes conjuntos monumentales, progresivamente deteriorados
por la acción natural y humana, objetos de controversia y de los
más variados proyectos de recuperación, puesta en valor, etc., las
ruinas de las misiones jesuíticas han soportado el peso de un clima
borrascoso en el que las ideas han tenido tanta fuerza como las
lluvias y los vientos que amenazan su cada vez más precaria estabilidad.
Primera estación; ¿qué tenemos aquí?
Una vez apaciguado el territorio, concluida la guerra de la Triple
Alianza y aprestándose el gobierno nacional a acepar una definición
acerca de los límites de la frontera nacional (que quedaría determinada
en el Laudo del Presidente Cleveland), se sucedieron las recorridas
por el territorio de expedicionarios naturalistas, agrimensores,
idóneos de la ingeniería- y los informes a los organismos de estado
y museos financiadores de dichas campañas.
Esa información es muy valiosa desde diversas perspectivas y preocupaciones
de nuestro proyecto de investigación. En esta ponencia vamos a destacar
un único aspecto: el que refiere a los primeros enunciados sobre
lo que es valioso de ser preservado y las razones por las cuales
se defiende el argumento. En otros términos, vamos a centrarnos
en lo que se define como parte de un acervo o patrimonio nacional
desde la perspectiva de estos viajeros y expedicionarios.
Debe despejarse una primera ilusión: aunque en todos los escritos
se percibe el optimismo progresista y civilizador del visitante,
la misma pasión por anunciar la inminente derrota de la barbarie
ante el previsible avance de la frontera agrícola, del telégrafo,
del ferrocarril y de la industria, en suma, a pesar de su visión
coincidente sobre el futuro, estos primeros informes contienen en
forma tácita una discusión sobre que aspectos del pasado deben preservarse,
y de qué manera van a sustentar el proyecto a construir.
Es una discusión metropolitana, aunque se exponga en páginas escritas
trabajosamente a la luz del candil, en las noches misioneras de
los expedicionarios: no hay, por lo tanto, interlocutores locales.
Se discute en cambio sobre el habitante local: en qué medida
esa población contiene segmentos capaces de acompañar el irremisible
despegue que se avecina, o si por el contrario su atraso es tan
grande que no podrá ser redimida para el progreso más que a través
del injerto de población inmigratoria, de la educación y de la sabia
administración.
En su primer viaje a Misiones, Juan Bautista Ambrosetti quien
más tarde viajaría por cuenta del Museo de La Plata, pero que en
ese entonces estaba interesado en reconocer las tierras adquiridas
por su padre, recién acabadas de mensurar- detectaba en medio de
una población amigable pero inculta, poco afecta a las implacabilidades
horarias y a la vida ordenada, algunos pocos elementos valiosos
por su industriosidad o ingenio, o bien por un gusto artístico
que le permitió gozar de algunas excepcionales veladas musicales
como las que se disfrutan en la mejor sociedad porteña.
Ante los restos jesuíticos cuyas excelentes descripciones
o las que adjunta del diario del agrimensor Queirel son una excelente
pista para determinar el estado de los conjuntos en su época- su
evaluación es contradictoria. Por una parte, lo que representan,
testimonios de un proyecto antitético al que él mismo abraza: ...
los jesuitas (...) no fundaron pueblos, ¡no! Lo que hicieron fue
construir suntuosas iglesias, inmensos colegios para ellos, explotar
a los neófitos en un trabajo incesante, transformarlos en máquinas
que funcionaban al toque de campana, tratar de que comieran bien,
que bailaran y que rezaran mucho, sin inculcarles ni despertarles
ninguno de los sentimientos que transforman a la bestia en hombre.
(...) Ellos fueron los que precipitaron su ruina, ellos, que levantaron
el edificio ficticio de un pueblo sin cimientos, que tarde o temprano
tenía que venirse al suelo (1892: 38 y 39).
La reflexión sobre el valor del proyecto jesuítico se advierte
mejor en las consecuencias que ese pasado tuvo para la generación
observada por Ambrosetti: (...) vuelvo a repetirlo, en
Misiones se necesita sangre nueva, hombres en cuyas fibras no se
encuentre la herencia de la semilla de plomo sembrada por los jesuitas,
hombres que sacudan la inercia y la apatía que inculcaron con su
dominación despótica de 100 años. Ese es el defecto y la desgracia
de toda la región misionera que por un hombre inteligente, despreocupado
y activo que se encuentra, uno tropieza con 200 negligentes, apáticos
y llenos de ridículas preocupaciones (Ob. cit.; 65).
