La política religiosa de los incas: el ejemplo de la provincia
de Huamachuco
Nikolay Rakutz
Instituto de América Latina, Moscú
Resumen
El ejemplo de Huamachuco demuestra las formas bien diversificadas
de la política religiosa, las cuales los incas utilizaban en las
provicias: la reestructurización del panteon local por medio de
establecimiento de los cultos imperiales y la creación de un grupo
de las huacas principales; la adoración de algunas huacas locales
por el Sapa Inca; la creación de las huacas nuevas; la adoptación
de algunos cultos locales por los mitimaes junto con la conservación
de sus tradiciones religiosas propias ( la adoración de las huacas
traídas de su patria); la destrucción de las huacas como una forma
de represión de los oráculos que dieron males pronósticos.
Abstract
The Incas used various forms of religious policy in the provinces:
they transformed local pantheons with establishing the emperial
cults and the new hierarchy of gods, organizing the adoration
of some local haucas by the Sapa Inca and creating some new huacas,
introducing the cults of huacas brought by the mitimaes and adopting
some local cults. But any huaca could be destroyed by the Sapa
Inca’s order after an unfavorable reply of its oracle.
La política aplicada por los incas en la esfera de
la religión debe ser considerada como uno de los instrumentos más importantes
utilizados en el proceso de la formación de su imperio a la par de las transformaciones
económicas, sociales y de la administración, teniendo en cuenta el carácter
multiétnico y multicultural del área andina. Las investigaciones ya hechas
son dedicadas en primer lugar a los dioses principales andinos y al panteón
incaico y hasta hoy sabemos bastante poco sobre la situación en las provincias.
La opinión tradicional es que los incas obligaban a sus súbditos a adorar
al Sol, y no intervinieron en los cultos locales, pero a veces tomaban el
ídolo principal de algún señorío concreto al Cuzco e incluían unos dioses
locales a su panteón; al mismo tiempo, otros científicos indican que los cultos
provinciales fueron aplastados a favor del culto oficial (véase, por ej.:
Hagen s.f.: 201-202; Rostworowski 1983: 96).
Pero entre las fuentes escritas después de la conquista
española hay algunas que ofrecen una información muy importante sobre la política
religiosa de los incas en las provincias del Perú, en primer lugar escritas
antes de la amplia campaña de evangelización y de la de “extirpación de idolatrías”.
Entre ellas se destaca la “Crónica de los primeros agustinos” (1560), bien
conocida por los científicos y estudiada desde varios puntos de vista (Costa
y Laurent 1962; González 1992; Millones 1992; Topic 1992), pero, según nuestra
opinión, se puede añadir algo a los resultados ya obtenidos utilizando la
dicha crónica como documento que da una característica muy importante de los
métodos de la política religiosa incaica (por lo menos de algunos de ellos).
Los artículos de Millones y Topic dan una descripción
bastante completa de la provincia de Huamachuco cuando el período imperial,
por eso indicamos sólo lo más importante para nuestro tema.
Las comunidades indígenas de Huamachuco formaban
4 guarangas según Topic (Topic 1992: 62) o 6 guarangas y 5 pachacas
según Millones (Millones 1992: 109). Como los incas instalaron en la provincia
una gran colonia de mitimaes procedentes de la región del Cuzco, incluso
aún un grupo de orejones, las últimas cifras, suponemos, representen
la población total en vísperas de la conquista, teniendo en cuenta el hecho
de que 2 últimas guarangas y las pachacas no tenían su territorio
especial en el marco de la provincia, formando tal vez la población de la
capital huamachuquina.
Los incas obligaban a los aborígenes a estudiar la
lengua quechua, pero nada concreto sabemos del uso del quechua en Huamachuco,
cuya población tenía su propio idioma, el kulli. Hay un problema bastante
importante: ¿que lengua utilizaban los misioneros agustinos para la evangelización
de la provincia? Se debe tener en cuenta que los vocablos indudablemente quechuas
los misioneros los presentaban como los del “idioma de Huamachuco” (Costa
y Laurent 1962: 72). Por eso unos creen que los misioneros e indios hablaban
entre sí en quechua. Pero no tenemos los datos que certifiquen esta tesis.
El autor de la crónica no escribió nada de la lengua usada por los agustinos
en Huamachuco. En cuanto a los vocablos quechuas, estas podían ser sólo las
prestaciones lingüísticas y esto parece ser muy verosímil porque muchos otros
nombres, incluso los geográficos, no se etimologizan sobre la base quechua.
Vale la pena también destacar que en el Perú la utilización de un sólo idioma
(quechua) para los fines de la evangelización fue un hecho más tardío, y en
los primeros decenios después de la conquista los frailes trataban de estudiar
cuanto más lenguas locales a consecuencia de la caída del prestigio del quechua
en las provincias (véase: Rákutz 2001). Por eso podemos calificar como manifiestos
malentendidos los intentos de explicar como palabras quechuas los nombres
de muchos dioses de Huamachuco presentados en la crónica (Costa y Laurent
1962: 74-76). Pero no hay duda de que los incas también influyeron en la toponimia
local creando los pueblos de mitimaes, nuevas huacas, etc.
