La Asociación Peñi Mapu: conformación de una identidad étnica en contextos
de globalización
Lic. Nora Marcela Guerci (*)
Resumen
A mediados de 1996 comenzaron a desarrollarse
los primeros pasos de una investigación enmarcada en el área de la Arqueología
Histórica, la que incluye una línea de trabajo desde la Antropología Social.
El proyecto, que se continúa hasta el momento, ha tenido como objetivos indagar,
por un lado, la experiencia histórica de las sociedades de frontera relacionadas
con una fortificación de mediados del siglo XIX en el actual partido de Tapalqué,
llamada Cantón Tapalqué. Por otro, pretende estudiar la conformación de una
identidad en relación con ese pasado a partir de los discursos y prácticas actuales
de los habitantes de la región. La investigación implicó, desde un principio,
el registro de entrevistas a descendientes de indígenas pertenecientes a los
cacicatos que se asentaban en la zona del mencionado cantón, entre otras personas.
A partir de esas instancias, aquellos que se reconocieron como descendientes,
específicamente los de Catriel, iniciaron una serie de contactos entre 'parientes',
en la mayoría de los casos no conocidos interpersonalmente, contactos establecidos
y mediados por el trabajo de búsqueda y de rastreo de informantes de los antropólogos.
En un lapso de dos años, la red de contactos
se amplió y dio lugar a planificar y llevar a cabo un encuentro entre los descendientes
del cacicato de Catriel de las diferentes líneas de descendencia, ya en conflicto
en los tiempos de ocupación y ejercicio del cantón y enemistadas hacia finales
de la llamada Conquista del Desierto. Dicho encuentro originó la organización
de un parlamento indígena en la ciudad de Olavarría, el que se realizaría un
mes y medio más tarde (el 19 de abril de 1998) y reuniría a más de trescientos
descendientes de diferentes etnías indígenas residentes principalmente en la
zona. De la reunión surgió la Asociación Peñi Mapu, la que actualmente se halla
interviniendo en la sociedad como institución sin fines de lucro. La creación
de esta asociación planteó un espacio para revitalizar la identidad indígena,
incentivando el reconocimiento en términos de autoadscripción y de adscripción
y promoviendo prácticas de inserción en los espacios políticos.
El presente trabajo intenta mostrar cómo posiblemente
comienza a resurgir una identidad étnica a partir de los trabajos de registro
de la investigación antropológica y plantea una discusión acerca de la participación
del antropólogo en un proceso social complejo, tanto identitario como organizativo.
* Docente ordinario e investigadora de la Facultad
de Ciencias Sociales y de la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad
Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires. Codirectora del Proyecto
Cantón Tapalqué Viejo, integrado al PIAT (Programa de Investigaciones Antropológicas
en Tapalqué). Investigadora del PROESCOM (Proyectos de Estudios en Comunicación),
SeCyT, UNICEN. mguerci@soc.unicen.edu.ar
Introducción
El presente trabajo reúne, en parte, informaciones
y análisis ya mencionados en otros textos, publicados o no. Agrega, en este
caso, cuestiones teóricas y metodológicas fundamentales sobre el tipo de investigación
que llevamos a cabo desde hace casi seis años y que toma como punto de partida
una labor interdisciplinaria.
Nuestro proyecto ha intentando, desde sus comienzos,
indagar tanto una experiencia social del pasado como sus implicancias directas
en el presente. En la última década, los estudios del pasado humano relacionado
con tiempos considerados 'históricos' han sido abordados no sólo desde la Historia
sino desde otras disciplinas de las Ciencias Sociales. En Argentina, uno de
los campos de la Antropología que se ha ocupado de 'lo histórico' se enmarca
en la Arqueología Histórica, la que tuvo sus orígenes en Estados Unidos y en
Canadá. En sus etapas iniciales -y coincidiendo con las tendencias desarrolladas
en Estados Unidos- el área se centró en problemáticas de las sociedades 'históricas'
partiendo de la teoría y, por sobre todo, de la metodología de la Arqueología.
Con el tiempo, ha sido posible reconocer que los problemas de investigación
de procesos sociales históricos son complejos y exigen un abordaje interdisciplinario,
tanto para el análisis y la elaboración de conocimientos científicos como para
el contexto de aplicación de dicha producción. En este sentido, la noción de
pasado plantea una discusión que promueve una recomposición de los objetivos
de la Arqueología Histórica, teniendo en cuenta los procesos que plantea la
llamada globalización.
El proyecto, llamado en forma corriente "Cantón
Tapalqué Viejo" (en adelante: CTV), se adscribe en el campo de la Arqueología
Histórica, denominación discutida. Como uno de sus ejes temáticos estudia la
identidad cultural, no sólo la de los pobladores actuales de una zona o territorio
que incluye a Tapalqué (Buenos Aires, Argentina), descendientes de quienes vivieron
en la fortificación que se toma como eje, sino también la de aquellos que reconocen
una experiencia social semejante en sus antepasados. El objetivo es identificar,
a nivel histórico y actual, las representaciones sobre lo que habrían sido las
relaciones interétnicas, vigentes en distintos períodos y surgidas de los grupos
que convivieron en un área llamada de frontera en la Región Pampeana,
la que se sitúa en torno al actual municipio de Tapalqué, especificando la naturaleza
de tales relaciones. Como hipótesis de trabajo planteamos que existieron hábitos
y formas de convivencia en esas poblaciones, asentadas en zona de frontera
-límite material y simbólico entre el incipiente Estado Nacional y los territorios
de las naciones indígenas- cuyas manifestaciones son pasibles de rescate arqueológico,
etnohistórico y antropológico social. Tales manifestaciones conformaron lo que
podría pensarse como una cultura de frontera, la que influyó sobre formas
identitarias posteriores hasta la actualidad. En un alcance más general, el
objetivo pretende contribuir con el reconocimiento y la construcción del patrimonio
cultural a escala local y regional y orientar a la práctica comunitaria al reconocimiento
de una experiencia social previa y a su implicación en situaciones actuales
y futuras. El trabajo se desarrolla en dos líneas de investigación, articuladas
permanentemente. Una de ellas indaga el sitio arqueológico CTV, fortificación
fundada en 1831. A través del registro arqueológico y de la documentación de
la época se aborda la dinámica en las relaciones sociales de los pobladores
asentados en el lugar, caracterizados en los textos históricos como grupos diferenciados:
militares, indígenas, civiles 'blancos' y negros. Parte de estos habitantes
se constituyó, luego, en el núcleo que dio origen a la actual ciudad de Tapalqué,
cabecera del partido homónimo, a 20 kilómetros del Cantón. En la otra línea,
la de la Antropología Social, las investigaciones han apuntado a estudiar el
pasado y la identidad desde dos planos:
·
a partir de las representaciones sociales vigentes en diferentes momentos históricos.
·
a partir de los sentidos actuales, de los saberes identitarios de los habitantes
de Tapalqué.
La etnografía ha resultado ser, por una parte,
el instrumento indispensable para el estudio mencionado. Por otra, llegó a convertirse
en el recurso para establecer una instancia de reconocimiento y de reunión de
descendientes de sociedades indígenas, circunstancia que trascendió en un 'reencuentro'
entre las diferentes líneas de descendencia del Cacique Juan Catriel "El
Viejo", históricamente distanciadas, en la consecución de un Parlamento
Indígena, sin antecedentes en la zona, y en la creación de una organización,
la Asociación Indígena Peñi Mapu (Hermanos de la Tierra) en Olavarría (Buenos
Aires, Argentina). De hecho, las situaciones mencionadas han sido el producto
no previsto del trabajo de campo antropológico.
El Cantón Tapalqué Viejo: ubicación geográfica y breve reseña histórica.
El sitio Cantón Tapalqué Viejo se halla a 36º
34' 40'' latitud Sur y 60º 04' 40.6'' longitud Oeste, en Argentina, provincia
de Buenos Aires, partido de Tapalqué. Está ubicado en el interior de un campo
de 2350 hectáreas -dedicadas a la producción ganadera y a la agricultura- y
a la vera del arroyo homónimo, en una 'rinconada' que forma el curso de agua
y que fue utilizada como barrera natural en el sistema de defensa de la fortificación.
Dista a 17 kilómetros de la actual ciudad de Tapalqué, cabecera del partido
mencionado. El lugar se corresponde con la subregión pampa húmeda, específicamente
con lo que se define como Area de Depresión del Río Salado (Politis, 1988).
En la transición a convertirse Argentina en una
incipiente 'nación', los años sucesivos a la Revolución de Mayo (1810) y a la
Independencia (1816) marcaron una etapa de expansión territorial interna y el
planteo de unificación ideológica para formar el Estado argentino. Consecuentemente,
lo que se denominó "Conquista del Desierto" a partir de las “líneas
de fronteras” en la provincia de Buenos Aires, a fines del siglo XVIII y durante
siete décadas del siglo XIX, fue el concepto legitimado por los gobiernos sucesivos
para continuar la expansión sobre el territorio de los cacicatos. En forma muy
similar a la "Conquista del Oeste" (EEUU), coincide en la implementación
de dos estrategias básicas:
1- el avance de una línea de frontera móvil, esto
es, la movilización de tropas militares -desde un centro geográfico determinado,
generalmente el lugar de residencia del poder político- para ir estableciendo
fortificaciones sobre el territorio a conquistar (espacio de asentamiento de
sociedades indígenas), las que, en la 'Conquista del Desierto' fueron denominadas
fuerte, fortín, cantón y comandancia, según la cantidad
de tropas que albergaran y el poder logístico que asumieran desde su instalación.
