Entre el legado y la inculturación: dinámicas de la correntinización
de la devoción a la Virgen de Itatí [1]
Eloísa Martín
Museu Nacional - Universidade Federal do Rio de Janeiro/ CONICET
Introducción
El presente trabajo parte de una investigación etnográfica, que resultara
en mi disertación de maestría [2]
, llevada a cabo entre 1998 y 2000 en la fiesta de la Virgen de Itatí.
Itatí es un pueblo pequeño de la provincia de Corrientes, en el Noreste argentino,
situado a orillas del río Paraná, en el límite con Paraguay. El santuario
dedicado a la Virgen, de la cual el pueblo adoptó el nombre, es el mayor
y el más importante de esa región, atrayendo fieles de las provincias cercanas,
así como también de Paraguay y de Buenos Aires [3] . El santuario, a cargo de la congregación de Don Orione desde
1936, realiza varios eventos por año, de los cuales el más importante es el
del 16 de julio, aniversario de la Coronación Pontificia de la Virgen de Itatí.
La fiesta de julio (“el cumpleaños de la virgen", en palabras de los
fieles) comienza el 30 de junio, con dos series de novenas preparatorias y
culmina el día 16 con la llegada de varias peregrinaciones, una procesión
náutica en el río Paraná y una misa central, celebrada por el arzobispo de
Corrientes, a la cual también asisten las autoridades civiles y militares
de la provincia. Esta fiesta, además, incluye un festival de música y danza
que la basílica organiza para el 15 por la noche y la asistencia de los peregrinos,
esto ya fuera de la organización eclesial, a los bailes, kermesses y bingos
que se organizan para la fecha.
Propongo aquí analizar cómo a través de dos lógicas – la del legado y la
de la inculturación – dos de los actores que participan de la fiesta – los
itateños y la Iglesia, respectivamente – construyen la devoción a la Virgen
de Itatí y una experiencia del catolicismo en Argentina en términos de correntinismo.
Por un lado, través de la lógica del legado –material para el “pueblo”, cultural
para la “elite” –mostraré cómo los itateños procesan una experiencia, basada
en el localismo, que definirá quiénes son los legítimos legatarios y quiénes
quedarán excluídos de la herencia de la Virgen de Itatí. En segundo término,
mostraré cómo la Iglesia, a partir de la incorporación al culto de determinados
elementos culturales considerados diacríticos de la correntinidad, define
su lugar en tres frentes: en relación a su grey, en tanto actor autorizado
para definir el correntinismo y diferenciándose de la Iglesia nacional.
Propongo, en síntesis, problematizar las nociones de “patrimonio” que estas
lógicas traen consigo.
Itateños
Vivir bajo la égida del santuario de la Virgen de Itatí representa, para
los itateños, un privilegio. Ellos se sostienen como legítimos destinatarios
de los dones de la Virgen, aunque, según se trate del pueblo o de la
elite [4] , de manera
diferente. La lógica del legado, en dos versiones -material y cultural- referirá
a la forma en que los habitantes de Itatí procesan, vía pertenencia al lugar,
su relación con la Virgen. Se trata de una clasificación nativa idealizada,
que revela los conflictos que surgen, de maneras diferentes, en la competencia
por el usufructo del legado entre aquellos que se consideran los legítimos
destinatarios de los dones de la Virgen de Itatí.
a. El legado material
En el 2000 llegué a Itatí 15 días antes de la fiesta de la Virgen. Acostumbrada
a arribar en medio de la multitud y de la efervescencia de mediados de julio,
encontrarme con el pueblo más calmo me hizo pensar que ese era su estado habitual,
su ritmo de rutina del “resto del año". Poco tardaría en darme cuenta
de mi error. Ese mismo día, algunas horas más tarde, sentada en la vereda
tomando mate con Nora, vi entrar y salir de su casa una decena de veces a
Don Bernabé [5] . Llevaba lonas, entraba tacuaras,
hablaba por teléfono, encargaba vino, soda y cerveza a un revendedor. Ese
ritmo se fue intensificando con el correr de los días. Don Bernabé construyó
dos baños rústicos, techó, con las lonas y las tacuaras, unas piezas a medio
construir que tiene en su terreno para ofrecer en alquiler a los peregrinos,
limpió el galpón, llenó de bebidas las heladeras, cortó el pasto, tendió una
extensión de electricidad hasta el fondo de su terreno e incansablemente dio
órdenes a sus hijos para que todo estuviera listo el día de la fiesta.
