ADOLESCENTES Y CATOLICISMO: LOS
GRUPOS JUVENILES EN LA CIUDAD DE LA PLATA. APROXIMACION AL ESTUDIO DE LA IDENTIDAD
RELIGIOSA[1].
Fora, Mónica Elizabeth[2]
RESUMEN
Este trabajo se propone reflejar el
proceso a través del cual los adolescentes integrantes de los denominados
Grupos Juveniles, pertenecientes al catolicismo tradicional en la ciudad de
La Plata (capital de la provincia de Buenos Aires), construyen su identidad
religiosa. Para ello vamos a considerar sus trayectorias vitales en relación
al catolicismo, las formas de acercamiento e ingreso a los grupos juveniles,
la dimensión que dichas agrupaciones cobran como comunidad de pertenencia
religiosa y las relaciones que se establecen entre sus integrantes y con el
núcleo extragrupal, así como las percepciones generadas a partir de dicha
interacción.
INTRODUCCION
Si bien, de acuerdo con distintas
investigaciones llevadas a cabo en Argentina por antropólogos y sociólogos,
el campo religioso constituye un espacio heterogéneo en el cual confluyen
diferentes religiones (Carozzi, 1993; Frigerio, 1997), no puede negarse que
la presencia del catolicismo reviste importancia (Mallimaci,1996). Institucionalmente
aun se muestra como la oferta legítima de bienes simbólicos de salvación y
busca impregnar con su saber las distintas áreas de nuestra sociedad, esto
es, la educación, la economía, la salud, la política y otros. Mientras que
a nivel de las personas el catolicismo reune diferentes maneras de expresión
de sus creencias. De un lado encontramos aquellas formas rituales asociadas
con el mantenimiento y reproducción generacional de prácticas enraizadas en
una tradición, cuyo significado originario se halla en contínua transformación
(tal el caso de los sacramentos del bautismo, comunión o matrimonio). De otro,
se conjugan distintas manifestaciones de fe y devoción más ligadas a la religiosidad
popular a través de la veneración a Cristo, a sus santos y a la virgen. Por
ello, para estudiar el fenómeno religioso en un cuadro social diversificado
y heterogéneo como el actual, creemos relevante analizar el papel que juegan
los individuos en la elección de una fe, considerando sus trayectorias de
vida en el contexto de sus grupos de pertenencia. En este trabajo[3]
vamos a focalizar en la relación de los adolescentes con la religión católica,
ya que la participación juvenil en el marco del catolicismo argentino -con
mayor o menor fuerza- siempre se ha hecho presente. Lo observamos tanto a
nivel micro -en las parroquias- (Fora, 1997-2000), así como en los distintos
‘momentos fuertes’ caracterizados por celebraciones religiosas multitudinarias,
entre ellas, la peregrinación juvenil a pie a la basílica de Luján. Sin desmedro
de conocer lo que acontece con la juventud en general, vamos a centrarnos
en el caso particular de los Grupos Juveniles de adolescentes de la ciudad
de La Plata y analizar la significación que para ellos guarda el ‘ser católicos’.
Y, para tal fin, nos abocaremos a considerar el proceso de construcción de
la identidad religiosa de sus integrantes.
LOS GRUPOS JUVENILES DE ADOLESCENTES EN LA PLATA
Grupos Juveniles
Denominamos Grupos Juveniles de adolescentes
a aquellas agrupaciones constituídas, tanto en el seno de las distintas parroquias
católicas de La Plata, como también en algunos establecimientos educativos
de nivel secundario de dicha ciudad, por varones y mujeres cuyas edades oscilan
entre los 14 y 19 años, aproximadamente. Algunos de los grupos parroquiales
adscriben a ciertos movimientos de la Iglesia Católica, por ejemplo, los Scouts,
los Exloradores de Don Bosco, o la Acción Católica; mientras que otros son
independientes de cualquier movimiento y llevan el nombre de la parroquia
donde se conforman y nuclean, entre ellos, juventud de la iglesia del Pilar,
o grupo de adolescentes de San Cayetano. Cada agrupación cuenta con el asesoramiento
de uno o más coordinadores, laicos y/o seminaristas, encargados de organizar
e implementar las actividades[4] que se propongan desarrollar. Del
relevamiento efectuado durante la investigación contabilizamos veintiún agrupaciones
juveniles de adolescentes distribuídas en veinte iglesias platenses. Y también
siete grupos funcionando en siete colegios secundarios de nuestra ciudad (seis
confesionales y uno laico), autodenominados Pastoral Secundaria. El número
de integrantes de los distintos grupos fluctuaba en alrededor de 10 a 20 miembros,
siempre con un porcentaje mayor de asistencia femenina. En todos los casos
se trataba de adolescentes escolarizados, puesto que se hallaban cursando
sus estudios de nivel secundario. Respecto a su condición socio económica
podemos adscribirlos a aquellos estratos que constituyen la tradicional clase
media (en decadencia por las políticas de reforma del Estado iniciadas en
los años ‘90) ya que sus padres desarrollaban actividades tanto en el sector
público como en el privado. Y en el caso específico de las mujeres, madres
de esos adolescentes, se desempeñaban mayormente como amas de casa.