La religión nativa de los aborígenes de Huamachuco
El autor agustino no trataba de presentar una característica
detallada de las ideas religiosas huamachuquinas. Su crónica en realidad es
un informe sobre el trabajo ya hecho por los misioneros y tiene un carácter
netamente práctico. Por eso no hay en su obra la lista completa de las huacas
de Huamachuco ni tampoco la descripción de su sistema mitológico (a excepción
del mito de la creación). En primer lugar escribió cuántas huacas fueron destruidas
por los misioneros, donde estaban, etc. Pero aún estos datos incompletos son
bastantes para algunas conclusiones.
Así, es evidente que los misioneros encontraron en
Huamachuco un sistema religioso bastante desarrollado: muchísimos santuarios
diferenciados según los grados de significación, funciones, etc., el panteón
jerárquico. Como es típico para las religiones andinas, los huamachuquinos
consideraban como sagrados muchos objetos naturales, en primer lugar los más
importantes desde el punto de vista geográfico (cerros nevados, ríos, etc.),
como demuestra el único mito local presentado en la crónica – el mito de la
creación que se trata de la “falsa trinidad” huamachuquina – Ataguju (dios-creador)
y sus ayudantes, Sugadcavra y Acumgavrad, los cuales formaban algo parecido
a otras “trinidades” andinas (Tancatanca en Bolivia, el dios solar incaico,
representadas en forma de tres estatuas, véase por ejemplo: Calancha 1638:
323), de Guamansuri, enviado por Ataguju a Huamachuco, quemado por sus primeros
pobladores, los guachemines y de la venganza cruel del hijo suyo y
de la hermana de los guachemines, Cauptaguam, Catequil, quien, junto con su
hermano, Piquerao después sacó a los indios de la tierra en el cerro Guacat
para poblar la provincia (San Pedro 1992: 172-174; Topic 1992: 60-61).
El mito, como indica Topic, define nítidamente el
contexto geográfico de Huamachuco, la mayoría de los acontecimientos descritos
tenía lugar en el territorio de la guaranga occidental, la de Guacapongo (allá
un río hasta hoy se llama Cauptaguan y un cerro – Guacate). Marcan también
los puntos de expulsión de los guachemines sobrevividos después de la matanza
organizada por Catequil varios topónimos “Guachemin” en las fronteras nor-occidentales,
nor-orientales, occidentales y sur-orientales de la provincia (Topic 1992:
62-66).
El contenido del mito tiene algunos paralelos con
los mitos de la Costa peruana y de la provincia de Huarochirí en la Sierra
no lejos de Lima (los dioses nacidos de huevos, aniquilamiento de la población
primitiva, etc., véase Arriaga 1968; Avila 1966), pero no tiene nada común
con la mitología incaica y la del Altiplano.
Catequil, como decían los indios, lanzaba rayos y
truenos con su honda (San Pedro 1992: 175), es decir es un dios parecido a
Illapa de los incas o a su análogo de la Sierra Central, Libiac (cabe destacar
que en Huamachuco no conocían Illapa ni Libiac). Su santuario fue muy famoso,
pero los cronistas no tenían la opinión única sobre su localización. La ‘Crónica
de los agustinos” dice que estaba en el sitio San José Porcón situado a 4
leguas del pueblo de Huamachuco, la capital de la provincia y describe el
santuario como un grupo de tres peñascos – Apo Catequil, Mama Catequil (es
decir Cauptaguan) y Piquerao, con un grupo de edificios del culto al pie de
éstos y más abajo estaba el pueblo, cuyos habitantes hacían todos los servicios
necesarios en el santuario. (San Pedro 1992: 176). Arriaga creyó que el santuario
estaba en la provincia de los Conchucos indicando al mismo tiempo que antes
se ubicaba en Huamachuco, pero este templo primitivo fue destruido por el
Inca Huáscar (Arriaga 1968: 203). Calancha, corrigiendo a Arriaga, insistió
que el Inca Huayna Capac había arrojado a Catequil (Calancha 1638: 472). Betanzos
y Sarmiento, como antes San Pedro, escribían que fue Atahualpa el que destruyó
el ídolo y el templo (Betanzos 1996: 231-232; Topic 1992: 64-66).
A nuestra opinión, los datos agustinos en cuanto
al dicho santuario deberán ser más exactos y no sólo porque ellos lo describieron
antes que los otros autores. Atahualpa mucho más parece a la persona que pudiera
destruir la huaca tan estimada que su hermano o padre, mencionamos
aquí que él fue muy enfadado con el dios Pachacámac por la causa de un falso
pronóstico del oráculo (Torero 1980: 147). Esto pudiera tener un mal resultado
para el templo si Atahualpa no hubiera ya sido capturado por los españoles.