Los preparativos comienzan un mes antes y el trajín de los días de la fiesta,
cuando duermen poco, comen mal y abandonan su casa, que será ocupada por los
peregrinos, tiene, según ellos afirman, su recompensa después del 17 de julio.
Con el dinero recaudado pagarán deudas, irán al médico y al dentista en Corrientes,
invertirán en reformas en la casa o en mercaderías para sus comercios, y se
darán el lujo de algunos gastos extra en los bingos y las kermesses que quedarán
en Itatí una semana más después de la fiesta.
Itatí construye su economía principalmente sobre dos pilares: el empleo público
y el turismo religioso. Sin embargo, a partir del quiebre del estado provincial
es sobre el comercio y los servicios ofrecidos a los turistas que visitan
el santuario que un número cada vez mayor de itateños se sostienen, incluyendo
ahora a personas que antes no “trabajaban en la fiesta"
[6] . Don Bernabé resumirá todo esto en una frase: “Nosotros, acá,
vivimos de la Virgen. Si te sacan la Virgen, el pueblo se muere."
Tal como afirma Christian (1989b: 44), para las personas que lo habitan,
el territorio del santuario es visto como “garantía de la ejecución exitosa
de las actividades vitales del grupo”. Esto implica algo más que un simple
interés económico: no es la lógica instrumental en función de un interés mercantilista
-o no solamente- la que gobierna esta economía centrada en el santuario. La
posibilidad de “vivir de la Virgen" está dentro de una lógica del legado
- material y espiritual, según plantea McKewitt (1991: 87 y ss)- de la Virgen
de Itatí para con los que viven en torno a Ella.
Este legado material involucra una posibilidad de prosperidad económica que
no es ajena a una cierta moral que impone la relación con la Virgen. Una economía
de intercambios con lo sagrado, similar a aquella de la promesa
[7] , adonde los beneficios materiales que otorga la Virgen de Itatí son
procesados en términos de dones y requiere de aquellos que son sus beneficiarios
algún tipo de retorno – espiritual, principalmente, aunque también material–
a la Virgen. Así, los pobladores, consideran ilegítimo que los no católicos,
porque no profesan la devoción a la Virgen, “se aprovechen de Ella"
obteniendo recursos con su trabajo en Iratí sin darle ni siquiera el "respeto"
a cambio. En la misma línea, el gobierno municipal y la Iglesia tampoco serían
legítimos herederos de la Virgen. La negativa se justifica en que ninguno
"devuelve" al santuario lo que obtiene "gracias" a Ella: las
tasas e impuestos extraordinarios en el mes de la fiesta que nunca redundan
en mejoras en la infraestructura turística, las trabas constantes que la Orden
a cargo de la basílica le coloca a la venta ambulante.
Sea porque, según los nativos, “sólo quieren llenarse los bolsillos"
o porque "no dejan vivir (de la virgen)", municipalidad e Iglesia pretenden
arrogarse a la Virgen dificultando el usufructo del legado a aquellos que
se consideran, porque "le cumplen" sus herederos legítimos.
b. El legado cultural
Según los itateños, el profesor Fernando González Azcoaga es “el que más
sabe de la historia del pueblo y de la Virgen". Para González Azcoaga,
el patrimonio que lega Itatí a Corrientes y a Argentina es, fundamentalmente,
cultural. No es cualquier catolicismo el legatario, sino el de la evangelización
franciscana y benedictina: un catolicismo ilustrado, culto y refinado que
poco tiene que ver, según él, con el de los orioninos, los actuales responsables
por el santuario. Para González Azcoaga, la Virgen de Itatí aparece como símbolo
de un catolicismo originario, que funda las bases del legado patrimonial de
Itatí junto con un puñado de familias "blancas", de apellidos "viejos".