LOS ADOLESCENTES Y SU RELACION CON EL CATOLICISMO
Los adolescentes y la religión católica antes del ingreso a los Grupos
Juveniles
Al indagar en las trayectorias de
vida de los adolescentes, miembros de Grupos Juveniles de la ciudad de La
Plata, en relación al catolicismo antes de su incorporación a los mismos,
observamos que han sido socializados en la religión católica desde su infancia.
Todos poseen un conocimiento religioso que proviene de la formación que reciben
en el seno de sus familias, como también en las escuelas, quienes co-adyuvan,
a modo de instituciones de socialización, a la internalización, durante la
niñez y adolescencia, de ideas, normas y prácticas que buscan establecer ciertos
lineamientos referidos a su situación religiosa (Hervieu-Léger, 1997). Ahora
bien, qué incluye esta primera socialización religiosa?. Si bien es cierto
que no hemos estudiado directamente la relación entre la niñez y el catolicismo
(aspecto que merecería una investigación) y solo conocemos ese pasado a partir
de los relatos de los propios adolescentes, cuando ya son parte de un grupo
juvenil, creemos que- para los casos que aquí consideramos- esa socialización
habría girado alrededor de un eje que privilegió una educación formalista
apoyada y consensuada por contenidos considerados como los ‘reveladores de
la verdad’. La enseñanza religiosa se vería, entonces, reducida a un conjunto
de reglas a acatar, por cuya observancia o no, era posible llegar a Dios;
privilegiando el formalismo por encima del desarrollo espiritual. Hay que
hacer notar que la práctica del catolicismo, antes del ingreso a los grupos
y según expresan los adolescentes, se reducía a recibir el bautismo de bebes,
tomar la comunión durante la infancia, cumplir con la asistencia a las misas
dominicales (situación que indican no revestía continuidad alguna y se limitaba
a ocasiones festivas), llegar a confirmarse en la adolescencia y conocer las
oraciones de este culto para poder rezarle, ocasionalmente, a Dios. No obstante
sabemos que la adolescencia es un período transicional que incluye una serie
de transformaciones fisiológicas y psicológicas donde, entre otras cosas,
se amplía el horizonte cognitivo con el uso del pensamiento abstracto y lógico-deductivo.
Tal desarrollo intelectual funciona cual luz de advertencia ante explicaciones
que en la infancia se aceptaban como seguras y ahora comienzan a ser cuestionadas,
por ejemplo, la creación del Hombre de acuerdo al relato del Génesis o la
actitud de sumisión que parece reflejar el hombre del Antiguo Testamento hacia
su dios, por temor al castigo divino antes que por devoción. A ello se suman
planteos tales como la rebelión de Jesús, su posicionamiento frente a las
desigualdades de su época y la no siempre concurrente postura de la Iglesia
en relación a sus enseñanzas; o la supervivencia de las injusticias sociales
(guerras, hambrunas, luchas de poder, etc.) ante un Dios al que la Iglesia
define como todopoderoso y justo. Según estudios psicológicos de la religiosidad
esta ‘sensación de crisis’ provocaría diversas reacciones que abarcarían un
abanico de posibilidades expandido “...entre el abandono y la adhesión excesiva
hacia lo religioso, pasando por formas intermedias de indiferencia y oportunismo,
pero también de equilibrada revisión y deliberada entrega a un ideal.”(Zunini,
G., 1977:158). Siguiendo a Zunini el adolescente aspira a que se reconozca
su capacidad de obrar por iniciativa propia y es estimulado socialmente para
ello. Así observamos, entre algunas de sus cualidades, valores asociados con
la toma de iniciativas y la búsqueda de soluciones prácticas a problemas cada
vez más comunes, en nuestro país, como la falta de alimento; o la rebelión,
producto del idealismo, y el ejercicio de la solidaridad frente aquello que
conciben injusto. Ahora bien, en el ingreso a la adolescencia persiste una
base social constituída por las familias y también por los establecimientos
educativos, según veremos más adelante, junto a una base conceptual conformada
por los conocimientos aprehendidos en el marco de esos núcleos de pertenencia.