2- la apropiación de esos territorios -para implementar
un modelo económico europeo sobre la base de la explotación del recurso tierra-
y la 'colonización' de los mismos a partir de la instalación permanente de poblaciones
'blancas', preferentemente en áreas aledañas a aquellas fortificaciones, instando
a la creación de poblados que luego serían las ciudades de hoy.
Las fronteras internas fueron límites simbólicos
-materializados en fortificaciones- de esa situación permanente de colonización
(Cabodi, 1950). Paralelamente, las leyes de enfiteusis instalaban a colonos
inmigrantes, otorgaba tierras de la pampa bonaerense a oficiales y soldados
que hubieran participado de las luchas por la Independencia o “contra el indio”
(Raone, 1969) y regalaba tierras a allegados de los gobernantes, lo que aseguraba
el cambio de manos de ese recurso: de 'indios' a 'blancos' (Donghi, 1969, 1975
y 1972; Bechis, 1982; Fradkin, 1987). Sucesivamente, la línea “avanzaba” y “ganaba”
tierras para el incipiente Estado Nacional. Es así que los malones fueron
considerados por algunos autores (Mandrini, 1987 y 1992) como 'empresas', esto
es, estrategias de la sociedad indígena para la recuperación de bienes y para
la redefinición económica y política ante la instancia de su exclusión.
En octubre de 1831 se produjo un ataque indígena
a la hacienda del Gral. Marcos Balcarce, entonces Ministro de Guerra y Marina
y amigo personal del gobernador de Buenos Aires, Don Juan Manuel de Rosas. En
consecuencia, éste ordenó la construcción del Cantón Tapalqué en tierras de
aquél, en una explanada elevada, a la vera del arroyo Tapalqué y coincidiendo
con una zona de tránsito y de comunicación para los grupos indígenas y para
las partidas de militares y comerciantes hacia el sur. El Cnel. Gervasio Espinosa
fue el comandante de la nueva fortificación durante cinco años y la primera
dotación militar habría contado con veintisiete hombres (Capdevila, 1963).
La presencia de agua y pasturas permanentes, la
proximidad al sistema serrano de Tandilia y la rinconada del arroyo definieron
también la importancia logística para establecer la fortificación y relocalizar
parte de los cacicatos considerados aliados por el gobierno central, los de
los caciques Cachul y Catriel. Los grupos de ambas sociedades indígenas sumaban
quinientos indios pampas en su población (Martínez Sarasola, 1992; Sarramone,
1993). El CTV pasó a integrar la denominada Línea Frontera Sur. Fue habitado
permanentemente desde 1831 hasta 1855, cuando se decidió trasladar la población
y fundar el Nuevo Fortín Tapalqué, a 17 kilómetros al norte, donde actualmente
se halla la ciudad de Tapalqué. Declinó su importancia al perder Rosas el poder
político y, finalmente, el cargo de gobernador. Según algunos autores, el fortín
estuvo ocupado aún después de 1855 (Capdevila, 1963; Comando General del Ejército,
1974). La Historia destaca al CTV por dos batallas: la de octubre de 1836, un
enfrentamiento entre vorogas, indígenas provenientes de Chile, y tropas acantonadas,
y la de 1839, un ataque al cantón ejecutado por Calfucurá (cacique que forma
una Confederación, alianza entre distintos grupos indígenas a modo de estrategia
resistencia colectiva) y una coalición de caciques y capitanejos (jerarquía
menor dentro de las organizaciones indígenas), en donde las tropas militares
mataron cerca de trescientos indios, mientras que de sus fuerzas murieron un
teniente, dieciocho soldados y cinco indios “amigos”; los militares recuperaron
también los caballos robados. En el cantón existe un monolito con una placa
recordatoria de esta última batalla, la que determinó la declaración de Tapalqué
como partido, y, en 1945, la del sitio como Lugar Histórico Nacional.
La ocupación del lugar no se limitó al espacio
de la fortificación, sino que abarcó un área común para el desarrollo de actividades
de sociedades que, en apariencia, se presentaron como diferenciadas pero que,
en la práctica, participaron de una serie de tareas integradas y de relaciones
sociales complejas. La investigación en el CTV aborda el estudio de dicha interacción,
la del pasado y la del presente. Militares y no militares se constituyeron en
la base de una población que fue conformando una identidad en consonancia con
el medio, sobreviviendo al desmantelamiento de la fortificación y relocalizándose,
en parte, en la actual ciudad de Tapalqué.
El abordaje multi e interdisciplinario
Según el antropólogo argentino Hugo Ratier, la
colaboración entre Arqueología y Antropología Social no ha sido muy frecuente
en la práctica concreta de la investigación ni en la bibliografía de la disciplina
'madre', la Antropología, pese a algunos alegatos teóricos y discursivos en
tal sentido. Como antecedentes de algunos intentos de trabajo interdisciplinario
pueden mencionarse propuestas tempranas en la esfera de la metodología del
estudio de áreas (Steward, 1955), en las que la temática integradora se centró
en el cambio social, tomando como referente el paradigma desarrollista de entonces,
que postulaba el continuum tradicionalismo-modernidad. Otra de las disciplinas
que se ha propuesto áreas de confluencia es la llamada etnohistoria,
si bien allí la indagación etnográfica suele subordinarse a la finalidad arqueológica.
Pero es quizá en la Arqueología Histórica donde se va insinuando un espacio
de trabajo interdisciplinario, al articularse registros orales, documentales
y arqueológicos en el estudio de procesos sociales en zonas de frontera,
ocurridos hacia mediados del siglo XIX en la Región Pampeana y en la Patagonia
argentinas, que tienen incidencia en la actualidad. (Ratier, 1998).
Al iniciar los trabajos del CTV, encontramos
que las excavaciones arqueológicas que tomaran como eje los asentamientos militares
fortificados antiguamente ubicados en la zona central de la Región Pampeana
eran escasas. Se limitaban, a saber, a las áreas antiguamente ocupadas por el
Fortín Miñana (partido de Azul, Buenos Aires, Argentina) y por el Fuerte Blanca
Grande (partido de Olavarría, Buenos Aires, Argentina). Como lo ha reconocido
Ratier, estos antecedentes señalan algún trabajo interdisciplinario en las indagaciones
sobre el Fuerte Blanca Grande, a cargo del arqueólogo Rafael Goñi, donde la
encuesta antropológico-social estuvo a cargo de Juan Carlos Radovich. El proyecto
del Cantón Tapalqué Viejo, por su parte, es el que registra mayor experiencia
al respecto (V. Guerci y Adad, 1998; Mugueta y Guerci, 1997a, 1997b; Guerci
y Rodríguez, 1999 y 2000). Con todo, la mención a la interdisciplinariedad atraviesa,
en forma creciente, los trabajos presentados en las incipientes reuniones científicas
de la Arqueología Histórica de Argentina. Pero la apelación a la investigación
conjunta se ha dado, en la mayoría de los casos, a partir de la necesidad del
arqueólogo de conocimientos que no pertenecen a su dominio profesional, como
los de la Ingeniería, la Química, la Agronomía o la Edafología, entre otros.
Algunos investigadores, por tanto, parecen no conocer o no considerar el debate
que se desarrolló sobre las nociones de pasado en el seno de las Ciencias
Sociales, durante el decenio de los '80 y comienzos de los '90, el que promovió
y exigió, precisamente, una "flexibilización de las estructuras mentales",
como se ha de explicar más adelante. Así, las visiones parciales sobre la interdisciplinariedad
permanecen, en tanto ésta tiene presencia en la retórica pero se halla ausente
de la puesta en práctica concreta. Quizá sea en la bibliografía histórica argentina
donde existen estudios que replantean el papel de las etnías indígenas, en general,
y de los habitantes de la frontera, en particular (Mandrini, 1987, 1992, 1997;
Mandrini y Ortelli, 1995; Palermo, 1986, 1994; Socolow, 1987), ya que las problemáticas
'de frontera' en la pampa bonaerense y en el sur patagónico han formado parte
obligadamente del objeto de estudio de los historiadores. Allí se cuestiona
el estereotipo de "indios" y blancos", los dos grupos o bandos
nítidamente separados y permanentemente en batalla, examinando, en cambio,
la condición dinámica y cambiante de la frontera (Douglass, 1994; Saignes,
1989, Bechis, 1984; Socolow, 1987), dado que el proceso social de mediados del
siglo XIX se caracteriza por la coexistencia de un Estado Nacional en construcción
y los llamados cacicatos, formas de organización sociopolítica y económica
de los indígenas (Ratier, 1998).
Al apelar a la interdisciplinariedad, tenemos
en cuenta la diferenciación que Héctor Vázquez hace del término con respecto
a la multidisciplinariedad. Dice Vázquez: "por multidisciplinariedad
entendemos la yuxtaposición de enfoques teóricos diferentes sobre los mismos
problemas a partir de disciplinas distintas, sin llegar a establecer un denominador
teórico común. No se produce convergencia teórico-metodológica. Interdisciplinariedad
es una categoría referida a la investigación. Y, además, implica diferentes
niveles de integración teórico-metodológicos entre cada disciplina, mediante
la construcción de un común denominador teórico en los dilemas planteados en
las zonas fronterizas intermedias. Todo ello supone un esfuerzo de síntesis
en diferentes grados y niveles. (...) (que) pasa por la reflexión conjunta de
los investigadores en un trabajo de cooperación colectiva con relación a una
problemática específica. (...) (citando a Guy Michaud, 1975): 'La interdisciplinariedad
es el fruto de una formación continua, de una flexibilización de las estructuras
mentales. Por lo tanto, el trabajo en equipo supone la tarea de investigación
asumida como tarea colectiva. (...) Se necesita formar equipos divididos en
subequipos cada uno de los cuales ha de ser coordinado por un investigador.