A pesar de estas observaciones, campea en el autor el interés del
coleccionista por las reliquias de pasados poderíos
que la barbarie o la desaprensión han deteriorado sin que por ello
dejen de merecer la recomendación de su rescate futuro, como en
el caso del templo de San Miguel (Brasil) sobre el cual observa
Este templo podría conservarse tal cual está, si el gobierno
se resignara a gastar un poco para limpiarlo de la maleza y prohibiera
que los vecinos anduvieran cavando en él. Si la torre se ha vencido
es porque le han hecho unos pozos tremendos al pie de ella (...)
(Ob. cit.: 54). Pocos años después, sus otros dos viajes lo encontrarán
recorriendo la zona dedicado plenamente a recolectar materiales
de diverso tipo para las dos instituciones que representó (el Museo
de la Plata, ya mencionado, y el Instituto Geográfico Argentino).
Material etnográfico y arqueológico, especies botánicas, restos
minerales, insectos, leyendas y relatos folklóricos, documentados
con dibujos algunos rehechos posteriormente a raíz de una
disputa editorial-, croquis y fotografías.
La actividad de Ambrosetti descubre el propósito formador de un
acervo del pasado nacional en todas sus formas imaginables. La forma
de la preservación es asimismo múltiple: a las técnicas de documentación
mencionadas se suma la edición, la colección debidamente conservada
en vitrinas e identificada, y finalmente el resguardo in situ
del resto arquitectónico.
Poco después del primer viaje de Ambrosetti, partía en 1883 a Misiones
el agrimensor Rafael Hernández, con la tarea de realizar las mensuras
de dos colonias nacionales: Santa Ana y Candelaria, en las adyacencias
de los antiguos pueblos jesuíticos así nombrados. Sus observaciones
e ideas fueron primero conocidas a través de una serie de artículos
que, a la manera de cartas, publicó en el diario La Tribuna Nacional
de Buenos Aires.
Sus ideas sobre la eficacia del sistema jesuítico son notablemente
parecidas a las que enunciaba Ambrosetti: A mantenerse
el sistema jesuítico hasta hoy, los misioneros estarían en el mismo
estado, pues no se descubre ningún progreso en tal sentido, a pesar
del siglo y medio de educación jesuítica, y la prueba es que al
encontrarse abandonados a su propio esfuerzo, no fueron capaces
de defenderse de sus enemigos, de formar un pueblo, ni de proporcionarse
medios de subsistencia. Eran niños, sin arte, sin industria, sin
civilización de ningún género y por eso cayeron pronto en la más
completa barbarie. (...) Con 150 años de dominación pacífica no
habían aprendido a leer ni a hablar más que guaraní, ni a corresponder
con el resto del mundo, ni a forjar sus herramientas, ni a tener
sus armas, ni a comprender el derecho de propiedad, ni a ejercer
ningún acto de comercio o industria de esos que dan consistencia
a un pueblo y lo habilita para su progreso: ¿cuántos siglos necesitarían
para bastarse a sí mismos, para regir sus destinos, para constituirse
como nación viril, civilizada y libre? El cálculo se pierde en la
inmensidad y allá, muy a lo lejos, aparece solitaria y triste esta
solución: ¡NUNCA! (Hernández, 1973: 22).
Jesuitas y población local: considerados como un triste conjunto
de experiencias sumergidas en el tiempo, no sólo por su cronología
sino por la ausencia del ímpetu civilizador, obstruido en el proyecto
misional, heredado como abulia y atraso en la población contemporánea
de los viajeros.
La mirada apreciativa del agrimensor difiere en cambio, y mucho,
de la perspectiva del coleccionista preocupado por el acervo: Hernández
es un planificador del futuro. Por esto, en el listado de elementos
ventajosos de los que dispondrían las futuras colonias registra
en Candelaria abundancia de maderas, tacuaras y piedras
de construcción, muchas de estas ya labradas, provenientes de las
ruinas del templo y habitaciones jesuíticas, las cuales son propias
para construir puentes y nuevos edificios públicos (Hernández,
Anexo: VIII, observación similar para Santa Ana en XIX). Así, por
ejemplo, el puente que uniría a la población de Candelaria con Posadas
a través del arroyo Garupá que puede construirse con poco
costo, disponiendo de gran cantidad de piedras cúbicas que se encuentran
en las ruinas (Ob. Cit.: IX), o el que salvaría el obstáculo
del arroyo de Santa Ana para el traslado de esta población (Ob.