Ello constituye lo que autores como Berger y Luckmann denominan la “estructura
de plausibilidad” que posibilita a los sujetos involucrados definir su identidad,
en este caso, religiosa. Hasta aquí, entonces, estamos en condiciones de afirmar
que existe entre los adolescentes integrantes de un grupo juvenil una adscripción
religiosa previa con el catolicismo, devenida del mantenimiento y reproducción
de pautas enraizadas en una tradición, que les son dadas desde el nacimiento,
y les permite identificarse a sí mismos y ante otros como católicos. Esta
adscripción religiosa, a la que llamaremos nominal, se encuentra presente
en ellos cuando rememoran el momento en que se produjeron los contactos con
un grupo juvenil; de hecho siempre remarcan ser católicos. ¿Pero cuál es la
valoración que asume, para los adolescentes, esa identidad religiosa?; nuevamente,
podemos aproximar una respuesta a partir de sus relatos, construidos desde
la participación en una agrupación juvenil. Creemos que su auto-definición
de católicos constituye una referencia, explícita o implícita, hacia la estabilidad
y seguridad que les proveía esa religión durante su infancia y que aún continúa.
En principio el ingreso de estos adolescentes a la Iglesia Católica (como
admisión espiritual) no deriva de una decisión reflexiva personal sustentada
en la propia fe, más bien es producto- en primer lugar- de prácticas transmitidas
generacionalmente, entre las que se encuentran el bautismo y la primera comunión.
¿Y qué significado guardan tales prácticas?. Sabemos que, como principios
doctrinarios, la recepción de estos sacramentos, efectuada durante la niñez,
concretizan una incorporación formal a la Iglesia Católica, entendida cual
comunidad de creyentes alrededor de la figura de Jesús. Pero la eficacia simbólica
que la Iglesia instituye al ritual del bautismo, como también a la primera
comunión, no mantiene la misma efectividad para quienes los reciben si tales
prácticas no van acompañadas de una concurrente formación religiosa, con continuidad
en el tiempo, que les otorgue sentido. Toda acción ritual, según expresa Míguez
(2000) siguiendo a Lawson (1993), transmite -entre otros aspectos- narrativas,
prescripciones sobre procedimientos y obligaciones a cumplir, normas a seguir
y criterios a respetar. Es común observar en la praxis la pervivencia de dichos
sacramentos como gestos rituales, aunque adopten una significación múltiple
que no siempre reviste, necesariamente, su carácter simbólico originario;
como es, en el caso del bautismo, la inclusión de ‘una nueva persona’[5]
en la Iglesia Católica con las responsabilidades que ello implica para todo
bautizado. Por lo general se realizan en cumplimiento de un mandato tradicional,
en el seno de las familias, que se repiten a manera de procedimientos estandarizados
(‘porque así se hizo a través de las generaciones es lo que debe ser’), aunque
no por ello conllevan la definición de una realidad que los ubique en su condición
de católicos. O sea, arraigan como costumbres que caracterizan a una sociedad,
pero donde el formalismo se sobrepone al contenido espiritual. Y terminan
por convertirse en acontecimientos de índole social, a modo de un cumpleaños,
cuya celebración, con familiares y amigos, solo sucede en el mismo momento
en que acontecen, antes que fortalecerse como prácticas con valor religioso.
Podemos afirmar, en base a la información obtenida, que la formación religiosa
asociada a los sacramentos antes mencionados se reduce a un curso pre-bautismal
de seis u ocho clases dirigido a padres y padrinos, para el caso del bautismo;
y de una clase semanal durante diesiseis meses, aproximadamente, para los
futuros aspirantes a recibir por vez primera la Eucaristía; todas a cargo
de los catequistas de las parroquias donde se concurre para esos fines. Luego
de este cumplimiento formal suele disminuir la presencia con continuidad,
en las iglesias, de los sujetos directamente involucrados, sean estos los
adolescentes (cuando niños) o sus familiares. Solo asisten para eventos especiales
como Pascua y Navidad; o acontecimientos particulares a nivel parroquial,
ya se trate de aniversarios fundacionales, fiestas patronales y demás festejos.
No obstante la formación religiosa
nunca se diluye del todo puesto que quienes integran los grupos juveniles
concurren, mayoritariamente, a colegios confesionales. Allí tiene continuidad
la socialización religiosa que se efectiviza por medio de las clases de teología,
aunque observamos, igualmente, su instrumentación desde una óptica formalizada.
Así, por ejemplo, la educación en la religión implica aceptar y obedecer,
por ser alumnos de un colegio confesional, con la obligatoriedad de participar
en misas mensuales ofrecidas exclusivamente para ellos; recibir las confesiones
durante la semana previa; concurrir a las fiestas patronales y a otras celebraciones
litúrgicas de importancia, como las correspondientes a Semana Santa, vistiendo
sus uniformes escolares. Esta educación recibe críticas de parte de los adolescentes.