(...) (Esto supone) la convergencia -establecida en distintos planos y niveles-
de núcleos interdisciplinarios. Tales núcleos no son estáticos sino que se reelaboran
constantemente según la dinámica impuesta por el proceso de investigación. (...)
Esto exige un esfuerzo de creatividad que abra la posibilidad de construcción
de nuevas categorías conceptuales, lo suficientemente flexibles para -en varios
dominios y niveles- las variaciones de sentido que deben explicitarse muy claramente.
Todo abordaje interdisciplinario es, por definición, multidimensional, por lo
que su estructura interna ha de adecuarse operativamente a esta exigencia"
(Vázquez, 1994: 110-112).
Reseña del 'reencuentro' de los Catriel y de la formación de la "Asociación
Peñi Mapu"
En los comienzos del proyecto, el trabajo de campo
antropológico se orientó al registro de entrevistas a quienes aún hoy construyen
ranchos con las técnicas del siglo pasado y a los descendientes de las sociedades
indígenas relacionadas con el CTV. Para esta segunda instancia, se trató de
localizar, en principio, a las personas residentes en la zona vinculadas con
la descendencia del cacique de Juan Catriel "El Viejo" (apelativo
que históricamente se ha utilizado para distinguirlo de su hijo homónimo). De
la búsqueda inicial surgieron tres, dos de ellas viviendo en la ciudad de Azul
y la restante en Sierras Bayas, localidad de Olavarría. Las primeras eran la
nieta y la bisnieta de Cipriano Catriel; el sierrabayense, bisnieto de Marcelino
Catriel. Cipriano, Marcelino y Juan José fueron nietos de Juan "El Viejo"
y la única descendencia mencionada de aquél, en cuanto al linaje, en los textos
históricos.
La siguiente descripción menciona gran parte de
los acontecimientos fundantes en la reconstrucción o el surgimiento de una identidad
étnica hacia finales del siglo XX.
La primer entrevista fue realizada a la nieta
de Cipriano, Matilde Modesta Catriel. A partir de ese momento y en las entrevistas
sucesivas, Matilde propuso, casi siempre hacia el final del registro, que los
antropólogos enviáramos sus saludos al bisnieto de Marcelino, asumiendo que
también entraríamos en contacto con él:
"si ven a mis parientes de allá, mándele saludos"
Esta circunstancia se repitió invariablemente,
llegando a ofrecer una fotografía de ella y su hija para "el pariente".
Aducía que, en otras épocas, solían visitarse.
Las entrevistas posteriores se continuaron con
Pedro Galván, el sierrabayense, quien se interesaba por la situación actual
de Matilde y le retribuía, vía "los antropólogos", los saludos.
Más tarde, consultando el trabajo del Profesor
Gustavo Monforte sobre la reconstrucción de la descendencia de Juan Catriel
"El Viejo", llegamos a contactar en la ciudad de Olavarría y en la
localidad de Sierra Chica (partido de Olavarría) a otras personas pertenecientes
al linaje: las de Juan José y las de una de las líneas no reconocidas por la
historia, la de Marcelina Catriel, hermana de Cipriano, Juan José y Marcelino.
Matilde decidió seguir enviando fotografías y saludos propios a quienes "los
antropólogos" ubicaran como sus "parientes".
Cada uno de los actores o grupos familiares encontrados
de la descendencia de Juan "El Viejo" (excepto dos hermanas de la
línea de Juan José) fueron remitiéndonos a otras personas, ampliando la red
de descendientes. La intermediación de los antropólogos puso así a su disposición
el canal para establecer o renovar una conexión que parecía haberse perdido
con el tiempo (histórico y actual). De esa situación, prolongada por más de
un año, surgió el interés de los descendientes localizados de reunirse. Esto
finalmente se llevó a cabo el 1º de marzo de 1998, en Sierras Bayas, en las
instalaciones de un club y durante la mañana y la tarde. Ese día hubo un asado
bajo los eucaliptus del lugar, mesas dispuestas para el almuerzo bajo los árboles
y "los antropólogos" haciendo de antropólogos, de amigos, de asadores,
de mozos y de artistas del folklore. Se sumaron algunas personas de la localidad
-intervinientes en las gestiones para realizar el encuentro-, estudiantes de
antropología social y de arqueología de la Facultad de Ciencias Sociales de
la UNICEN, un descendiente de mapuches chilenos -ex - integrante de Huerque
Mapu- (llegado de España y de visita por Argentina) y periodistas de la televisión
olavarriense. Si bien para esta reunión se preveía el reencuentro de los descendientes
de aquel cacique, la situación excedió tal expectativa, ya que desde Azul también
arribaron otras personas, bisnietos y tataranietos de aquellos que integraban
el cacicazgo de "El Viejo" pero que no pertenecían a su linaje. Todos
ellos se identificaban como residentes del barrio Villa Fidelidad de la ciudad
de Azul, fundado en 1856 por la presidencia de Mitre con el objetivo de hacer
efectivo el control sobre los grupos indígenas de la zona relocalizándolos en
dicho espacio.
Tanto los de Azul como los de Olavarría llegaron
al encuentro con banderas mapuches, las que colocaron en diferentes lugares
del "escenario". Una asamblea improvisada y que devino hacia la media
tarde, formada por todos los descendientes reunidos, concluyó que se debía convocar
a un Parlamento Indígena para el 19 de abril del mismo año.
El 19 de abril se llevó a cabo el mencionado parlamento.
También en las instancias organizativas las tareas fueron conjuntas, entre antropólogos,
estudiantes de Ciencias Sociales y descendientes de sociedades indígenas. Las
gestiones lograron que el Municipio de Olavarría declarara el evento como 'de
interés municipal', disponiendo el salón de sesiones del Honorable Concejo Deliberante
para tal fin y subsidiando alojamiento y pasajes para algunos descendientes
de otras ciudades. Uno de los bloques del HCD, el del FREPASO, cedió su oficina
y otros servicios para desarrollar las tratativas, los contactos y la convocatoria.
El encuentro reunió aproximadamente doscientas personas asumidas como descendientes
de diferentes etnías indígenas y localidades: del cacicato de Catriel, del clan
del capitanejo Maicá, tobas, mapuches, un tehuelche, un charrúa y una mataco
(según su autodenominación); también se incluyeron dos descendientes de indígenas
como resultado del cautiverio de sus respectivas bisabuelas. Otras personas
se acercaron en busca de respuestas sobre sus supuestos ancestros indígenas.
Sólo fueron convocados a parlamentar, desde las 9 horas, aquellos que asumieran
una descendencia indígena. Los antropólogos y estudiantes de Ciencias Sociales
llevamos a cabo tareas administrativas y de servicios: recepcionistas, guías,
cafeteros y cebadores de mate, todo ello fuera del recinto de sesiones. Una
artista plástica local elaboró un mural sobre el tema del encuentro y propuso
un taller de dibujo para niños que estuvieran en el hall de entrada a la Municipalidad
de Olavarría.
De las deliberaciones del Parlamento surgió una
organización, la Asociación Peñi Mapu, la que funcionaría en adelante con una
Comisión Directiva integrada por representantes locales y de la ciudad de Azul.
El Presidente de la misma resultó ser uno de los descendientes de la línea de
Marcelina Catriel, Víctor Hugo González Catriel. No se convino una fecha precisa
para un nuevo Parlamento pero se acordó que, llegado el momento, la convocatoria
sería a escala regional. El encuentro finalizó con un espectáculo folklórico
al aire libre, de noche, sobre un escenario que obligó a cortar el tránsito
del espacio 'céntrico': en la vereda de la Municipalidad y de cara a la plaza.
El marco conceptual: patrimonio cultural, pasado, identidad, conciencia
étnica
Se hace necesario abordar, ante la revisión del
estado actual del tema, aquellas categorías o nociones mencionadas en el trabajo,
ya que sobre ellas ha persistido una discusión epistemológica e ideológica que
atravesó -y atraviesa permanentemente- el devenir de las ciencias sociales.
En primer lugar, asumimos que la noción de patrimonio
cultural supone aquellos bienes simbólicos, materiales y comportamentales
de una sociedad que intervienen permanentemente en la construcción de su identidad.
El concepto implica una dimensión simbólica de la cultura, al tomar en cuenta
las producciones de sentido sociales sobre dichos bienes. Esta perspectiva lleva
a dar por tierra con dos estereotipos de patrimonio cultural: por un lado, el
que lo asocia con el pasado histórico, lo que lleva a considerar una sola dimensión
del pasado y a disociar en etapas unilineales lo que debe entenderse como proceso,
provocando fragmentación y divergencia en la construcción de la identidad colectiva;
por otro, el que lo asocia con monumentos arquitectónicos, a espacios geográficos
con estructuras materiales, producto de la actividad humana y, en general, a
ciertas expresiones culturales que aseguren su percepción sensorial, tal como
la música.
En segundo lugar, consideramos que estudios interdisciplinarios
como los del CTV han de aceptar que el pasado puede ser abordado desde
diferentes perspectivas, según sean las situaciones de interacción social a
las que se refiera. Las perspectivas de la Arqueología y de la Historia son
las que han de remitir al 'pasado histórico' propiamente dicho; así, la primera
toma como registro de las interacciones sociales a los contextos arqueológicos
y la segunda, a los textos escritos de la época en cuestión, los 'documentos'.