Y es con los hilos del catolicismo y de estas "familias viejas", que
González Azcoaga tejerá la historia de Itatí y la suya propia. Así, periodizando
la historia de Itatí, señala que entre 1825 y 1860 comienza la "etapa blanca",
cuando se asientan en el pueblo las familias que compran las antiguas estancias
franciscanas. Etapa que cierra con la llegada, años más tarde y a raíz del
flujo inmigratorio que recibió el país en la década de 1880, otro grupo de
familias que van a sumarse a las "principales" configurando la elite itateña
del siglo XIX y comienzos del XX. Por la vía materna, él está emparentado
con la mitad de estos apellidos, trazando así su genealogía ligada a la historia
del pueblo y a la historia de Corrientes. Al hacerlo, no sólo reivindica
su "linaje" y se coloca como un intelectual autorizado
[8] , sino también define los elementos que constituyen su versión del
legado auténtico y de sus verdaderos legatarios.
El legado cultural refiere a la tradición y la herencia histórica que convierte
a Itatí en un lugar fundacional para la cultura correntina y nacional y que
convierte a la elite de Itatí en legítima destinataria de esta herencia. Pues
estos serán, en definitiva, aquellos que “son conscientes" o "toman
conciencia" del valor de la cultura local, entendida como católica,
elitizada e ilustrada. El propio González Azcoaga, sin decirlo, estará colocándose
entre esos legatarios, no sólo por su ser "consciente", sino por los
lazos de parentesco que lo ligan a los primordios de la conquista, evangelización
y civilización de Itatí y de Corrientes.
Más cercana a una versión eclesial, por su énfasis en lo sacramental de la
fiesta, la elite señala, aunque con motivos, a los mismos excluidos de la
herencia de la Virgen. Los no católicos serán llevados al extremo de ser “no
argentinos”, retomando una equivalencia presente en la construcción histórica
de la nacionalidad [9] . Las peleas internas entre la Arquidiócesis de Corrientes y
la Orden por la preeminencia en el espacio sagrado más importante del NEA;
la falta de iniciativa, o la obstaculización a ella, en relación a las mejoras
necesarias en la Basílica; la malversación de fondos y el descaso generalizado
hablan de una “falta de conciencia” de aquellos que, para la elite, más deberían
tenerla y dejan, como resultado, la decadencia del “patrimonio cultural"
de Itatí.
De manera similar, la falta de inversión gubernamental en infraestructura
y preservación, provocada descaso político de aquellos que sólo procuran su
propio interés material, replica la “falta de conciencia" sobre la
tradición local de una nueva clase dirigente, según Azcoaga, "Que ya tiene
otros intereses y también otra formación". La decadencia de Itatí - económica,
pero también cultural y moral - deriva del lento desaparecimiento de la elite
a la cual él pertenece y que se coloca como la heredera legítima del legado
cultural de la Virgen.
Iglesia
"Los correntinos no vienen a Itatí, únicamente, para satisfacer sus necesidades
espirituales, sino a ser más correntinos." (Monseñor Castagna, Homilía
durante la Misa Pontifical del 16 de julio de 1999)
La fuerza de esta frase condensa la intención de la Iglesia de configurarse
como sostén del correntinismo. Itatí es, para Castagna, fuente
de identidad provincial, adonde los correntinos abrevan para mantenerla y
reforzarla. La tradición religiosa es esgrimida como central para la expresión
de la identidad provincial y la preservación de ciertas costumbres locales.
Los sacerdotes tienen una posición ambivalente
[10] con respecto a las prácticas rituales de los fieles en Itatí. Entre
valorizarlas e incorporarlas en el culto oficial y demarcar un límite preciso
entre lo popular y lo erudito. Entre la superstición y lo verdaderamente religioso.