Cit.: XVII).
Hernández entiende que estos recursos deben ser objeto de administración
pública: En el plano topográfico y la lista especial de
pobladores que se acompaña, hago notar los lotes de chacra que contienen
estos materiales valiosos (las piedras labradas) y los naranjales,
y considero que deben reservarse de la enajenación por ahora, los
primeros para utilizarlos en las obras públicas, los segundos para
servir a las necesidades comunales, pues su fruto es el refrigerio
más saludable que se puede proporcionar en aquel clima. En Candelaria,
la mayor parte de las ruinas contienen millares de piedras cubicadas
de construcción, así como el naranjal, quedan dentro del éjido y
deben reservarse (Ob. Cit.: XX).
¿Patrimonio como testimonio histórico o como recurso productivo?
Para ambos contemporáneos, hombres ilustrados de su época y consustanciados
con la inexorabilidad del progreso, no podía ser más distinta la
concepción sobre el sentido de la temporalidad y en consecuencia,
sobre el valor de los mismos relictos.
La tensión apunta a la urgencia que en cada caso se atribuye a
la acción que va a desarrollarse. ¿Qué es más urgente? ¿Construir,
en un sentido práctico e instrumental, los monumentos del progreso
(flecha del tiempo hacia adelante); caminos, puentes, edificios
públicos, para la administración, la educación, el control de las
políticas de estado en el nuevo territorio? ¿O construir, en un
sentido metafórico o simbólico, los cimientos históricos de la nación,
de una manera tan completa que ningún orden de la realidad natural,
cultural- quede excluido? Y, en esta segunda versión (flecha del
tiempo hacia atrás), dónde llevar a cabo esta construcción? Ambrosetti
abogaba por la preservación in situ de los grandes elementos
no transportables y a su intervención debe agradecerse que
San Ignacio no haya perdido uno de sus mejores exponentes arquitectónicos-,
para asombro y contemplación de las nuevas generaciones.
Pero estaba convencido de que la población local seguiría su tarea
de destrucción de lo que quedara todavía en pie. En consecuencia,
era necesario transportar y preservar todo lo transportable: los
nativos no parecían muy sensibles a los mensajes del pasado, que
necesitaban de nuevos templos, los museos, para expresarse plenamente
a públicos más educados.
Entre la razón cultural, representada por Ambrosetti, y la razón
práctica representada por Hernández, se instalaba una tensión que
la acción espontánea local iría a zanjar lentamente con el correr
del tiempo: una visita actual a los pueblos nuevos permite reconocer,
en muros, cimientos y pisos de las residencias en ambas localidades,
lajas y sillerías extraídas pacientemente de ambos conjuntos vecinos.
El uso local pondría en evidencia la puesta en práctica de una idea
alternativa de patrimonio, que con el correr de los años iría a
desarrollar su propio proyecto y a zanjar también en la disputa
sobre el valor y destino de los restos.
Antes de abandonar esta primera entrada, conviene detenerse en
las anotaciones de otro viajero contemporáneo, esta vez un sacerdote
jesuita en su paso por San Ignacio. Despunta en ella otra concepción
de patrimonio, bien propio por derecho de herencia o de identidad,
a partir de otra posibilidad de sentido, diferente a las tratadas
hasta aquí: Recobrada la tranquilidad, aunque no con pequeño
esfuerzo, me habría llevado conmigo, a ser posible, todas aquellas
piedras, que tan alto hablaban a mi corazón, como recuerdo de una
de las impresiones más conmovedoras de mi vida; pero los grandes
carteles, que consignan por todas partes la prohibición absoluta
de la Gobernación de sacar nada de las ruinas, me cohibían. Algo
debía decir mi rostro, puesto que al verme salir el Secretario de
la Gobernación me dijo: Le conozco, padre, que está usted con ganas
de llevarse algo; tome lo que quiera, puesto que esa prohibición
de la Gobernación no puede rezar con ustedes, porque al fin y al
cabo está en su casa y todo es suyo. Le agradecí la atención y saqué
unos balaustres del Colegio y un pedazo de cornisa de la iglesia,
ya que los medios de transporte no me permitían por entonces trasladar
otros objetos de más peso (V. Gambón, 1904: 64/65).