Y es que existe una disociación entre teoría y práctica, esto es, entre el
aprendizaje memorístico de historia, doctrina y dogma en las clases de teología
y la consecuente poca o nula aplicación de tales principios en sus vidas cotidianas.
De este modo la enseñanza religiosa se esfuerza por conseguir el delicado
equilibrio entre buscar que se cumplan las normas instituídas por la Iglesia,
cual bases reguladoras del pensamiento y accionar de los católicos; junto
a la internalización de valores concebidos como cristianos. Pero el formalismo
y la exigencia traen como contrapartida una rebelión hacia quienes ejercen
tal autoridad y pretenden constituirse en los representantes de la religión.
Algunos relatos[6] así lo muestran:
... “en la escuela tenemos religión
como materia donde hay que leer documentos difíciles que no se pueden llevar
a la práctica...”(Luis, 14 años ).
... “no puede ser que ir a misa
sea una obligación del colegio porque después en las clases de religión te
hacen preguntas sobre el sermón. Tiene que pasar por la espiritualidad para
que sea un encuentro sincero con Jesús, al menos yo siento que es así...”
(Mili, 19 años).
Ahora bien, constituye la religión
una herencia transmitida generacionalmente que debe aceptarse en forma pasiva?.
Creemos, siguiendo a Hervieu-Léger (1997), que la religión implica un efecto
de movilización de la memoria colectiva, la cual es reelaborada en forma permanente
para que su pasado histórico, anclado en el momento de su fundación, no pierda
sentido. Porque en relación a esto un grupo religioso (familiar, parroquial,
educativo, etc) se define a sí mismo y como parte de un “linaje creyente”.
Pero la continuidad temporal de dicho “linaje creyente” debe asegurarse mediante
un ‘canal de memoria’ que transmita las creencias que dan sustento a esa religión.
¿Y quién o quiénes detentan la legítima autoridad de la transmisión de la
‘memoria verdadera’?. En nuestra sociedad actual ya no podemos hablar de un
único polo organizador de lo religioso, que en principio ostentaba la Iglesia
Católica, y de la cual también participaban las escuelas confesionales; sin
dejar de mencionar el rol de las propias familias, o hasta la conjunción de
todas ellas. Lo importante aquí es reconocer que cada sujeto resulta capaz
de reelaborar sus creencias en el marco de sus núcleos referenciales y en
el contexto de sus ámbitos de pertenencia (Fora, 2000). Así la ‘memoria’ aparece
reinterpretada a cada paso y la experiencia personal (particularmente, aunque
no exclusivamente, en los jóvenes) constituye el elemento central para la
construcción de nuevos significados, antes que lo prescripto por una autoridad
externa ( Hervieu-Léger, 1997)
... “cuando sos chico te obligan
a tomar la comunión, no tenés elección, creés porque te dicen que tenés que
creer...”(Rosi, 17años).
... “yo creo que es muy importante
hablar de qué es Dios, o que me expliquen bien qué es, porque yo no tengo
plena conciencia. Y no como en catequesis del secundario que te dicen que
en el Credo se dice toda la vida cristiana, ¡no se que cosa rara!...” (José,
14 años).
La condición de católicos de estos
adolescentes no ha permanecido invariante. Consideramos, siguiendo a Hervieu-Léger,
que la identidad religiosa de los mismos se construye en el tiempo, por ser
el resultado de una trayectoria de identificación, en el contexto de sus grupos
de pertenencia, y dentro de un “linaje creyente” (Hervieu-Léger, 1997), que
se exterioriza a través de distintos modos de ser y de participar. Así, podemos
aproximar una distinción entre decirse católicos y sentirse católicos, donde
referirnos a la condición de “Decirse Católicos” implica hablar de una adscripción
religiosa nominal, producto del mantenimiento y reproducción, como cualidad
intrínseca, de pautas sustentadas en una educación tradicional (familiar y
escolar) según lo hasta aquí expuesto. ¿Y con respecto a la segunda condición?.
Para entender el significado de “Sentirse Católicos” resulta necesario conocer
los pasos que siguen los adolescentes a partir del contacto establecido con
un grupo juvenil y el sentido que, como creyentes, construyen alrededor de
esta nueva experiencia religiosa.