De un lado, aprecian las expresiones culturales populares como un reservorio
de valores positivos que deben ser preservados de la “contaminación"
proveniente de la "sociedad de consumo". De otro lado, estas mismas
características ("natural", "en bruto", "infantil", "aletargado")
requieren de la mano eclesial para acompañar, purificar, guiar. Es a partir
de esta ambivalencia que la iglesia elabora un estereotipo [11] del "pueblo correntino" y se sitúa frente a él, rescatando
como características distintivas la "festividad" y la "abnegación".
La Iglesia de Corrientes acepta y alienta ofrecer chamamé para la Virgen
de Itatí como forma de pagar promesas en el santuario. Esto se evidencia en
la revista de la basílica adonde aparecen, en calidad de exvotos, algunas
fotos de parejas danzando “para la Virgen" y numerosas otras
mostrando hombres, generalmente vestidos de gauchos, con sus instrumentos
musicales (guitarra, bandoneón) dentro del camarín de la Virgen:
“El canto religioso y el silencio religioso van muy de la mano en la
expresión del pueblo correntino. (...) Hay dos o tres tipos de chamamé...
Y hay uno que está hecho simplemente de música. (...) Y sirve para la liturgia,
porque es expresión inclusive del que hace alguna especie de jazz, porque
improvisa sobre la melodía. Y va manifestando de esa forma la expresión del
corazón, no? (...) Aquí se está tratando también de incorporar a la liturgia
el tema del chamamé (...) ...para que el alma se exprese con lo más genuino
que tiene como ofrenda a Dios. Y es justamente la de la música, la del canto.
(...) Y el baile incorporado a la liturgia, en el momento de las ofrendas,
por ejemplo...” (Padre Mateo Giordano, Rector de la Basílica de Itatí.
Entrevistado en Julio del 2000)
La incorporación del guaraní en la liturgia comenzó con los cantos del coro
de Itatí: el aleluya de Haendel fue traducido a dicha lengua aborigen. Cuando
el padre Mateo asumió la rectoría del santuario, en diciembre de 1998, incorporó
no ya solo de cantos, sino también de trechos de la misa en guaraní. Actualmente,
la misa vespertina, que se transmite por radio, es bilingüe, en un intento
de llegar a las poblaciones rurales de la provincia y de Paraguay, que, mayoritariamente,
hablan esta lengua.
"...hay una manera guaraní de rezar. Y bueno, me parece que es responder
al alma del pueblo correntino expresar en guaraní las mismas oraciones. Aunque
la oración nuestra, en esta zona, está hecha siempre de oraciones en español.
(...) Y de la misma manera [que el sapucai] el guaraní llega directamente
al alma, no hace falta traducción. Y es una manera muy linda de entrar en
sintonía con aquellas personas que se expresan en ese idioma materno, no?”
(Padre Mateo Giordano. Entrevistado en Julio del 2000)
El guaraní, en el santuario de Itatí, se utiliza como elemento de la cultura
provincial, sólo y en cuanto no es necesariamente ni en todos los sectores
de la sociedad, la lengua hablada en contextos seculares. Adquiere así una
función simbólica más que comunicativa [12] . El guaraní es un lenguaje sagrado, emocional,
no racional, habla “directamente al alma".
Lo mismo acontece con el sapucai [13] . Este es, por definición, una expresión adonde
la fuerza proposicional desaparece por completo, para ser puramente elocucional.
En contraposición al lenguaje cotidiano, tal como postula Bloch (1974, 1975),
carece de argumentos lógicos, es “alógico” y “emocional”. Quizás sea por eso
que, como un esfuerzo más de inculturación, la Iglesia pretende apropiarse
y otorgarle un sentido único al sapucai como medio de comunicación con lo
sagrado, quitándolo de otros contextos de expresión, más seculares. En la
definición que nos da el rector de la basílica, Mateo Giordano:
"...el sapucai es algo así como el gemido del espíritu, no? Que en el
interior va rezando 'Abba Padre'. Es el grito que termina de decir
lo que no se puede decir con palabras, sea en alegría, en tristeza, en ternura...