Segunda estación: ¿quién toma las decisiones?
En 1982 el Vicepresidente a cargo de la Presidencia de la Comisión
Nacional de Museos, Monumentos y Lugares Históricos (CNMMLH) tomaba
una importante decisión: encomendar a la Provincia de Misiones la
transferencia a la nación de terrenos lindantes con las parcelas
hasta entonces reservadas como Ruinas Jesuíticas de San Ignacio
Miní. La cuestión era de absoluta necesidad: el casco recientemente
restaurado de las ruinas amenazaba quedar envuelto por las edificaciones
modernas; más aún: habían quedado fuera de los deslindes restos
de edificación jesuítica que convenía asimismo poner a resguardo.
El problema era bastante antiguo, tal como consta en la nota que
en octubre de 1947 dirigiera el Arq. Carlos L. Onetto a dependencias
de la Dirección General de Arquitectura: El cerco que actualmente
rodea las ruinas colocado por Resolución de la Gobernación
de Misiones- no abarca su totalidad pues una buena parte de dichas
reservas, que contienen restos de cimientos, caen fuera del área
delimitada por el mismo. Como consecuencia de esta inexplicable
exclusión se protegió solo una parte del viejo pueblo y las tierras
restantes fueron en parte cedidas (para la escuela de la localidad),
vendidas a particulares o bien afectadas por el trazado de calles.
La amplia huerta situada detrás de la iglesia y la casa de los Padres
es actualmente una cancha de football, y este espacio es el que
principalmente urge recuperar si se quiere evitar que corra la suerte
de los demás. Es necesario que esos terrenos aún cuando sólo
tengan vestigios del pueblo- sean incorporados al lugar histórico
por el beneficio que se seguirá de contar con un buen espacio libre
alrededor de las ruinas: hay que prever el desarrollo de la población
moderna que podría extenderse rodeando el paraje y privándolo del
marco que debe tener. (Onetto, C; 1999: 167, reproducción
facsimilar). Toda la documentación fue girada a la Gobernación de
Misiones; lamentablemente la consulta que esta Gobernación
hizo a la Intendencia del pueblo de San Ignacio, hizo fracasar la
decisión tomada debido a su oposición al traslado de la cancha de
football (ibídem).
Treinta y cinco años más tarde, la gestión se reencaminaría con
éxito y una sorprendente rapidez: el 20 de agosto de 1982 el General
de Brigada Juan Manuel Bayón, entonces Gobernador de la Provincia,
recibía la abundante documentación remitida por Gelly y Obes, rubricada
por el Arq. Onetto. Pocos días después, el 8 de septiembre, el Ministro
de Asuntos Agrarios recibía la orden del Gobernador: Se
servirá usted con carácter urgente y a través de la Dirección de
Tierras, determinar los instrumentos legales para el pasaje a dominio
de la Comisión Nacional de Museos y de Monumentos y de lugares históricos
(sic) de las tierras que figuran en el plano citado. Este proceso
incluye la erradicación de instrusos (Provincia de Misiones,
Dirección General de Tierras y Colonización, Expte 7220, folio 1).
Para el 21 de octubre, el Director de Tierras informaba que se había
convenido efectuar la valuación de los lotes de oficio
dándosele un valor a las tierras solamente, dejando aclarado que
las mejoras no serán evaluadas económicamente, por estar
ocupados los lotes por las Ruinas Jesuíticas de San Ignacio
Miní de incalculable valor histórico (ibídem, folio
27). El mismo día, la asesoría letrada del Ministerio de Gobierno
además indicaba: Con respecto a los inmuebles de propiedad
privada (...) corresponde tome intervención la Dirección de Información
Legislativa de este Ministerio, a efectos de confeccionar la respectiva
Ley de Expropiación (Ministerio de Bienestar Social, Dirección
General de Cultura, Expediente 5110, folio 55). El mismo mes, un
decreto provincial traspasaba a la CNMMLH los bienes muebles objeto
de toda esta tramitación.