Los adolescentes y los Grupos Juveniles
Al visualizar la socialización religiosa
que traen estos adolescentes desde su infancia nos preguntamos ¿en qué medida
actúa para favorecer la conexión con un grupo juvenil?. Durante la adolescencia,
sabemos, existe una marcada necesidad hacia la pertenencia como un elemento
dador de identidad, desde donde reconocerse como persona, encontrar un ‘lugar
en el mundo’ (rol social) y definir una existencia respecto de la experiencia
religiosa con que se cuenta. Según ya expresamos, si bien de ahora en más
no se aceptan como plenamente reales ciertas posturas asociadas con concepciones
religiosas aprendidas en la infancia, persiste -al menos en los casos aquí
considerados- una referencia a aquello que brinda cierta seguridad y estabilidad,
representado por la misma religión institucional en la que fueron formados
(la católica), pero que comienza a ser cuestionada. Observamos en quienes
se acercan a los grupos juveniles plena consciencia de hacerlo a agrupaciones
relacionadas con el catolicismo y no con otros cultos (de los cuales tienen
un conocimiento vago y ecléctico proveniente del tratamiento dispensado, al
respecto, por los medios de comunicación), por lo cual disponen de antemano
de una señal directa que asocia el funcionamiento de dichos grupos, a nivel
parroquial, con la religión católica a la que ellos adscriben desde su niñez.
Sin embargo ello no implica un conocimiento profundo de lo que los grupos
juveniles son y hacen; por el contrario, la experiencia nos muestra que no
hay una preocupación previa al respecto
... “llegar, llegué como creo que
llegaron todos, para jugar partidos de fútbol y nada más...”(José, 14 años
).
... “ vi un cartel pegado en la
iglesia que invitaba a venir a una reunión con otros chicos. Y, como no tenía
nada que hacer, vine para ver qué era...”(Rodrigo, 14 años).
Entonces surge un nuevo interrogante:
¿cuáles son las motivaciones que llevan a los adolescentes a contactarse con
dichos grupos?. Y aquí observamos lo siguiente: el acceso aparece motivado
por factores que poco o nada tienen que ver con lo religioso, pero sí con
lo afectivo; pues, según Zunini “...el adolescente está sediento de estimación
por los demás...” (Zunini, G. 1977:156). El acercamiento se produce a partir
de la mediación de cadenas sociales pre-existentes (Lofland y Stark, 1965;
Snow y Phillips, 1980), en este caso, de la presencia concreta de amigos,
y en algunas oportunidades de familiares, que actúan como nexos para facilitar
los primeros contactos
... “a nosotras nos trajo Ariel,
un amigo de la escuela que nos invitó a una reunión. Pero en realidad no conocíamos
la existencia del grupo y vinimos así, sin saber nada...” (Marita, 17 años
y Lupe, 17 años ).
...“Ingresé por medio de una amiga
que concurre, ella me dio la idea y yo acepté”... (Leticia, 16 años).
A medida que la asistencia a los grupos
tiene continuidad comienzan a gestarse nuevos lazos afectivos en su interior,
quienes actúan como mediadores de los conocimientos que irán internalizando
los adolescentes (Berger y Luckmann, 1997). Siguiendo a estos autores, los
miembros del grupo con los cuales se establecen los vínculos afectivos constituyen
la nueva base social que posibilita que la pertenencia a un grupo juvenil
se vuelva efectiva y la afiliación religiosa empiece a cobrar un ‘otro’ sentido
para los recién llegados. Desde las vivencias compartidas, con estos “otros
significantes” (Berger y Luckmann, 1997), operan una serie de cambios donde
los adolescentes comienzan a tomar conciencia de su condición religiosa
... “de chica me inculcaron qué
era la fe (...)aprendía en mi familia, pero me llegaba leyendo la historia,
no sabía qué era Dios, ni por qué creía...”(Yanina, 15 años).
... “de chico te bautizan y te
dicen que tenés que creer en eso (...), pero en realidad no tenés conciencia
de qué se trata...”(Rodrigo, 15 años).
En este proceso, por ejemplo, las
‘marcas invisibles’ de los sacramentos del bautismo y comunión adoptan una
trascendencia distinta y hasta adquieren una nueva significación. Tanto que
sus implicancias son experimentadas desde la participación en los grupos,
allí reaprehenden el sentido de los mismos en función de las nuevas redes
sociales generadas, de forma tal que van modelando una identificación diferente
hacia el catolicismo y sus prácticas
... “yo antes rezaba obligado,
después de memoria. Ahora lo hago cuando lo necesito” (José, 14 años).
... “¡la Eucaristía es lo más importante!,
es de donde sacás fuerzas porque ahí está Jesús...” (Marita, 17 años).