Todo lo que puede ser la emoción y el sentimiento termina expresándose en
un grito.”
De esta forma, la Iglesia transforma al sapucai en un equivalente de la glosolalia,
como "un acto puro de expresión, nunca sujeto a codificación" (Csordas,
1988: 27) como medio de comunicación con lo sagrado. Y en este intento de
cristianizarlo, no sólo acepta, sino que valoriza y estimula el gritar el
sapucai para la Virgen.
Los sacerdotes explican la adopción del chamamé, el guaraní y el sapucai,
entre otros elementos de la cultura popular correntina, para la devoción a
la Virgen a partir de una política de inculturación:
"El camino nuestro es inculturarse. No hay otro camino. (...) ...para
no hablar otro lenguaje, estar en el mismo lenguaje, estar en sintonía con
ellos... (...) Yo que vengo de afuera me tengo que hacer, adaptar, al modelo
de acá... (...) ...tengo que ser correntino con los correntinos" (Padre
Miguel Cacciuto, Rector de la Basílica de Itatí hasta diciembre de 1998)
El concepto de inculturación [14] , originariamente teológico, nos abre las
puertas para entender las peculiaridades que adquiere el catolicismo eclesial
en el santuario de Itatí si lo leemos desde la antropología. El actual rector
de la basílica, el padre Mateo Giordano, habla de la inculturación en términos
de conversión y de hacer las cosas "según el espíritu del alma correntina".
Para Mateo, en Itatí hay una especie de lenguaje particular de la fe, una
forma de creer "en correntino", la cual hay que aprender y a la cual
hay que adaptarse para poder llegar a los litoraleños con el mensaje de la
iglesia. La inculturación es el camino que toma la iglesia para apropiarse
y ser ella “expresión del alma correntina" y se basa en una idea de
diálogo con el otro, en un reconocimiento del otro, pero que no implica aceptación
del otro como culturalmente igual. [15]
Todo esto no significa que la Iglesia relegue el catolicismo a un segundo
plano en la construcción de la identidad provincial. Antes, el catolicismo
– vía Virgen de Itatí– es fundante de la identidad correntina. Pero es un
catolicismo diferente del catolicismo integral que caracterizó a la construcción
de la identidad nacional: desde el margen, más abierto, permite subrayar en
la Virgen de Itatí, por sobre su valor religioso, su valor en cuanto símbolo
provincial. Así, su abrangencia excede a los católicos:
"Acá [en Corrientes] la Virgen de Itatí es la Virgen de Itatí.
Este año fuimos, yo fui, a Tierra Santa con peregrinos de Corrientes... Y
llevé una pequeña réplica de la imagen de la Virgen de Itatí y la dejé instalada
allí, junto al Santo Sepulcro. Allá en Tierra Santa, en Jerusalén. Y cuando
yo llegué, la colectividad judía correntina que está allá, se enteró. Me fueron
a recibir al aeropuerto, ¡pero con fiesta! Con alegría. Yo decía: `Miren,
les dejo en custodia la Virgen. Porque, aunque para ustedes religiosamente
no signifique demasiado, significa culturalmente”. Porque la Virgen de Itatí
es Corrientes. Es un signo de la cultura correntina..." (Monseñor Castagna,
entrevistado en Julio de 1998).
La identidad provincial que la Virgen de Itatí encarna es subrayada por Castagna
como trascendiendo las diferencias religiosas y es por ello que los judíos
también pueden adoptarla como emblema de correntinidad. [16]
Así, los sacerdotes de Itatí reconocen la presencia de una “cultura popular”
y que el campo religioso correntino no es homogéneo. Sin embargo, este reconocimiento
no implica necesariamente la aceptación del pluralismo religioso y menos de
un sincretismo de matriz católica. Una especie de tolerancia aparece aquí
en función de la inculturación, a partir de una doble jerarquización: la preeminencia
de la matriz católica para leer la relación entre la Iglesia y los “nativos”;
y la posición superior del “pedagogo”, que procura “enseñar” la verdad, no
imponerla, purificando y no combatiendo las prácticas culturales locales.