El Prof. Carlos María Gelly y Obes había accedido con rango de
vocal a la CNMMLH el 19 de agosto de 1959. En mayo de 1976 había
sido promovido al rango de Vicepresidente de la Comisión y estuvo
en ejercicio de la titularidad interina de la Presidencia a partir
de diciembre de 1979, en razón de la licencia conferida
al Presidente Dr. (Julio César) Gancedo, designado Secretario
de Estado de Cultura de la Nación (Domínguez Koch, S,
1981: 55), posición en la que se mantuvo hasta agosto de 1983. Las
tramitaciones que hemos referido se hicieron, pues, en el final
del último período de gobierno militar (Proceso de Reorganización
Nacional), y las caracterísicas institucionales de la época tuvieron
gran importancia en la celeridad de las actuaciones [2] .
Lo cierto es que para fines de ese año las actuaciones estaban
cumplidas y el Prof. Gelly y Obes llegaba a la Sexta Sesión del
Comité Intergubernamental de la UNESCO en París, en diciembre de
1982, dispuesto a proponer la inclusión del Conjunto Jesuítico de
San Ignacio Miní en la lista de sitios del Patrimonio Mundial. El
pedido y las largas tramitaciones se concretaron en 1984, cuando
la Octava Reunión Anual del Comité del Patrimonio Mundial las incluyó
finalmente, junto con los Monumentos Jesuíticos de Santa Ana, Nuestra
Señora de Loreto y Santa María la Mayor. La lista incluía también
a San Miguel (Brasil), bajo el nombre común de Misiones Jesuíticas
de Guaraníes. Incorporaba asimismo al patrimonio mundial el
Parque Nacional Iguazú. En relación con el primer grupo, el comité
llamaba la atención de las autoridades involucradas en
la necesidad de proteger los alrededores de esas misiones.
Santa María la Mayor había sido declarada monumento histórico nacional
en 1945 (por Decreto Nacional 31453); otro decreto de 1983 (el 2210)
declaraba monumentos históricos a los conjuntos de Candelaria, Santa
Ana, Loreto, Corpus y Santos Mártires del Japón. La documentación
relativa a la totalidad de los Monumentos Jesuíticos de Misiones,
al Parque Nacional Iguazú y la presentación de un proyecto de puesta
en valor de las reduciones jesuíticas de Guaraníes de Santa Ana
y Loreto había sido compilada, organizada y editada por la Arq.
Mary E. González, de la Dirección de Cultura de la Provincia. Parecía
finalmente que los intereses locales y nacionales coincidían, ante
el objetivo internacional que se pretendía lograr.
Los años 90 presentaron nuevos episodios de disputa y cambios de
rumbo en la aparente conciliación de intereses locales y nacionales.
En San Ignacio Miní, la canchita de football descripta
por Onetto seguía siendo sede de activos encuentros deportivos por
los pobladores de la localidad; escasamente cercados, los terrenos
reservados con la rapidez descripta antes, volvían a ser terrenos
de paso para los vecinos del predio. Este mismo año 2000 se pudo
observar un nuevo avance de los intrusos desalojados, con la instalación
de una casilla precaria en un extremo del antiguo huerto jesuítico.
¿Quién toma las decisiones? parece ser la pregunta en discusión,
entre acusaciones mutuas de inacción que tuvieron su momento más
álgido en noviembre de 1997. Por ese enonces, en una reunión
de Concejales e Intendentes de los Municipios con Ruinas Jesuíticas,
se decidió aunar criterios y actuar en forma conjunta a fin de gestionar
ante las Instituciones involucradas en la salvaguarda del Patrimonio
Jesuítico Guaraní hasta lograr avances importantes en el estado
de sus respectivos Restos Reduccionales. Entre los considerandos,
el texto citaba el actual estado de deterioro y abandono
que presentan los conjuntos reduccionales jesuítico-guaraníes de
la provincia de Misiones: de San Ignacio, Loreto, Santa Ana, Santa
María y Candelaria; predecía que de continuarse
con el actual estado de cosas, se producirán indefectiblemente daños
de consecuencias impredecibles en los Monumentos; el texto
del artículo primero de esta poco usual declaración, muy provocativamente
indagaba: Este Honorable Cuerpo vería con agrado que se
le informe si existe algún representante técnico o político de la
Comisión Nacional de Museos y de Monumentos y Lugares Históricos,
o de la Secretaría de Cultura de la Nación, o de la Dirección Nacional
de Arquitectura, destinado a desarrollar tareas en las Reducciones
de San Ignacio Miní o Candelaria, o en los Centros de Apoyo de Loreto,
Santa Ana o Santa María (Declaración 27/97Honorable Consejo
Deliberante, 26 de noviembre de 1997, 2 folios).