Llegados a este punto podríamos hablar
de una suerte de conversión dentro de la misma religión, en el sentido que
la constitución de nuevos lazos afectivos, al interior de los grupos, actúan
favoreciendo procesos de re-socialización de los conocimientos religiosos,
antes aprehendidos por los adolescentes en el seno familiar y educativo, que
permitan otorgar un nuevo acento de realidad a ese conjunto de saberes (Berger
y Luckmann, 1997). Esta interacción intensiva con el grupo juvenil, centrada
en la experiencia afectiva, genera entre los adolescentes una identificación
emocional con la agrupación que integran. Tal identificación produce un “sentimiento
colectivo de nosotros”, según denomina Hervieu-Léger, donde el grupo se constituye
en el centro cognoscitivo y socio-afectivo del adolescente, lugar de estima
y pertenencia, ambiente donde es posible compartir diversiones concebidas
como ‘sanas’ y encontrar amigos
... “en este momento estoy muy
contenta, conocí un montón de gente nueva y para mí la amistad es muy importante...Si
alguien tiene un problema yo sé que todos vamos a estar, al menos, para ayudarlo...”(Juliana,
17 años).
... “es un grupo de amigos, pero
distinto de los que vos tenés donde hay que pensar igual, sino sos la oveja
negra.(...)Acá nos respetamos, hay sinceridad y te ayudan a ser auténticos,
ser uno mismo...(Sofía, 17 años).
Pero además es el ámbito donde las
creencias comienzan a tener sentido al compartir una visión de mundo semejante,
al constituirse en un lugar de encuentro con Jesús amigo, otorgando significación
a la propia experiencia religiosa
...“En el grupo hablamos de nuestros
problemas tratando de buscar una solución en el Evangelio (...), sacar un
mensaje para nuestra vida”.(Eliana, 15 años).
... “podés plantear un tema de
la Iglesia o cualquier otro y te van a escuchar. A mí me marcó mucho(...);
acá conocí al Jesús amigo, El es mi amigo...”(Lupe, 17 años).
Desde la interacción sostenida con
estos “otros significantes” mediante el diálogo cara a cara en las reuniones
semanales, pero también a través de la ejecución de modalidades operativas
que se constituyen en ‘momentos fuertes’ (ya sean convivencias, campamentos
o peregrinaciones) se fortalece y reafirma en los adolescentes una condición
religiosa asociada al sentir, al crecimiento espiritual, al compromiso como
ajuste voluntario y consciente, que sustenta sus autoidentificaciones de católicos.
De todas maneras un grupo nunca es
homogéneo, en el sentido que el ingreso y egreso de participantes fluctua
a lo largo de su funcionamiento. Por ello tenemos que diferenciar entre lo
que distintos autores (Carozzi, 1994; Frigerio, 1994; 1997; Greil y Rudy,
1984) denominan el reclutamiento y el compromiso con un grupo religioso.
El estar reclutados implica cambios comportamentales que llevan a la adopción
de nuevos roles en ciertos contextos, pero que no necesariamente conllevan
modificaciones en las creencias, lo que sí acontece producto de una participación
activa y prolongada como miembros de un grupo. Respecto del compromiso, este
refiere a que la nueva identidad religiosa, construída desde la participación
activa en el grupo, se convierta en el eje principal que guíe el accionar
del sujeto. Por supuesto, existen distintos grados de participación y compromiso
con un grupo juvenil, que luego se traslucen en diferentes grados de participación
y compromiso con las creencias religiosas que sustenta. Así, por ejemplo,
quienes se encuentran en las primeras etapas de contacto, ingreso y reclutamiento,
asumen una pertenencia formal con la agrupación juvenil caracterizada por
una participación orientada a definir su postura en cuanto a integrarse definitivamente
o no al grupo, según los intereses y objetivos a los que aspira el nuevo asistente
y lo que la agrupación le brinda
... “todavía no estoy segura de
quedarme, recién estoy conociendo al grupo y me gustaría misionar...” (Flor,
18 años).
Mientras aquellos que han efectivizado
el reclutamiento exteriorizan su compromiso con la agrupación a través de
la presencia y participación contínua, no solo en las reuniones semanales
realizadas por cada grupo en forma obligatoria, sino mediante la colaboración
en otras actividades desarrolladas, entre otros ámbitos, en la parroquia.
Este posicionamiento social, como miembros de un grupo juvenil, se manifiesta,
por ejemplo, desde la ayuda con grupos misioneros, la enseñanza de catequesis
de comunión y confirmación en las iglesias, la colaboración con las actividades
de cáritas; hasta la organización de momentos recreativos para la comunidad
vecinal en general -efectuados en las propias parroquias- como los festejos
por el día del niño, del amigo y de la primavera. Aquí, la identificación
con su grupo opera en el terreno de la acción, donde la movilización conjunta,
o bien, la necesidad individual de dar respuesta a las desigualdades sociales,
los impulsa a obrar en ejercicio de la solidaridad y caridad cristiana.