La Iglesia asume el pluralismo, pero no se vuelve pluralista. Esta pluralidad,
que no es nunca sin tensiones ni conflictos, la vuelve capaz de incorporar
y responder al localismo que caracterizaría a todos los santuarios (Cfr. Christian,
1989 a y b) respondiendo, así, al carácter universalista de la Iglesia
(Cfr. Eade & Sallnow, 1991: 15). El propio proceso de inculturación engendra
una tensión entre una cierta apertura a las variaciones culturales y la necesidad
de santificarlas, de catolizarlas, para que se ajusten a los dogmas universales
de la Iglesia [17] . Pero además, la política
de inculturación funciona como una base para reivindicarse como auténticos
abanderados de la cultura local. El planteo de la Iglesia puede ser, al mismo
tiempo, "auténticamente católico" y "auténticamente argentino"
porque viabilizado en términos una versión autóctona: la de Corrientes.
Conclusiones
En cualquier proceso de construcción de una identidad social hay determinados
elementos culturales que van a transformarse en marcadores, señales diacríticas
que dejan de desempeñar el papel original al que estaban destinados y van
convertirse en emblemas del grupo. La Virgen de Itatí, en este caso, en cuanto
“es Corrientes" y "es un signo de la cultura correntina" es
englobante: su influencia excede a los católicos e independientemente de su
significado religioso, vale en cuanto símbolo de la correntinidad. Sin embargo
la lectura que de este patrimonio hacen estos actores es diversa, aun cuando
rescaten los mismos elementos
A través de la lógica del legado – material para el pueblo, cultural para
la elite – he intentado mostrar cómo los itateños procesan una experiencia
peculiar de relacionarse con la Virgen. Es esa misma lógica basada en el localismo,
que definirá, al mismo tiempo, quiénes son los legítimos legatarios y quiénes
quedarán excluidos de la herencia de la Virgen de Itatí.
La Iglesia, por su parte, ha transformado la peculiaridad "genuinamente
correntina" de la Virgen y de su fiesta en el eje del catolicismo
en Corrientes. E inculturación es el término clave a partir del cual definirá
sus prácticas evangelizadoras. Así, a partir de la incorporación al culto
de determinados elementos culturales considerados diacríticos de la correntinidad,
la Iglesia define su lugar en tres frentes. Por un lado, pretende acercarse
y dialogar con su grey al retomar, legitimar y alentar gestos de la devoción
popular. Así, hemos visto, el chamamé, el sapucai y el guaraní son elementos
centrales en el culto a la Virgen de Itatí que se lleva a cabo en el santuario.
Por otro, se coloca como un actor autorizado para definir el correntinismo,
rescatando algunos - y no otros - de los elementos culturales que hacen parte
de la religiosidad y de la cultura populares, para utilizarlos en la devoción
a la Virgen. Dicha definición de correntinismo, pese a reivindicar los mismos
diacríticos, no necesariamente es idéntica, hemos visto, a la de los demás
participantes de la fiesta. Finalmente, y a partir de los dos puntos anteriores,
se diferencia de la Iglesia nacional al colocarse como una versión "genuinamente
correntina", auténtica porque autóctona, del catolicismo argentino,
para dialogar con las instancias centrales del poder eclesial.
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[1] Una primera versión de este trabajo fue presentada en las III
Jornadas de Patrimonio Intangible: “El espacio cultural de los mitos, ritos,
leyendas, celebraciones y devociones”. Centro Cultural Gral. San Martín, Buenos
Aires, Argentina. 26 y 27 de Agosto de 2002.
[2] Martín, Eloísa (2001): "Genuinamente correntina".
Um estudo antropológico fa experiência católica na festa da Virgem de Itatí.
Disertación de Maestría. Programa de Pós-graduação em Antropologia Social,
Universidade Federal do Rio Grande do Sul, Porto Alegre.