Por su parte, el enfoque de la Antropología Social toma en cuenta las fuentes
de información anteriores, aunque enfatiza en las percepciones que desde el
presente se hacen del pasado, esto es, las construcciones actuales sobre aquél.
Las diferencias entre los enfoques también se manifiesta a partir del registro
de datos al que apela cada uno. El registro arqueológico se entiende como diferente
del histórico. Mientras que los registros históricos operan selectivamente,
presentando lo que las sociedades han querido dejar como constancia escrita
de sus acciones (Thompson,1984:54), la arqueología pretende acceder a la experiencia
humana del pasado desde el contexto mismo de su accionar. En el registro antropológico,
las entrevistas orales a los pobladores de Tapalqué y de la zona ponen en juego
la otra dimensión del pasado, en tanto tratan de indagar las producciones de
sentido sobre la identidad de esta parte de la sociedad en particular, teniendo
en cuenta una experiencia colectiva que surge y se continúa desde los momentos
históricos del CTV.
La preocupación sobre el concepto de pasado
no es nueva. La antropóloga social Claudia Briones se ha ocupado de profundizar
aquel planteo y asegura que "una de las transgresiones más interesantes
del boom deconstructivista que se iniciara en los años 80 es la que ha llevado
a los científicos sociales a replantearse la función social de las interpretaciones
históricas desde perspectivas centradas en el estudio de los 'usos del pasado'
y de procesos de 'invención de la tradición'. Si hasta principios de la década
anterior la posibilidad de conjugar Antropología e Historia pasaba fundamentalmente
por analizar cómo el pasado se refleja en, produce o condiciona el presente,
los nuevos desarrollos proponen reformular el vínculo entre ambas disciplinas
concentrándose en el examen del 'pasado' como construcción social, siempre (re)
creada desde un 'presente' local y posicionado" (Briones, 1993/1994: 99).
En consecuencia, el pasado, por más remoto que parezca, no ha de soslayar
otros 'testimonios', los de quienes viven en la actualidad y elaboran un sentido
sobre aquél. Briones afirma que una nueva definición de pasado, la que
los autores del '80 proponen como herramienta para estudios antropológicos,
"predica que la vida social nunca es algo naturalmente 'dado', que toda
tradición está simbólicamente constituida y construida, y que la noción de 'autenticidad'
con la que se inviste ciertas prácticas es más en los resultados de un proceso
de interpretación que atribuye significado en el presente haciendo referencia
al pasado, que una cualidad objetiva de ese pasado. (...) Entonces, la distinción
entre tradiciones genuinas y espurias resultaría de desconocer que no hay fenómeno
social que exista aparte de cómo esos fenómenos son interpretados. (...) Mi
impresión es que existe (...) la idea de que los observadores se limitan, fundamentalmente,
a 'descubrir' o 'identificar' qué es genuino y qué no -una especie de empresa
desmitificadora- como si el carácter espurio o genuino de ciertas tradiciones
existiera 'aparte' de la interpretación científica" (Briones, 1993/94:
103). Estas afirmaciones no sólo abogan por 'pensar' la realidad del
pasado desde otra óptica, la del presente. Ponen en evidencia que las
preguntas del investigador son también constructoras de los 'hechos' del pasado
que se toman como 'dados'.
Quizá uno de los conceptos más problematizados
sea el de identidad. Tanto se lo conciba como una abstracción del investigador
-una categoría analítica- como una forma de identificación de los sujetos, el
concepto de identidad tiende a ser considerado como omnicomprensivo y
se procura asociarlo con la experiencia colectiva de toda sociedad.
En el primer caso, los planteos actuales sobre
la categoría de identidad han llevado a pensar en lo que ha sido la construcción
de una teoría de la identidad en la Antropología, como lo señala Guillermo
Raúl Ruben (1992). Para los antropólogos, esta instancia ha permitido elaborar
las propias dimensiones de sentido del concepto, promoviendo una autonomía respecto
de la psicología. Las versiones alternativas que desde la Antropología se produjeron
sobre la identidad también han generado, en ciertos grupos de la sociedad, una
apropiación para su utilización política; tal es el caso de indígenas brasileños,
quienes adoptaron parte de los enunciados de Roberto Cardoso de Oliveira sobre
la identidad para la construcción de sus reclamos.
En el segundo caso, la identidad cultural
supone, tomando como referencia a Hugo Biagini, "una conciencia de la alteridad,
compartida por los integrantes de una sociedad, en cuanto a poseer rasgos afines
-valores, necesidades, modos de vida- que los distinguen de otras sociedades.
Ello debe pensarse dialécticamente, con intervención de la autoimagen y de la
imagen proveniente de los otros grupos culturales: más que pura contemplación
denota un resorte para la acción; más que en unidad consigo mismo emerge en
relación con aquello que se difiere. (...) ...la cultura no aparece aquí como
algo exuberante sino, fundamentalmente, como todo lo que importe acrecentamiento
al patrimonio popular" (Biagini, 1989: 39).
En ambas instancias, sin embargo, se expresan
los dilemas permanentes que atraviesan a todas las miradas posibles acerca de
la identidad: en tanto construcción , todas ellas suponen un 'recorte de la
realidad', en donde los significados del concepto se circunscriben antes bien
a circunstancias particulares que a lo general, sea para estudiar un fenómeno
social y/o cultural, sea para pensarse a sí mismo y colectivamente. Las definiciones
de Cardoso de Oliveira, por ejemplo, se ajustan a los estudios de fricción interétnica
entre algunos grupos indígenas de Brasil (Ruben, 1992: 77). Parece imposible,
entonces, aceptar que existen concepciones totalizadoras que permitan aplicarse
en el abordaje antropológico de un fenómeno o demarcar una experiencia social.
En este sentido, Néstor García Canclini (1992) sostiene que los conceptos de
identidad han sido restrictivos y caracterizadores de ciertas situaciones, espacios
y tiempos, considerando que la identidad es un producto dinámico, histórico,
no homogéneo, circunstancia de la que no escapa el antropólogo a la hora de
analizar el estatus epistémológico de la palabra como categoría analítica.
En el proyecto CTV, y específicamente en el caso
del 'reencuentro' de los Catriel y del surgimiento de la Asociación Peñi Mapu,
las dimensiones sobre la identidad suponen una base de construcción heterogénea,
no sólo étnica, que remite a sustratos ideológicos propios de la constitución
de la noción de "sujeto" durante el siglo XX y que operan en la estructuración
de la conciencia a nivel individual y social. Por ello, en tanto el fenómeno
aún se halla en sus etapas "fundacionales", en sus instancias de conformación,
comenzar a analizarlo desde estos dilemas existentes significa reducirlo sólo
a lo que ya ha sido definido -aunque lo tomemos como base- arriesgándonos a
no percibir todos sus alcances posibles o a estereotipar el proceso que tuvo
su origen en 1998.
Con respecto a la noción de conciencia étnica
ocurre algo semejante. Los múltiples perfiles del concepto suponen una diversidad
de definiciones según se enfatice en su aspecto ideológico, político, cultural,
etc. Para Miguel Alberto Bartolomé, "la conciencia étnica aparecería como
la noción de pertenencia a un grupo, identificado a partir de la participación
en un código y una historia cultural común, así como las representaciones colectivas
de las relaciones establecidas en el seno de ese código y con esa
historia". Ni ésta ni otras precisiones sobre la conciencia étnica
podrían hoy implicarse en los estudios del surgimiento de Peñi Mapu.
La articulación entre teoría, metodología y trabajo de campo
La línea de trabajo de la Antropología Social en
el Proyecto CTV se sostiene, por un lado, sobre los postulados teóricos interpretativos,
que enfatizan en la aprehensión de "lo real" a través de la empatía
y la revivencia subjetiva de la vida nativa en su propio universo. Reconoce
la subjetividad del investigador en el proceso de construcción del conocimiento,
se fundamenta en métodos cualitativos y la tarea del sujeto cognoscente consiste
en reconstruir la lógica y la coherencia propias e inherentes de la cultura
que estudia, privilegiando el campo de las significaciones sociales en su particularidad
más que en su generalidad (Guber, 1991:43). La etnografía es el método central
para la investigación, en tanto asegura la presencia directa, la situación 'cara
a cara' entre investigador, sus informantes y el contexto concreto donde los
últimos interactúan. El investigador trata de penetrar en el punto de vista
del otro-nativo a través de la empatía, de ganarse un sentido de comprensión
de ese otro (Hammersley y Atkinson, 1994:51). Ese punto de vista nativo es denominado
emic y supone el despojamiento del investigador de sus categorías etnocéntricas
y sociocéntricas. Por otro lado, adopta la posición teórico-metodológica reflexiva
del conocimiento. Guber sostiene que "el trabajo de campo implica un pasaje
de la reflexividad general, válida para todos los individuos en tanto seres
sociales, hacia la reflexividad de aquéllos que toman parte en la situación
de campo, desde sus roles de investigador o informante" (Guber, 1991:88).
Pensar el proceso de investigación social en términos de reflexividad implica,
por un lado, asumir que formamos parte del mundo que estudiamos y, por otro,
que esa pertenencia no impide que podamos indagarlo y conocerlo. "Estudiar
cómo la gente responde a la presencia del investigador puede ser tan informativo
como ellos reaccionan frente a otras situaciones" (Hammersley y Atkinson,
1994:21).