La adhesión al grupo juvenil, que
comienza alrededor de la dimensión afectiva, se fortalece mediante una participación
continuada y sostenida entre los adolescentes que realimenta el compromiso
para con el grupo y sus creencias religiosas. En principio la identificación
con un grupo juvenil implica reconocerse como miembros del mismo y, simultáneamente,
distinguirse de aquellos otros que no forman parte de este núcleo referencial
(familiares, amigos, compañeros de escuela, por mencionar algunos). En la
interacción grupo-extragrupo los integrantes de agrupaciones religiosas construyen
una percepción de sí mismos como católicos, a la vez que son visualizados
por los demás como tales. De modo que, desde la pertenencia e interacción
se activan mecanismos de auto-atribución y atribución por otros a partir de
lo cual adoptan una identidad social religiosa; se reconocen católicos y lo
manifiestan socialmente, desde el accionar que implemente la agrupación juvenil
en cuestión. Aquí debemos destacar que se mantienen las relaciones existentes
entre los adolescentes integrantes de grupos juveniles con otros pares y demás
vínculos sociales que están fuera de las agrupaciones; aunque emergen los
‘costos de la pertenencia’. Dichos ‘costos’ están asociados a demandas relacionadas
con el menor tiempo que los adolescentes pasan en sus hogares y el mayor tiempo
dedicado al grupo, tanto como a los momentos de recreación compartidos (bailes,
salidas nocturnas, partidos de fútbol, picnics) que, si bien no desaparecen,
se ven más espaciados. No obstante este ‘sacrificio’ constituye una parte
importante del nuevo compromiso asumido. El punto más álgido aparece al visualizar
la interacción con compañeros de escuela, y hasta familiares no cercanos,
con quienes se establecen las mayores diferencias, debido a la visión que
éstos últimos poseen en relación a qué es un grupo juvenil
... “cuando invitás a otros chicos
del colegio no encontrás respuesta, como que no quieren saber nada con la
religión y Dios...”(Lina, 14 años).
... “vos decís grupo parroquial
y se piensan que estás todo el día en la Iglesia!...”(Nino, 19 años).
En la interacción con esos “otros
menos significantes” los discursos y los comportamientos confluyen hacia un
punto: mostrar con el ejemplo y con la palabra, pero sin procurar el convencimiento
cual grupos de otros cultos, que la pertenencia a una agrupación juvenil no
implica rezar todo el tiempo o ir a misa por obligación superimpuesta. Sino,
por el contrario, el énfasis radica en fortalecer el sentimiento de una participación
centrada en la fe que no impide llevar una vida similar a la de cualquier
otro adolescente. Y arribados a este punto debemos preguntarnos qué sucede,
entonces, a nivel personal, es decir, cuál es la conceptualización que los
adolescentes, como individuos, construyen de sí mismos respecto de su condición
religiosa?. Ocurre que aquellos adolescentes que llevan un tiempo prolongado
participando activamente en sus grupos juveniles son quienes han asumido un
compromiso personal con las creencias que conforman el basamento religioso
de la agrupación de la cual son parte. Si bien, en principio, suelen orientar
su comportamiento hacia lo que podríamos denominar un cumplimiento formalizado
de la religión, ahora su condición de católicos encuentra sustento en la propia
convicción espiritual, gestada y acrecentada desde la participación en dichas
agrupaciones y no en la reproducción de prácticas devenidas del mandato familiar
o educativo. En este circuito cobran nuevos significados antiguas ideas aprendidas
en la niñez, cuya amplia gama abarca desde la creación del hombre hasta el
rol que, como católicos y leales seguidores de Jesús, los obliga a guardar
fidelidad al Evangelio y sus enseñanzas. Sin embargo, la observancia religiosa
que promueve la Iglesia Católica para todos los creyentes implica la asistencia
a la misa dominical, la práctica cotidiana de la oración, la obediencia de
los preceptos, mandamientos y sacramentos, junto a la presencia en diversos
actos litúrgicos. Esta obediencia se instrumenta entre los adolescentes, a
través de la pertenencia a los grupos, mediante mecanismos que, de algún modo,
redefinen concepciones y prácticas religiosas en sus formas tradicionales
... “Dios para mí es todo, es algo
que está muy presente siempre, en todo lugar y no tiene una imagen para representarlo
a pesar de lo que te enseñan en el catecismo cuando sos chico...”(Rosi, 17
años).
... “estando acá descubrí que Jesús
está en las personas y en la naturaleza, al estar en contacto con la naturaleza
siento que Jesús está re-cerca...”(Marita, 17 años).
A ello se suma el ejercicio de la
evangelización en ámbitos cotidianos, esto es, las familias, las escuelas
y los barrios donde residen. De todos modos esta ‘misión’ no reviste carácter
único en cuanto a tratar de ‘convertir’ a otros al catolicismo mediante la
enseñanza de la Palabra. Antes, generalmente, se traduce en acciones que varían
según el contexto, como ser, la asistencia social a través de alimentos y
vestimenta; o el acompañamiento y apoyo de personas que atraviesan situaciones
adversas como enfermedad, falta de trabajo, o disgregaciones familiares.