[3] La ciudad de Buenos Aires queda a más de mil kilómetros
de Itatí y se encuentra fuera del “área de influencia” del santuario. Sin
embargo, cada año en ocasión de la fiesta, miles de fieles nacidos en el Noreste
Argentino (NEA) o hijos o nietos de ellos que se encuentran viviendo en Buenos
Aires, peregrinan hasta el santuario.
[4] Retomo analíticamente ésta clasificación nativa a través de
la cual cada grupo se reconoce y es identificados por el otro.
[5] Don Bernabé nació hace 61 años en Mburucuyá, provincia
de Corrientes, de donde hasta hoy conserva la devoción por San Antonio. Está
casado hace 30 años con doña Luisa, con quien tuvo 4 hijos y vive en Itatí
desde hace 10 años.
[6] La economía que el santuario sustenta es altamente
informal. Por un lado, hay puestos callejeros y barracones, por los cuales
la municipalidad cobra impuestos por la utilización del espacio y del alumbrado
público. Los dueños de estos “comercios” generalmente ocupan cada año los
mismos lugares y algunos (especialmente los bingos) se dedican por completo
a esta tarea, recorriendo el país con el mapa y el calendario de las fiestas
populares. Muchos hasta emplean los jóvenes locales como mozos y vendedores.
Por otro lado, familias enteras, como la de Don Bernabé, disponibilizan servicios
para los peregrinos. En estos casos, la posibilidad de “trabajar en la
fiesta" dependerá tanto de la posibilidad de abrir sus casas para que
los peregrinos duerman allí, utilicen el baño o la ducha y/o de la disponibilidad
monetaria que las personas tengan algunas semanas antes de la fiesta, para
invertir en mercaderías que luego serán revendidas o en materia prima para
preparar comidas.
[7] La lógica de la promesa, en palabras de P. Sanchis
(1997: 116), integra una “certa ordem do mundo, [faz] parte do ser-aqui. (...)
...a ordem das coisas é feita de dons recíprocos, e é precisamente essa troca
que mantém e restaura o equilíbrio vital”.
[8] El concepto de "sociodicea" de Bourdieu
(1991) arroja luz sobre cómo una narración histórica sobre los orígenes de
la provincia puede, a la vez, convertirse en fundamento para legitimar el
lugar de preponderancia en la sociedad que González Azcoaga, y otros miembros
de la elite itateña, reclaman para sí.
[9] En Argentina, la nación se construyó a partir
de la oposición a las minorías, considerando al “otro” como extranjero, como
anti-nacional, como enemigo, colocándolos por fuera de los límites de lo “auténticamente
nacional”. Dicha construcción (Cfr. Zanatta, 1996; Mallimaci, 1992; 1996;
1998), homologa los valores católicos con los nacionales. Martín (2000) desarrolla
la construcción de esta equivalencia en la construcción de la Virgen de Luján
como patrona nacional.
[10] Dundes (1985) y Burke (1989) señalan la ambivalencia
de los intelectuales con respecto al “pueblo”, considerándolo, en una versión
positiva, expresión del espíritu nacional, y al mismo tiempo, en una versión
negativa, como atrasado, natural simple e irracional. Ya Carlos Steil (1996)
en su trabajo sobre el santuario de Bom Jesus de Lapa, en Bahía (Brasil) construye
este concepto de “ambivalencia” para explicar la oposición entre “romanticismo”
(que busca aproximarse a la religiosidad popular y la valoriza) e “iluminismo”
(que impone un distanciamiento con las prácticas rituales populares y afirma
la necesidad de educación en la fe) establecida en aquel santuario (1996:
84-86). En Itatí vemos que ocurre una situación similar.
[11] Consideraré aquí, siguiendo a Herzfeld (1997),
al “tipo” regional en cuanto estereotipo, que funciona en cuanto “insignia”
y no como expresión o representación abstraída de los correntinos.