Como lo hemos expuesto en trabajos anteriores
(Guerci et alii, mayo y septiembre de 1999, febrero de 2000), las diversas formas
en que la Antropología Social ha concebido a la etnografía tienen una carga
histórica y epistemológica que implica delinear estrategias más ajustadas a
la situación de registro. Para algunos autores como Nicholas Thomas, "la
etnografía (...) [también] se refiere al trabajo de campo y a la redacción,
a una práctica y a un género, y ambos tienen una ramificación en la epistemología
antropológica" (Thomas, 1997). En las investigaciones del CTV, la etnografía
ha ampliado sus alcances y se revela como una instancia de interacción-construcción,
al permitir la obtención de ciertos logros tanto para el campo de estudio social
como para el arqueológico.
En cuatro años, las entrevistas a pobladores del
partido de Tapalqué se han realizado periódicamente. La práctica en el trabajo
de campo ha resultado, por un lado, en la puesta en juego de la experiencia
y de conocimientos metodológicos previos y, por otro, en el aprendizaje de nuevas
perspectivas para concebir la entrevista y nuevas estrategias para lograr un
mejor registro. Las estrategias adoptadas para el registro de campo evidencian
una articulación estrecha entre los fundamentos de la teoría y las técnicas
metodológicas implementadas. Así, las entrevistas de nuestra investigación son
simultáneas a la observación con participación. La reflexividad se halla
presente en ambas instancias y se evidencia en las marcas contextuales y de
la enunciación. No obstante, dicha reflexividad se despliega también en los
contactos previos y posteriores a aquélla. En este sentido, interviene en lo
que hemos distinguido como la construcción de la "red de informantes",
esto es, en la constelación de posibilidades de registro. Pensar en una 'red
de informantes' implica que los mismos no fueron seleccionados por un muestreo
o por una determinación previa. Antes bien, la unidad de análisis se representa
con una red en cuyo 'armado' intervienen permanentemente los entrevistados y
los investigadores. La dimensión de los alcances de la red no puede ser calculada
de antemano ni explorada en su totalidad. Tampoco se llega a prever hacia dónde
extenderá sus posibilidades de registro ni en qué momento se agotarán las mismas.
Cada uno de los entrevistados remite a otros informantes factibles de ser registrados.
De esta manera, todos los informantes actúan como 'la referencia' o el antecedente
conocido para los entrevistados posteriores.
Consideramos que el establecimiento de esta red
no es casual ni forzado, sino que obedece a una dialogia, entendida ésta como
un proceso de interacción-construcción en el cual la autoridad está representada
en ambas partes, informante e investigador. En un trabajo anterior (Guerci et.
al., 1999 y 2000) asociamos este proceso con la negociación que atraviesa toda
entrevista. Allí se convienen mutuamente los términos de la conversación, en
la medida que aparecen tanto las categorías nativas del entrevistado como las
del entrevistador, construyendo un plano lingüístico común. Observador y observado
interactúan a partir de un código de comunicación que ambos han elaborado y
que permite la comprensión de las conexiones de significación. La 'negociación'
se establece desde el momento en que cada uno de los actores de la entrevista
se halla en un punto de intersección en el cual su recorte del mundo se legitima
y convalida intersubjetivamente. Los significados que otorga a sus experiencias
son definiciones de lo real, pero éstas varían según quienes las enuncian, en
tanto cada uno selecciona de su mundo aquello que considera que está de acuerdo
con aquél punto de intersección. El investigador también aprende empíricamente
la 'estrategia' que desarrollará en su trabajo de campo, es decir, actúa
desde su bagaje metodológico pero se hace a partir de la situación
concreta de entrevista. De hecho, es en la instancia inicial de contacto y de
establecimiento de los términos de la comunicación mutua donde comienza a operar
aquel proceso de negociación y de equivalencia de estatus.
Lo anterior implica considerar que el orden simbólico
de las interacciones se construye también a partir de ciertas reglas relacionadas
con la particularidad del contexto en que ocurre. Para Thomas significa además
asumir el hecho de que no trabajamos con informantes sino con co-intérpretes
y que, por lo tanto, la entrevista asume la condición de ser también una transcripción.
Según este autor, "en el curso de la recopilación de datos de boca de un
'informante', el antropólogo puede servir de mediador de la actividad de ese
'informante' que facilita un proceso de explicación cultural. Aunque este proceso
tenga lugar independientemente de la complicidad antropológica, el etnógrafo
puede encontrar una situación en la que el objeto de análisis paradigmático
(no necesariamente el objeto de su proyecto particular), a saber, una 'cultura'
construida con ciertas disposiciones, prácticas, ritos, textos, etc, ya está
presente en las articulaciones indígenas. Por lo tanto, el trabajo de sistematización
que los antropólogos hayan tenido que realizar parece redundante, y la etnografía
parece, más que un proyecto exógeno, una especie de repetición o transcripción
no sólo de lo que los informantes ya saben sino de la forma en que lo saben"
(Thomas, 1997).
Guber afirma que, para el investigador, sostener
el trabajo de campo es lograr el rapport, definido por varios autores
como "un estado ideal de relación entre el investigador y los informantes,
basado en un contexto de relación favorable, fundado en la confianza y la cooperación
mutua que viabiliza un flujo, también ideal, de información (esto es, un material
genuino, veraz, detallado, de primera mano)" (Guber, 1991:249). Sin embargo,
la autora advierte sobre los riesgos de 'cristalización' del 'vínculo', situación
que malograría los procesos de contrastes y reflexividad. Para nuestra investigación,
es precisamente en este punto donde percibimos que han de producirse ciertos
'ajustes' del pretendido rapport. Establecer las mejores condiciones
de interacción-construcción para cada entrevista lleva a considerar que la estrategia
debiera adoptar diferentes pautas, según la particularidad de las situaciones
que hacen al registro. En la investigación histórica, dice Thomas, es donde
"el investigador querrá capturar los valores y percepciones de un período,
más que evaluar los acontecimientos de modo puramente retrospectivo o a la manera
de una "presentación" (Thomas, 1997). Para Guber, una de las trampas
del rapport "es creer que existe un happy end lleno de certezas
y adoptar actitudes concesivas ante la información y los datos obtenidos. Pero
si se lo concibe como una instancia de la relación entre investigador e informantes,
en la cual ambos han construido un sentido compartido de la investigación y
en el que el investigador va realizando el pasaje de un modelo, formulado en
sus términos, a otro modelo en términos del informante, entonces, la figura
del rapport adquiere la imagen del proceso de conocimiento sobre la población
estudiada y su logro es el logro de la investigación misma. (...) Lograr el
rapport significa que aquella dimensión descriptivo/explicativa del mundo
social de los informantes y la perspectiva teórica adoptada se plasman y traducen
en la relación misma entre el investigador y los sujetos de estudio" (Guber,
1991: 250-1).
El participar en la elaboración/consecución del
rapport ha sido una cuestión esencial para los trabajos de la Antropología
Social del CTV. Los ajustes del rapport exigen a los investigadores realizar
un permanente esfuerzo para no quedar 'cristalizados', esto es, llevar a cabo
una reflexión crítica antes, durante y después de la entrevista. El interactuar-construir
con el informante un sentido compartido de la investigación misma ha aportado
para nosotros la posibilidad de conocimiento y de utilización del "rapport
nativo". Con esta categoría queremos significar la relación establecida
de antemano entre un entrevistado que se asume como 'la referencia' y el que
éste 'recomienda' para la entrevista, relación que opera al momento de establecer
el primer contacto entre los investigadores y éste último. Presentarse ante
un futuro informante implica "venir de parte de alguien", instancia
en que se crea otro nodo de la red a partir de la reflexividad. De esta manera,
la red ofrece sus posibilidades de expansión en la medida en que lo anterior
esté presente. En la red inicial de descendientes del linaje de Catriel hubo
de operar necesariamente esta relación, en tanto sus dimensiones se ampliaron
lenta pero progresivamente hasta dar lugar al reencuentro de marzo de 1998.
Enunciando la identidad a partir de la reflexividad
La extensa explicación sobre los alcances del encuadre
teórico y metodológico permite comprender que existe una íntima relación entre
éstos y el área temática abordada. ¿A partir de qué experiencias o modos de
vida, de qué 'parcelas' de la memoria, de qué concepciones acerca del pasado
se rastrearían las 'marcas' de la identidad? ¿Qué enunciados estarían apelando
a ella? Uno de los nodos de la red por el cual empezar nos lo ha dado la existencia
de personas que pueden remitir a situaciones del pasado cotidiano. En este sentido,
las primeras entrevistas abiertas a pobladores del partido de Tapalqué se realizaron
tratando de aportar a la etnoarqueología. Entrevistamos a constructores de ranchos
que actualmente aplican la técnica denominada “de chorizo”, similar a la que
se usó, según consta en fuentes escritas, para edificar las tres dependencias
interiores del cantón: comandancia, cuadra y pulpería. Sus relatos permiten
rescatar información sobre antiguas prácticas organizadas tanto para la obtención
de materias primas locales (humus, estiércol de caballo y varillas de duraznillo)
o foráneas hacia mediados del siglo XIX (madera, presente en el registro arqueológico
e identificada como ñandubay del litoral) como para la construcción de ranchos.
Otros son aquellos que han conservado en su memoria referencias de la vida cotidiana
de sus padres y abuelos, pobladores de la zona rural del incipiente partido
de Tapalqué. Sus testimonios evidenciarían un correlato entre la vida de sus
antepasados y la de los asentados en el CTV: uso de mulas para el transporte,
caza o cría de ñandúes, formas de procesamiento y consumo de su carne y huevos,
alimentación alternativa con fauna silvestre, especialmente con roedores tales
como carpinchos, peludos, mulitas y ratones y el aprovechamiento de los corrales
o pircas indígenas para encerrar el ganado. Partes esqueletarias de los animales
mencionados se suman a los hallazgos arqueológicos del CTV. No obstante, en
todas estas entrevistas la información sobrepasó las pretensiones etnoarqueológicas.