Llegados a esta etapa cabe resaltar
que los adolescentes que adhieren convincentemente a las creencias que sus
grupos sustentan resignifican los motivos por los cuales optaron incorporarse
a ellos. Dichos motivos emergen reinterpretados, desde el presente, como consecuencia
de la re-socialización de las ideas religiosas en el seno de las agrupaciones
y que funcionan a modo de nuevo marco interpretativo. Así mencionan, por ejemplo,
haberse contactado con los grupos debido a la existencia de problemas familiares
de tipo afectivo o económico; la necesidad personal de buscar un acercamiento
hacia Dios o la Iglesia, de los que se hallaban alejados; el sentirse bien
interiormente; querer alimentar la oración; crecer en la fe o realizar algún
tipo de misión
... “yo me quería acercar más a
Dios, y, bueno, este es un grupo muy contenedor que me hizo crecer como persona
y como católica. No se, creo que Dios me puso acá, como que me mandó que viniera(
...)Nos hace mucha falta a nosostros, los jóvenes, que nos escuchen (...)Yo
a veces vengo mal y me voy re-contenta (...). Estamos en una iglesia y estamos
unidos en Dios, estamos acá porque Dios nos unió y eso es muy importante...”(Juliana,
17 años).
Cuando en verdad en el momento del primer contacto
con las agrupaciones dichos motivos o bien eran poco relevantes, o bien eran
inexistentes.
Todo este ‘sentir religioso’, hasta
aquí descripto, se expresa en los diferentes ambientes en los que transcurre
la vida cotidiana de los adolescentes a partir de situaciones comportamentales
y cognitivas donde la nueva experiencia religiosa los reubica en su condición
de creyentes. De modo que llegan a interpretar las visiones de sí mismos y
del mundo desde el marco conceptual que les provee la religión católica reaprehendida
en el grupo juvenil. Por ello, entre otros aspectos, la oración se traduce
como ‘una forma de comunicarse con Dios’ desde vías diferentes, a saber: observar
las bellezas de la naturaleza y desde allí conectarse con Jesús; hasta hablarle
a Jesús como a un amigo cuando se atraviesan momentos de desánimos, como de
alegría. La misa ya no se vive cual si fuese un simple ritual arcaico, al
que se debía asistir por compromiso con las autoridades de la Iglesia, o de
la escuela, antes que por la fe en Dios. Sino que adquiere un ‘otro sentido’
al vivenciarse como el momento sublime de conexión con Jesús; y por tanto,
requiere exista una disposición personal para posibilitar que dicho ensamble
sea viable y creíble. Por ello, si un integrante cualquiera siente que no
es factible acoplarse a esta relación sagrada, por estar atravesando alguna
circunstancia personal o familiar que está haciendo crisis (disgregaciones
en sus núcleos familiares; problemas con los sacerdotes de la parroquia; rupturas
de parejas; desánimos; u otros) resuelve no concurrir, o bien hacerlo en forma
esporádica. No obstante, ello no inhabilita la práctica de la oración según
lo expresamos en los párrafos anteriores, más bien la fortalece como factor
de retroalimentación de la fe en conjunción con la participación en el grupo
religioso
... “en realidad rezo muy poco
(en el sentido tradicional de la palabra), un Padre Nuestro, un Ave María.
Más que rezar le hablo a Jesús como a un amigo...” (Leticia, 16 años).
... “en mis oraciones le hablo
a Jesús, es un ofrecimiento al corazón de Jesús, que es mi amigo...”(Lorena,
16 años).
BREVES COMENTARIOS FINALES
A manera de síntesis final consideramos,
entonces, que si bien los adolescentes, miembros de grupos juveniles, fueron
socializados en la religión católica desde su infancia, es a través de la
asistencia y participación contínua en tales agrupaciones cuando las concepciones
religiosas aprendidas con anterioridad pasan a ser reinterpretadas y a adquirir
otra significación. Los nuevos vínculos afectivos allí generados
posibilitan la resocialización de una base conceptual preexistente que da
sustento a sus identidades religiosas. El adolescente llega, entonces, a interpretar
sus acciones, gustos y comportamientos, esto es, su visión de mundo, en función
de la cosmovisión religiosa re-aprehendida e internalizada desde la pertenencia
a una agrupación católica. Entre otras cosas manifiestan, por ejemplo, "sentirse
hijos del Dios de la vida"; "creer y sentir a Jesús como un amigo" y "experimentar
que se es parte del grupo porque Dios los llamó y los unió". Y así le
otorgan un nuevo significado a su existencia humana.
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