El 4 de febrero de 1999 otro tema introducía un nuevo conflicto
en la tambaleante agenda del patrimonio jesuítico convenida entre
la nación y los intereses locales. Es paradójico que esta vez involucrara
a un producto también vinculado a una adquisición jesuítica: la
explotación de yerba cultivada destinada al consumo en grandes centros
urbanos. Como quien dice, el corazón del proyecto económico jesuítico.
El Director Adjunto del Centro del Patrimonio Mundial de la UNESCO,
Georges Zouain, se dirigía al Embajador y Delegado Permanente de
la Argentina ante ese organismo internacional, D. Carlos A. Floria,
manifestando su preocupación ante informes que reportaban la
ejecución de un complejo industrial que pondría en peligro el entorno
inmediato de la comuna de Santa Ana, apenas a 200 metros de la Plaza
Mayor de la Misión Jesuítica de Santa Ana inscrita desde 1984 en
la Lista del Patrimonio Mundial. (...) Considerando que los valores
patrimoniales de la Misión de Nuestra Señora de Santa Ana podrían
verse afectados (...) por construcciones que podrían acarrear impactos
negativos en el sitio protegido por la Convención del Patrimonio
Mundial, mucho le agradecería informarnos sobre esta situación y
las medidas adoptadas o previstas por su gobierno que garanticen
la preservación de los monumentos y de su entorno.
En 1992 el Consejo Deliberante de la Municipalidad de Santa Ana,
a instancias de un proyecto de preservación del entorno de las ruinas
jesuíticas gestado en dependencias de la Dirección Provincial de
Cultura, había determinado las parcelas que serían reservadas como
áreas de no innovar, prohibiendo una gama de acciones
que impliquen una alteración del equilibrio actualmente
existente (Ordenanza 008/92). Entre los considerandos,
se afirmaba: Que el Monumento histórico en cuestión significa
para nuestro pueblo la más alta expresión del pasado, el símbolo
de nuestra Historia, el Emblema permanente de nuestra identidad
como misioneros (...) Que, sin el mencionado contexto, el
monumento histórico carecería de sentido, ya que el mismo sería
separado del medio ambiente que le dio nacimiento y al cual estuvo
y está imprescindiblemente integrado (Ordenanza 08/92,
Honorable Consejo Deliberante, Municipalidad de Santa Ana, 15 de
septiembre de 1992, 2 folios).
En 1998 el Consejo desafectaba de la condición de reserva anterior
a dos fracciones, A y B, de uno de los Lotes reservados (el Lote
rural 69) para premitir la radicación de la planta industrial procesadora
de yerba mate. Los considerandos apuntaban muy pragmáticamente a
nuevos valores: Que dicho Emprendimiento Industrial significa
la creación de una importante cantidad de fuentes de trabajo permanentes
en el sector privado; Y que el Gobierno Nacional, Provincial y Municipal
se encuentran compenetrados y (en) franca lucha contra el flagelo
de la desocupación lo que da al Emprendimiento Industrial mencionado
una importancia aún mayor; finalmente: que si
bien la ubicación elegida no resulta la más apropiada para los planes
de desarrollo de esta Comunidad, este Municipio no se puede permitir
obstaculizar de ninguna manera la concreción de la Radicación de
esta Industria. (Ordenanza 32/98, Honorable Consejo Deliberante,
Municipalidad de Santa Ana, 23 de junio de 1998, 1 folio).
En la oficinas técnicas de Posadas se comenzó a elaborar un proyecto
de ordenanza alternativo que insistiera en la reserva de parcelas
cercanas al predio, a fin de evitar lo inminente: los galpones,
imponentes en su tamaño y brillo metálico, comenzaba a erguirse
a la par que los camiones iniciaban el movimiento de suelos destinados
a la futura obra. Los técnicos trabajaban bajo presión: un inmenso
cartel a la vera de la Ruta Nacional Nº 12 auguraba la creación
de 30 puestos de trabajo en la moderna instalación. Escondidas detrás
de esa gigantografía, las ruinas jesuíticas todavía guardaban una
distancia prudencial respecto a las nuevas construcciones: 450 metros
hasta el frontis del templo mayor, 950 metros desde éste hasta la
Ruta nacional. Incorporaron un nuevo elemento de juicio a los antecedentes
que serían sometidos a consideración del municipio: había otras
propuestas de desarrollo, relacionadas con un proyecto de puesta
en valor del conjunto reduccional, ligado a la concreción del Corredor
Jesuítico Internacional (Proyecto AR 0199 BID 26).