Entre los datos descriptivos de materiales y procedimientos de construcción
de ranchos se mezclan otras informaciones no descriptivas y que están más cerca
del plano del relato de la propia experiencia de vida y de los significados
particulares de aquello que se cuenta. Esta circunstancia nos acercó a estimar
la potencialidad de dicha información con respecto al tema de la identidad.
Uno de los rancheros comenta, en medio de la entrevista:
(Negrita: entrevistado. Cursiva: entrevistadores)
"-...no, pero que verdaderamente... el intendente...
Están los que siguen con esta historia de reconstruir el fuerte. Nosotros más
nos dedicamos al tema de la investigación...
-Claro...
-...de lo que pasó antes. Pero él (por el Intendente
de Tapalqué) la quiere hacer la reconstrucción... Y nos tiene con el tema este
de la reconstrucción, que ya le dijimos que le conseguimos el uniforme de comandante...
Se va a tener que ir a parar a la puerta del rancho... ¡Y bueno...!
-¿No se levantará algún indio...? (en tono
de broma, jocoso).
-...¡jajajá! (risas generalizadas).
-No... Pero de última vamos a conseguir también...
-¿Eh? (no escucha)
-Vamos a conseguir alguno...
-Sí... Pero nosotros estamos medios cansao...
Así que va a tener que ir muy lejos... ¡jajajá!
-¿Con quién? ¿Ustedes? ¿Usted con quién?
-...Con los indios..."
En la situación de esta entrevista, la reflexividad
está marcada por el uso de términos y de expresiones cotidianas, de la lengua
oral, por la distensión entre los que interactúan, por el pasaje del tema de
los ranchos a cuestiones que se desprenden de los enunciados de los entrevistadores:
hablar del cantón y de los indios les hace reconocer a los entrevistados -en
parte- su descendencia indígena y también explicitar sus conocimientos sobre
el pasado. Otro ejemplo similar se da en la identificación de la ascendencia
criolla en un matrimonio de Tapalqué:
(Negrita: entrevistado)
Ella: "Tengo yo, eso sí, tengo guardado
el recorte del diario ¿viste? porque... la de... la Ernestina, la dueña de La
Nación, es prima de mi abuela, Ernestina Clapemback de Mitre... casada con Bartolomé
Mitre.... yyymm... nosotros podíamos sacar gratis ¿viste? en La Nación cualquier
cosa ... porque éramos parientes" (...)
El: Cuando vos vas a Campodónico pasás un canal...
también ¿viste? que tiene un camino por arriba, le han hecho un camino... por
ahí podés ir también a la estancia...
Ella: Ese tiene rejas todavía... (en referencia
al casco del campo o estancia mencionada arriba).
El: Tiene, sí, tiene las rejas y tiene formando
las tres "o" que son la marca de nosotros...(...) Es la segunda marca
registrada en el partido de Tapalqué... La primera es de Jurado... (en referencia
a la marca de ganado)
La unidad de análisis se amplió conforme lo sucedió
con la red. En las instancias actuales de la investigación, las personas entrevistadas
no se limitan a las elecciones anteriores. La 'muestra' se constituye a partir
de redes propuestas, consciente o inconscientemente, por los propios actores.
Cada uno de ellos remite a otros posibles informantes. En algunos, la representación
del conocimiento del pasado y de la memoria colectiva encarna en un historiador
local, Rafael Darío Capdevila, hijo y continuador de quien escribió y publicó
un relato histórico de Tapalqué, Ramón Rafael Capdevila, ya fallecido. En otros,
en las personas de más de setenta años que logran algún reconocimiento público
porque suelen exponer, por diversas circunstancias, sus "anécdotas"
y demostrar "mucha memoria", al decir de los entrevistados. En casi
todos ellos aparece un denominador común: la edad, que abarca de los setenta
y dos años a los noventa y siete. Esto nos ha llevado a interrogarnos sobre
cuáles son los datos que pueden inferirse de esta preferencia de los informantes
para remitirnos a otros que consideran como válidos respecto del pasado y de
la identidad.
De acuerdo con nuestra estrategia de explicar
los alcances del proyecto, los primeros enunciados de los entrevistados apuntan
al pasado de Tapalqué. Aunque la información parece pertenecer a un orden colectivo
de conocimiento, los datos que aportan los entrevistados se elaboran a partir
de la apropiación, consciente o no por parte de ellos, de cierto conocimiento
propio sobre los acontecimientos del pasado, lo que plantea una reelaboración
o nueva construcción de 'la realidad' de ese pasado. En este sentido, es pertinente
aquí apelar a los conceptos de la hermenéutica para hablar de nuevas formas
armadas sobre la base de residuos del pasado. En ese rearmado aparece -desde
el informante- una atribución de sentido a lo que enuncia. Los enunciados que
hacen referencia a sus experiencias de vida remiten a otro orden de representaciones
sociales. En la entrevista a dos hermanas, Luisa y Jorja, bisnietas de una cautiva
de las tolderías de un capitanejo de Catriel, el “cacique Tapalquén” (de existencia
discutida para los historiadores pero no para ellas), dichas representaciones
establecen el enlace entre el pasado y el presente:
(Negrita: entrevistadas. Cursiva:
entrevistadores)
-"Jorja, ¿Y cómo se lo toman a esto de...
cómo se lo tomaron en la vida esto de ser... estee... descendientes de una cautiva?
J: - (Risas) ...Contentas nosotras, porque papá
nos contaba todo... Papá era más indio que la abuela todavía... ¡Y esos gritos
de indio que pegaba! ¡Ay, mi dios!...
L: -¿Cuándo llovía, te acordás, los truenos?
J: - Sí...
- ¿Y gritaba cuando había truenos?
J: -...Tenía una descendencia...
L: -¡No!, ¡Zapatiaba y decía, indiujuuhúú! ¡Zapatiaba!
(superpuesta, Jorja dice "¡esos gritos") ¡Ay, dios!
¡¡¡Y nosotras hacíamos así...!!! (le sale una risita y se agarra la cabeza
con las dos manos)
- Pero ¿por qué?
L: -Y porque era lo que hacían loh indio y el...
el papá de él que había escapado de loh indios... todo eso lo sabían... porque...
J: -Pero él nos contaba a nosotras... nosotros
bien bien exacto no sabíamos... (superpuesta, Luisa dice, continuando con
su enunciado anterior: "...eran indios pichones...")"
Las representaciones de los actores sobre su pasado
y su presente son parte de su realidad social. Esta afirmación supone que toda
práctica humana se funda en propósitos, en fines, intencionales o no, conscientes
o no, los que expresan un espacio y un tiempo histórico de construcción. Si
bien en el 'volver a presentar' también existe una atribución de sentido, la
selección de lo contado por el entrevistado no pertenece a ese universo colectivo
de conocimiento, a la 'memoria del pueblo', sino que se refiere a su propio
mundo. A esto se suma que los entrevistados producen sus enunciados a partir
de una elección acorde con esa circunstancia de enunciación, remitiendo así
a lo que en semiótica se denominan géneros discursivos: tipos relativamente
estables de enunciados que responden a un tema, un estilo y una composición
según la situación comunicativa que se plantee. Cada persona regula o adapta
sus enunciados de acuerdo con ciertas pautas fijadas socialmente, los roles
o las posiciones sociales en la interacción, lo que afecta directamente a lo
que se enuncia. Otra parte de la entrevista 'ranchero' citado y a su esposa
nos ubica en ello:
(Negrita: entrevistado. Cursiva: entrevistadores)
"-...no... Porque podía haber gente (en
Tapalqué) que tiene ascendencia indígena...
R: -Ah... Yo no sé...
-Yo sí. Algunos de mis abuelos -la mamá de mi
papá- era de la misma tribu de los Catriel... No de la familia..., de la chusma,
¿eh?. Pero era lo mismo; eran todos indios... (...)
Esposa: -Mi abuelo por parte de mi madre...,
mi abuela materna sería era también una persona así, pero yo no alcancé a conocerla.
-¡Ah!... No alcanzó a conocerla.
-No.
-¿Y de acá de la zona...?
-Después el "Taquito" Cabrera también,
me parece... Era indio puro me parece...
-¿Y vive?
-No; murió. Me parece que era medio pariente
de nosotros".
Del informante 'clásico' al informante 'teórico'
La aparición de los enfoques reflexivos se remonta
al decenio de 1960, cuando se manifiesta un desencanto hacia las formas de llevar
adelante el trabajo de campo que hasta ese momento se sostenían. La tendencia
a rechazar la separación radical entre observador y observado dio lugar a formas
de conocimiento mayormente basadas sobre la experiencia, antes que lo contrario.
Surgieron así nuevos cuestionamientos sobre cómo concebir y llevar a la práctica
la etnografía. Uno de ellos fue el de reconsiderar del informante lo que Mijail
Bajtín llama el género discursivo. Una de las presunciones más fuertes
de los antropólogos ha sido la de creer que los enunciados de los informantes
son construcciones de sentido común; a este tipo de discurso se lo ha asimilado
a la perspectiva emic y se ha considerado que quien elabora enunciados
teóricos -sobre la base de los de sentido común- es el antropólogo. La pregunta
obligada es, entonces, quién define el sentido común. Michael Herzfeld, profesor
de Antropología de la Universidad de Harvard, sostiene que "el sentido
común está, antropológicamente hablando, mal llamado: no es ni común a todas
las culturas ni ninguna de sus versiones es particularmente sensata desde la
perspectiva de alguien ajeno a su contexto cultural particular. Ya sea considerado
como autoevidencia o bien como 'obviedad', el sentido común -el entendimiento
corriente de cómo funciona el mundo- resulta ser extraordinariamente diverso,
enloquecedoramente inconsciente, y muy resistente al escepticismo de todo tipo.