[12] El uso del guaraní en el santuario de Itatí,
reificado como símbolo, no tiene una intención comunicativa: si bien algunos
de los fieles cuya lengua materna es el guaraní tengan una comprensión mejor
– y siempre más afectiva – del mensaje de los sacerdotes, estos, sin embargo,
desconocen casi por completo la lengua, limitándose a repetir de memoria las
traducciones. Por un lado, el guaraní no es la lengua de las instituciones
del estado ni de la nacionalidad. Por otro, el padre Mateo, principal impulsor
de la misa bilingüe, apenas conoce algunas palabras del guaraní, y traduce
los textos de la misa con ayuda de un diccionario, repitiendo las frases “sin
entender ni jota lo que digo... pero como ya conozco de memoria el texto
[en español] de la misa, no importa...". Así, la comunicación es unidireccional:
el mensaje evangélico es transmitido, pero no hay diálogo con aquellos que
- se supone - no se comunican en castellano. El guaraní, no sirve para comunicar(se),
sino que es "pura emoción": "...el guaraní llega directamente al alma,
no hace falta traducción" (Padre Mateo Giordano, julio de 1999)
[13] En una primera definición podríamos decir que
el sapucai es un grito agudo, sostenido durante un lapso que puede ir de algunos
segundos a un par de minutos, generalmente proferido por hombres y que se
realiza espontáneamente. Así como el chamamé, sapucai tampoco hay uno sólo.
Diferentes formas de sapucai se gritan en distintos contextos y desde diferentes
lugares de legitimidad, por lo que cualquier análisis del sapucai debe considerar
la situación en la cual se grita y quién o quiénes prestan la voz al grito.
Se grita sapucai "porque es alegre". Una nota de acordeón,
una bella mujer, un gesto de destreza, son algunos entre los muchos motivos
que pueden arrancar un sapucai de la garganta.
[14] Según (Angronsino, 1994: 825, italics en el
original) “Inculturation implies that the church must be both true
to its traditions and conscious of its universal mission. (...) Unlike the
anthropological term acculturation, which refers to changes that results
when two or more different groups come into significant contact productive
of changes in all, inculturation refers to encounters whose outcome is a convergence
that does not replace either of the cultures from which arose. Both parties
to the inculturative exchange undergo internal transformation, but neither
loses its autonomous identity. (...) ...inculturation occurs when a dominant
culture attempts to make itself accesible to a subdominant one without losing
its own particular character.”
[15] La acción de las misiones a la zona (franciscanos,
jesuitas y benedictinos) podría describirse también en términos de inculturación.
El Padre Bolaños, considerado fundador de Itatí, tradujo ya en 1585 el catecismo
aprobado por el Concilio de Lima al guaraní (Cfr. Liboreiro, 1992: 38; Brito,
1992: 63) Sin embargo, ésta fue diferente a lo que ahora está ocurriendo en
Itatí: sobreescribían en lo sagrado indígena, un sagrado católico. Por su
parte, Beldi (1999b) diferencia la acción evangélica durante el período colonial
y la actual a partir de una “estrategia semántica” de la Iglesia, que substituye
la palabra misión por pastoral. Según esta autora, pastoral
“significa a incorporação do conceito de cultura que é traduzido pela Igreja
católica como inculturação. Assim, a diversidade cultural é constatada e portanto
necessita ser inculturada” (Beldi, 1999 b).
[16] Este hecho es de suma importancia, sobre todo
teniendo en cuenta que, en contraste, La Virgen de Luján, en su construcción
histórica como patrona nacional, no solamente excluye a los no católicos,
sino que llega a considerarlos como no argentinos (Cfr. Martín, 2000).
[17] El pluralismo no es absoluto y los grados aceptados
de apertura a la variabilidad cultural, en los santuarios marianos y en Itatí
en este caso, son “concedidos” siempre y cuando se mantenga al componente
católico como fundamental y fundante. La idea de inculturación que propone
la Iglesia ocluye el componente de negociación que de hecho toda inculturación
tiene con la cultura en la que va asentarse, presentándose como si la Iglesia,
más allá de las formas rituales, no tuviera que hacer concesiones y modificarse,
en su contacto con los “nativos”.
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