La Ordenanza resultante, que recogió casi puntualmente todo lo
especificado por los técnicos del gobierno provincial, resultó más
generosa en sus alcances: facultaba al Intendente a solicitar ante
el Poder Ejecutivo Provincial que toda el área comprendida en la
Ordenanza fuera declarada Parque Provincial y Reserva Ecológica
Natural. En cambio, en cuanto a la superficie reservada otorgaba
menos: el Lote 69, o lo que quedaba de él, fue omitido en el texto.
Con ello, el complejo industrial seguiría avanzando, como lo hizo,
para cubrir toda el área de proyección a la ruta del predio jesuítico
hasta el arroyo Santa Ana, por lo que actualmente el conjunto está
oculto tras una brillante cortina de chapas de zinc de varios metros
de alto. (Ordenanza 50/98, Honorable Consejo Deliberante, Santa
Ana, 19 de noviembre de 1998, 2 folios).
Un siglo después del primer episodio aquí narrado, vuelven a encontrarse
la razón instrumental y pragmática y la razón histórico-simbólica.
¿Quién dispone, o cree que dispone? El cercado de la cancha de fútbol,
la carrera burocrática contra reloj para producir una reserva de
suelos de los años 80, aunque se respaldaran en muy serios argumentos
en favor de la preservación del entorno de las ruinas en el caso
de San Ignacio, no dejan de ser actitudes claramente pragmáticas,
tanto en la disposición de las acciones administrativas, jurídicas-
como en el objetivo: la consagración del monumento en un listado
de Patrimonio Mundial.
En el caso de Santa Ana, se impone el viejo y popular dicho: la
necesidad tiene cara de hereje; el lugar no era el que la
comuna hubiera preferido pero ¿cómo cerrarle las puertas a una fuente
de empleo? Había otro pragmatismo no directamente involucrado con
las razones históricas acelerando una decisión: una planta de procesamiento
agroindustrial necesita de la cercanía a la ruta o el acceso sencillo
a vías nacionales de comunicación. En cambio ¿una ruina? ¿cómo comparar
prioridades y necesidades? Como Hernández en su momento, la razón
pragmática en estos años 90 resolvía otra vez que los productos
humanos están ahí disponibles especialmente para el provecho futuro
¿porqué habría de privilegiarse su condición de testimonios de un
pasado?
Salida: Conjuntos Jesuíticos y proyecto histórico
Hemos llegado al final de este breve recorrido; esta ponencia representa
una pequeña parte de nuestros intereses de investigación, en parte
orientados a dilucidar la discusión sobre el patrimonio en el caso
específico de las ruinas jesuíticas de Misiones, en relación con
la construcción de una identidad local y sus inciertas relaciones
con una o varias posibles versiones de la nacionalidad.
Como hemos escrito en otro trabajo, podemos considerar a las ruinas
como un emblema de identidad; pero a diferencia de otros que se
esgrimen en las luchas identitarias, éste particularmente es un
emblema vacío: dispuesto a la significación que desde diferentes
ámbitos quieran atribuirle, cada episodio histórico o político lo
cargará de sentidos alternativos, pugnará por disponer de él, implementará
sobre él acciones de la más variada naturaleza: técnicas, ceremoniales,
místicas.
Lo dicho es sólo un aspecto: de un emblema se esperan también cosas;
que nos hable educándonos, sorprendiéndonos, amonestándonos
(ay de los valores perdidos!). Hay quien cree escuchar en las ruinas
el canto de los himnos religiosos; hay quien escucha los gritos
de dolor de los sometidos a castigo; hay quien cree que aún resuenan
por allí los bombardeos y gritos de los ataques de Chagas o el crepitar
de los incendios ordenados por Francia.