Está integrado tanto en la experiencia sensorial como en la política práctica,
poderosas realidades que limitan y configuran el acceso al conocimiento"
(Herzfeld:1997).
Los enfoques reflexivos también tratan de cuestionar
la suposición de que son sólo los científicos quienes producen conocimientos
sociales abstractos y de evitar el error tan común de creer que todos los significados
pueden ser representados con precisión en forma lingüística. Este conocimiento
de los límites del lenguaje, dice Herzfeld, implica un considerable dominio
del lenguaje de la cultura en la que uno está trabajando. "Así pues, también
es necesario estar dispuesto a reconocer que las ideas del informante sobre
el significado pueden no corresponder a las hipótesis verbocéntricas mantenidas
normalmente por los intelectuales occidentales (...) La idea de aldeanos teóricos
analfabetos no es realmente asombrosa si se considera que estas personas tienen
que luchar con enormes complejidades sociales. Su situación, enredada en lealtades
a veces contradictorias hacia entidades mayores que su comunidad local, exige
unas buenas habilidades como cuestión de verdadera supervivencia política. Como
consecuencia, los informantes pueden dar muestra de un virtuosismo exegético
y un eclecticismo conceptual que, en un antropólogo profesional, parecerían
signo de inconsistencia, pero que en el contexto local muestran simplemente
el despliegue de una teoría en toda su diversidad. Se puede uno encontrar entre
sus informantes con el equivalente a funcionalistas, evolucionistas, e incluso
a estructuralistas: los tipos de explicación dependen de las necesidades de
la situación. (...) Las explicaciones locales de las 'costumbres' se justifican
frecuentemente con una gran dosis de evolucionismo 'científico', por ejemplo;
y como actualmente la teoría produce nociones que se popularizan, en estos casos
es empíricamente erróneo considerar el discurso popular y la teoría antropológica
como dos ámbitos totalmente separados. Sólo una narración histórica de la relación
entre ellos hace posible desenredarlos con fines analíticos" (Herzfeld.1997).
La transcripción es extensa y textual porque hemos tratado de no desvirtuar
las ideas de esas afirmaciones. Son ellas las que, en el caso de los informantes
de nuestra investigación, nos orientan a pensar acerca de la interacción-construcción
que se da en la etnografía. Nuestros informantes también son 'productores de
conocimientos sociales abstractos' en tanto sus percepciones acerca del pasado
y de la identidad son construcciones, representaciones: perciben y conceptualizan.
Los 'nativos' han dejado de ser objeto de análisis antropológico y se han convertido
en 'co-objetivadores', así llamados por Thomas. Sus conocimientos 'de sentido
común' son conocimientos producidos a partir de un esfuerzo de interpretación
y reinterpretación, operaciones quizá no tan diametralmente distintas del proyecto
antropológico. Un ejemplo se presenta en una de las informantes 'claves' -ya
mencionada- Luisa (75 años, bisnieta de una blanca cautiva de las tolderías
de Catriel) cuando se constituye como co-intérprete de su propio contexto cultural:
" ...Me invitaron a tomar mates y continuó
nuestra amistad asta que un día me preguntaron el nombre y apellido y al darcelos,
despues se lo dijeron asu papá de 88 años que estaba con ellas; este dijo, no
será nieta de mi amigo, Fransico Gallo, y que me preguntara bien y, si era,
que medigieran a mi, si era gustosa de querer saber algo de mi abuelo que el
me contaría la historia... (...) ...Cuando llegaron a Tapalquén primitivo, estaba
ahí el Casique, Tapalquen, y que su compianero Catriel se abía ido al ahora
llamado Azúl: entonses ellos se retiraron adonde fue Tapalquen haciendo el primer
rancho de varro y paja para el matrimoñio, Fransico Gallo y de Luisa Busada
- de esta pareja nasieron 9 hijos 6 barones y 3 mugeres.-"
El anterior no es un registro de entrevista, sino
un texto escrito de puño y letra de la informante, en un cuaderno en el que
ella ha ido consignando parte de su historia familiar y de la historia local.
Un pasaje de las palabras que un descendiente
de Marcelina Catriel leyó al comienzo del Parlamento también son evidencia de
aquella condición de co-producción y co-interpretación:
"Este parlamento indígena intenta construir
en favor de el patrimonio cultural e instala una vez más la posibilidad de pensar
en favor de una identidad integrada que permite el reconocimiento de las comunidades
indígenas entre nuestros ancestros comunes, que supere la soberbia de los relatos
históricos oficiales y que promueva nuevas actitudes no discriminatorias".
En las conclusiones del Parlamento -y, a la postre,
fundamentos para la constitución de la Asociación Peñi Mapu que constan en el
acta del día- los reunidos proponen:
"Recuperar la identidad de los indígenas de la región
y el patrimonio cultural, promover gestiones para formar recursos humanos, atender
a las necesidades de las comunidades y/o descendientes involucrados y mejorar
la calidad de vida y reivindicar la potestad de las tierras originalmente indígenas"
Uno de los asistentes al Parlamento, asumido como
hijo de un mapuche, enuncia:
"nunca había imaginado que esto iba a suceder,
jamás había participado de algo así y para mucho de nosotros fue igual ........
tantos que como yo tenían historias parecidas"
Reflexividad, identidad y globalización
Según Santiago Castro Gómez, la lectura del mundo
contemporáneo parece reducir la globalización a una maquinaria tecnológica que
destruye irremisiblemente las tradiciones locales. Con ello se pierde de vista
el carácter fundamentalmente reflexivo (es decir, cultural) de la globalización
y se precipita hacia un reduccionismo doble: creer, por una parte, que los saberes
disciplinarios de la modernidad operan con una lógica exclusivamente homogeneizante,
manipulada perversamente desde los países industrializados, y, por otra, que
ciertos sectores sociales se oponen a la occidentalización independientemente
de los recursos puestos a su disposición por la occidentalización misma.
Científicos sociales como Anthony Giddens, Emmanuel
Wallerstein y Walter Mignolo consideran, sin embargo, que la modernidad no es
un proceso regional que acaece fundamentalmente en las sociedades europeas
y luego se extiende (o impone) hacia el resto del mundo, sino que es un fenómeno
intrínsecamente mundial. De acuerdo a esta interpretación, la dinámica
de la modernidad no tiene su asiento en el desarrollo inmanente de las
sociedades occidentales, es decir, no viene determinada por eventos locales
como el humanismo italiano, la reforma protestante y la revolución industrial,
sino que se constituye como resultado de la expansión colonialista de occidente
y la configuración de una red global de interacciones. Según Wallerstein,
no es que la modernidad sea el motor de la expansión europea sino todo lo contrario:
es la constitución de un sistema-mundo en donde Europa asume la función de centro,
generando el cambio radical de las relaciones sociales que llamamos "modernidad"
(Wallerstein, 1991). Esta afirmación implica que la modernidad no es un fenómeno
primordialmente geográfico y que, por ende, no es Europa quien genera
la modernidad sino que es la dinámica cultural de la modernidad la que
genera una representación llamada "Europa" y unos "otros"
de esa representación, entre los cuales se encuentra "América Latina".
Si bien los avances de nuestra investigación sobre
los procesos que generaron una identidad étnica regional hacia fines del siglo
XX se hallan en sus primeras etapas de análisis, el abordaje de Castro Gómez
nos permite acercarnos a ciertos referentes para su interpretación. El autor
afirma que
una característica básica de las relaciones sociales
"modernas" es la posibilidad de interacción a través de la distancia.
La creación fáctica de una red mundial de comunicaciones hace que las acciones
locales, fundadas en la relación cara-a-cara, empiecen a quedar determinadas
por eventos distantes en el espacio y el tiempo. De este modo, la vida social
queda sometida a una dialéctica vertiginosa de anclaje y desanclaje, de territorialización
y desterritorialización, que inscribe la formación de identidades personales
o colectivas en contextos ya mundializados de acción. Mientras que en
sociedades tradicionales las relaciones intersubjetivas se hallaban ancladas
en un espacio (aquí) y un tiempo (ahora) coincidentes, en las sociedades afectadas
por la modernidad se produce un reordenamiento de la vida social en nuevas combinaciones
espacio-temporales. El aquí ya no coincide más con el ahora porque
las circunstancias locales empiezan a ser penetradas y transformadas por influencias
que se generan a gran distancia y en donde ya no se requiere más la copresencia
física de los sujetos interactuantes (Giddens 1990).
Giddens ha mostrado que este carácter impersonal
y fantasmagórico es, justamente, lo que torna reflexiva la estructura cultural
de la modernidad. Las relaciones de presencia empiezan a ser desplazadas
por relaciones de ausencia, coordinadas por sistemas abstractos como
el capitalismo y el Estado nacional. Pero al mismo tiempo, la globalización
coloca el conocimiento de expertos en la base de la reproducción social y lo
vincula con la rutina de la cotidianidad. Así, el mencionado "desanclaje"
provocado por los sistemas abstractos crea también las condiciones institucionales
para que los actores sociales -en este caso quienes promueven la creación de
Peñi Mapu- adquieran información sobre sus propias prácticas y las transformen.
Para Wallerstein, en esto consiste precisamente el anclaje cultural
de la globalización: conocimientos generados desde sistemas expertos y, por
ello mismo, desterritorializados, afectan directamente el modo en que los sujetos
de todas las localidades se perciben a sí mismos como sujetos diferentes y les
capacita, desde sus propias dinámicas culturales, para reproducir comportamientos
antisistémicos. La reflexividad en base a los saberes expertos no es, por ello,
un privilegio de las élites intelectuales o de las sociedades industrializadas
del norte sino que es un fenómeno que afecta nuestro modo de habitar la cultura
y que, por ello mismo, nos constituye.
Quizá entender la modernidad como un proceso des(re)territorilizador
de la vida social nos permitiría comprender la globalización como un fenómeno
complejo en el que se combinan la homogeneización (desanclaje) y la liberación
de las diferencias (reanclaje). La globalización "des-coloca", en
el sentido de que la experiencia cotidiana se hace cada vez más dependiente
de los sistemas abstractos. El capitalismo, por ejemplo, es un mecanismo que
coordina las transacciones entre agentes separados en espacio y tiempo a través
del dinero. Este sistema abstracto de reglas conlleva la destrucción de relaciones
de comunidad y reciprocidad porque se orienta fundamentalmente hacia la competitividad
de los mercados y funciona únicamente cuando existe una mano de obra asalariada
desprovista de los medios productivos. Otro de los sistemas abstractos generados
por la globalización, el Estado nacional, opera también como un mecanismo que
coordina las acciones de actores distanciados, en este caso a través del poder.
El sistema administrativo de los Estados nacionales funciona únicamente si logra
obtener el monopolio legítimo de los medios de violencia (fuerza militar) sobre
las fronteras territoriales y si consigue desarrollar tecnologías efectivas
de control y vigilancia sobre la población (ciencia, educación, salud, leyes,
medios de información).
Para Castro Gómez, mirada sólo desde esa perspectiva
la territorialización de los sistemas abstractos podría ser vista como el despliegue
de una racionalidad que "coloniza" el mundo de la vida. Pero es posible
que la contrapartida necesaria del dislocamiento sea lo que este autor llama
"el reanclaje cultural": la globalización desancla las relaciones
sociales de sus contextos locales (tradicionales) y las inserta en mecanismos
des-territorializados de acción, pero también provee a los sujetos de competencias
reflexivas que les permiten re-territorializar esas acciones en condiciones
locales (postradicionales) de tiempo y lugar. En este proceso de reinserción
parecen jugar un papel fundamental los saberes expertos, operación que trasciende
a la implementación del conocimiento técnico como principio organizador
de la vida cotidiana y, por encima de todo, a la función de las ciencias sociales
como mecanismos de auto-observación de la sociedad. Como lo muestra Wallerstein
(1991: 7-22), la postulación de la sociedad humana como objeto de conocimiento
a partir del siglo XVII creó una serie de saberes (economía, teoría política,
historiografía, sociología, antropología, filosofía social, etc.) que fueron
implementados a la dinámica de las culturas locales mediante su absorción por
las ideologías políticas del siglo XIX: el liberalismo, el socialismo y el conservatismo.
Para reproducirse y legitimarse, estas ideologías dependían necesariamente del
conocimiento, particularmente de aquellos saberes que generaban "información
objetiva" sobre el funcionamiento de la sociedad. Tanto los intelectuales
como los actores "profanos" afectados por los procesos de desanclaje
hicieron uso reflexivo de ese conocimiento para observarse a sí mismos (cosa
imposible en localidades no sometidas a procesos globalizantes) y para definirse
como sujetos diferentes. Aquellas ideologías modernas lograron movilizar
a millones de personas, logrando que los conocimientos expertos que les servían
de base fueran reciclados para contrarestar el desanclaje producido por la globalización
y para crear nuevas identidades personales y colectivas a nivel local. De hecho,
a partir del siglo XIX la configuración autónoma del "yo" y del "nosotros"
empezó a ser dependiente de una gran cantidad de información desterritorializada
sobre las prácticas sociales.
Resulta importante, entonces, repensar la posibilidad
de un "Latinoamericanismo poscolonial" en el surgimiento de identidades
como la de los miembros de Peñi Mapu. Asumiendo las premisas teóricas anteriormente
esbozadas, no se trata de avanzar hacia un Latinoamericanismo "reflexivo"
en contraposición a un Latinoamericanismo imperial, irreflexivo y acrítico.
Desde finales del siglo XVIII hasta nuestros días, América Latina ha sido inevitablemente
constituida como objeto del saber desde las mismas sociedades latinoamericanas
a partir de metodologías occidentales como el enciclopedismo, el romanticismo
utópico, el positivismo, la hermenéutica, el marxismo, el estructuralismo y
los estudios culturales. Antes bien, estos discursos se integran de manera reflexiva
a la estructura de la sociedad en condiciones de globalización. Se intenta sí
aclarar de qué manera se ha inscrito históricamente la reflexividad global de
las ciencias sociales en los contextos locales de América Latina y cómo, a partir
de ahí, se producen saberes de auto-observación social que reproducen los mecanismos
de anclaje y desanclaje a los que Castro Gómez se refiere.
A partir de tomar en cuenta lo anterior, se hace
necesario precisar en qué consistió la "subalternización" del Otro
y cuál fue el papel del conocimiento experto en estos contextos. Los efectos
globalizantes de la occidentalización y la configuración de los estados nacionales
provocaron una dilatación espacio-tiempo que separó las relaciones sociales
de sus contextos "originarios" de interacción. Sin embargo, crearon
también los recursos institucionales para una reinscripción cultural de las
identidades desplazadas; para Castro Gómez, esto queda ilustrado, por ejemplo,
con las revoluciones hispanoamericanas del siglo XIX, que generaron una dislocación
de las identidades territoriales y la concentración del poder político en manos
de una élite criolla con acceso privilegiado al conocimiento, pero, simultáneamente,
produjeron un movimiento de relocación en el que grupos anteriormente
exlcuidos o "invisibilizados" -tal el caso de las sociedades indígenas-
pudieron "hablar" y articular, desde su producción de sentido, sus
propios intereses. Los conocimientos expertos, que en manos de las élites sirvieron
para consolidar los poderes hegemónicos en la formación de los Estados-naciones,
funcionaron también como recursos reflexivos con efectos negativos
para sus intereses: crearon espacios de transgresión que fueron aprovechados
por aquellos sectores excluidos de la identidad nacional. Al ser canalizado
como instrumento de legitimación por las ideologías del siglo XIX, la reflexividad
de la modernidad pudo territorializarse en sectores no "intelectuales"
de la población y servir ahí como medio de autorreflexión. Observarse como
sujetos excluidos conllevaba la posibilidad de desdoblarse, observar
las propias prácticas y compararlas con las prácticas de sujetos distantes en
el tiempo y el espacio, establecer diferencias con otros sujetos locales y producir
determinadas estrategias de resistencia. En suma: observaciones globales fundadas
en el conocimiento de los sistemas expertos, particularmente en los diagnósticos
de la teoría social, afectaron directamente la forma en que buena parte de la
población buscó re-territorializar sus identidades personales y colectivas a
nivel de la cultura.
Se puede pensar entonces que la globalización
es una dinámica mundial que impide reducirla a una estructura impersonal (económica
o burocrática) que se levanta por encima de nuestras cabezas y nos subordina,
condenándonos a la condición de "no poder hablar". Por el contrario,
las estrategias de resistencia frente a los imperativos cosificadores de la
globalización son articuladas en base a los recursos que pone a nuestra
disposición la globalización misma. Gran parte de estos recursos son resultado
de la propia producción de sentido -y de la abstracción- y se basan, por ello,
en el conocimiento, en la información (articulada por saberes expertos) sobre
el mundo, la sociedad y sobre nosotros mismos. Reconocer esto constituye un
importante correctivo frente al reduccionismo según los cuales la globalización
y los saberes expertos a ella vinculados son meras expresiones de una racionalidad
que "coloniza" el mundo de la vida.
Conclusión (breve)
Una identidad cultural formada a partir de la
unión apremiada (y no la feliz comunión) de parcelas ideológicas, cuyos componentes
morales remiten a valores y prácticas no siempre coherentes entre sí, supone
una estructura de pensamiento -y política- más fundamentada en la pragmática
de ciertos sectores de una determinada sociedad que en la dinámica de una construcción
social de la totalidad de sus miembros. El carácter 'sincrético' y ecléctico
de los modelos ideológicos implementados en Argentina, hacia mediados del siglo
XIX y en adelante, pone en evidencia la situación de colonización que experimentó
el país, herencia que pervivió y aseguró en la sociedad una "conciencia
de sí" elaborada sobre la base de la selección de ideas ajenas al contexto.
En la aplicación de los modelos hubieron instancias en la que también surgieron
contradicciones, aun cuando a dichos modelos se les habían establecido previamente
las condiciones de existencia: la insistencia de cimentar una vida basada sobre
las nociones de civilización y progreso, nociones que excluyeron
a la cultura indígena. Si bien desde las etapas de construcción del Estado argentino
se logró la formación del ciudadano a partir de la reproducción de ciertos valores
y aspiraciones acordes con el modelo de país elegido, donde identidad nacional
y ciudadanía se asimilaron a un mismo patrón ideológico que apeló a todos
los rituales de la vida en común para su supervivencia, existieron y existen
aún hoy resquicios por donde la identidad étnica de las sociedades indígenas
resurgen y hacen poner de nuevo la mirada antropológica en su evidencia.
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