Sobre todas estas cosas estamos trabajando en este proyecto. Particularmente,
sujetos de nuestro tiempo, más sensibles a la diversidad y al entendimiento
de lo que nos es extraño, nos vamos inclinando cada vez más a tratar
de entender cómo eran, qué pensaban, los que por allí vivieron y
pasaron desde el lejano 1600 hasta la fecha. Quizás nos podamos
dedicar más a fondo a ese asunto una vez que las discusiones sobre
el patrimonio nos queden algo más claras. En lugar de pretender
inventariar qué hay aquí, de descubrir quién dispone, orientar la
búsqueda a entender qué vivió y cómo era el que allí estuvo. Es
posible que en esta procura de la experiencia diferente se esconda
un nuevo sentido, más actual, de la cuestión en disputa bajo el
término patrimonio: en lugar del poseer, percibir; en
lugar del disponer, entender. Al final ¿tendrían para ellos el mismo
dulzor que para nosotros las muy valiosas naranjas jesuíticas?
Bibliografía citada
Ambrosetti, Juan B. : Primer Viaje a Misiones (1891)
Viaje a las Misiones Argentina y Brasileras por el Alto Uruguay.
Posadas, Editorial Universitaria (en prensa). Prólogo e Indices,
Ana María Gorosito Kramer.
Domínguez Koch, S.:Los hombres de la Comisión Nacional
de Museos y de Monumentos y Lugares Históricos. Buenos Aires,
1981.
Gambón, Vicente : A través de las Misiones Guaraníticas.
Buenos Aires, Angel Estrada y Cía, Editores, 1904.
González de Haddad, Mary E. (ed.).: Presentación efectuada
por Argentina ante el Comité del Patrimonio Mundial dependiente
de la UNESCO. Posadas, Imprenta Iguazú, 1984.
Gorosito Kramer, Ana María : Misiones jesuíticas. Patrimonio
y Nación. Proyecto de Investigación Bianual (1999-2000). Secretaría
de Investigación y Postgrado, Facultad de Humanidades y Cs. Sociales,
Universidad Nacional de Misiones.
Hernández, Rafael : Cartas Misioneras. Buenos Aires,
Eudeba, 1973.
Jacquet, Héctor : Los combates por la invención de Misiones.
Un estudio de la participación de los historiadores en la construcción
de una identidad para la Provincia de Misiones, Argentina, 1940-1950.
Tesis de Maestría en Antropología Social, Secretaría de Investigación
y Postgrado, FHCS-UnaM, 1999.
Onetto, Carlos Luis : San Ignacio Miní. Un testimonio
que debe perdurar. Buenos Aires, Dirección Nacional de Arquitectura,
1999.
Documentación citada:
-Programa de Desarrollo Social y Cultural a través de la Recuperación
del Patrimonio Histórico Cultural. Proyecto AR 0199 BID 26.
Organismo Ejecutor y Coordinador: Comisión Nacional de Museos y
de Monumentos y Lugares Históricos.
-Provincia de Misiones, Dirección General de Tierras y Colonización,
Expte 7220 s/Decreto 2019 del 4.X.1982 Inscripción y Donación al
Estado Nacional Argentino Comisión Nacional de Museos y de
Monumentos y Lugares Históricos.
-Provincia de Misiones, Ministerio de Benestar Social, Dirección
General de Cultura, Expediente 5110 s/Secretaría de Cultura de la
Nación s/incorporación terrenos circundantes a las Ruinas Jesuíticas.
-Provincia de Misiones, Municipalidad de Santa Ana, Ordenanza 08/92,
Honorable Consejo Deliberante, 15 de septiembre de 1992.
-Provincia de Misiones, Municipalidad de San Ignacio, Declaración
27/97 del Honorable Consejo Deliberante, 26 de noviembre de 1997.
-Provincia de Misiones, Municipalidad de Santa Ana, Ordenanza 32/98,
Honorable Consejo Deliberante, 23 de junio de 1998.
-Provincia de Misiones, Municipalidad de Santa Ana, Ordenanza 50/98,
Honorable Consejo Deliberante, 19 de noviembre de 1998.
[1] y muy particularmente en relación a la
cuestión aborigen puesto que el territorio es región de asentamiento
y pasaje de población guaraní, cuyo territorio cruza la línea transfronteriza
en una dinámica migratoria extraordinariamente rica
[2] La cuestión no es pequeña, e implica importantes relaciones entre los
cometidos de la CNMMLH, sus integrantes, al menos hasta los años
83, y la definición de los contenidos y objetivos de aquello que
se definía desde el organismo como patrimonio histórico
nacional. Pero no es objeto de esta ponencia proceder a
su análisis.
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