Huayna Capac, al contrario, como sabemos (véase más abajo) demostraba mucho
respeto a las huacas locales, pero se sabe que en otra situación él
también ordenó a destruir algunas huacas (Torero 1980: 154). En cuanto
al lugar del santuario, teniendo en cuenta la popularidad de Catequil, consideramos
como muy verosímil que su templo pudiera existir no sólo en Huamachuco, sino
también en Conchucos. En Huamachuco el centro religioso estaba ubicado, según
los agustinos, cerca de la capital provincial.
Catequil, como escribió el autor de la “Crónica”,
fue el personaje principal de la mitología huamachuquina, lo podemos calificar
como el principio dinámico del panteón, y Ataguju – el lejano creador, pero
su potencia podía ser a veces peligrosa y destructora. Esto se parece a las
descripciones del dios costeño Pachacámac, pero el mismo cronista describió
el rito de adoración de Ataguju (mejor dicho de toda la “falsa trinidad”),
cuando en los grandes corrales, en unos hoyos “hincavan vnos palos… y en medio
ponyan un palo y revolvianle con paJa… y matavan vn coy y ofreçia la sangre
a ataguju…”. El simbolismo de este reitual certifica, como ya había indicado,
el carácter agrario del culto de Ataguju y está en contra a la tesis de su
“autoseparación” de los asuntos terrenos. Además lo adoraban “quemando coca”
y también existía un rito especial cuando “el cacique y principales se salen
A comer en la panpa o plaza y alli beben y antes q. comiençan A beuer mochando
y adorando a ataguju y a la t.rra y esto deRaman En seňal de salua o
bendiçion q. hazen A su criador…” (San Pedro 1992; 162-164; Topic 1992: 54).
Esto también indica que Ataguju fue un importante dios agrario. Además, a
Vuiguaicho y Unstiqui, los “criados” de Ataguju les pedían que rogaron a Ataguju
que no cayera granizo en los maíces (San Pedro 1992; 164).
No podemos dar aquí una característica completa del
panteón huamachuquino, por eso indicamos sólo lo más importante para el tema.
Según Millones, en Huamachuco no sabían Inti ni Quilla
ni Viracocha (Millones 1992: 118). En rigor, no fue así, porque Millones esribió
sobre los dioses incaicos. Pero los personajes muy parecidos a aquellos por
sus funciones sí habían, como lo demuestra muy bien el ejemplo de Catequil
(de los rasgos comunes de los dioses serranos véase: Rostworowski 1983: 27).
El cronista indicó que en Huamachuco adoraban a la Luna (la llamaba Quilla
utilizando el vocablo quechua). Uno se puede pensar que aqui se dice del culto
incaico introducido en le provincia, pero es dudoso porque en Huamachuco adoraban
a las Pléyades, las estrellas matutina y vespertina – todos estos cultos eran
comunes para el área andina así como el del dios de rayos y truenos. Además,
en Huamachuco habían dos huacas relacionadas al sol naciente – la de
Agaňamoc y la de Yagaňhumac. Se puede calificarlas como representantes
locales del culto solar imperial, pero sus nombres no quechuas sertifican
que algún tipo del culto solar existía en Huamachuco ya antes de los incas,
a pesar de que no hubiera tan importante como entre los quechuas.
De otros dioses locales podemos nombrar, como creemos,
la Tierra (también culto panandino) – San Pedro la llama Pachamama o Chucomama
- la diosa Guagalmojon, protectora de la fertilidad femenina y “progenitora”
de los indios huamachuquinos, Yanaguanqui y Xulcaguaca (dos picos nevados,
“ayudantes” en las guerras, como lo fue también Ataguju), muchas huacas que
daban agua, protegían el ganado, los tejedores, daban sal, chile, coca, maíz,
lluvias, protegían de las enfermedades, el culto de las zorras (bién conocido
en otras partes del área, por ej., en el Altiplano, en la Costa norte), de
los guachecoales (en otras regiones los llamaban huancas) –grandes piedras,
que fueron protectores de los pueblos, sus campos, etc. y muchísimas huacas
domésticos (de riqueza, salud, protectores de las casas, etc.) De todo esto
podemos ver que la religión huamachuquina tenía un carácter agrario, dirigido
a la conservación del ritmo y espacio de las labores agrícolas (González 1992:
34).
Transformaciones religiosas bajo el dominio incaico
La incorporación de Huamachuco en el imperio tuvo
como resultado la introduccion de varias innovaciones en la práctica ritual.
Nada indica que los incas no aplicaban en Huamachuco su política religiosa
tradicional que incluía la construcción del templo del Sol, del “monasterio”
de las acllas, como lo hacían en todas las provincias. El cronista no esribió
nada sobre eso, sólo indicó que el Sol fue el dios principal de los indios,
pero dio sus ejemplos basándose en las noticias de otras provincias (Cuzco,
Cajamarca). Al mismo tiempo sabemos que los agustinos construyeron su primer
convento sobre las ruinas de unas construcciones incaicas (San Pedro 1992:
201), y que Guaman Poma de Ayala, un cronista indio, indicó que en Huamachuco
existía la “casa real”, la residencia del imperador (Poma de Ayala, citado
por: Barros: 1980: 237).
El otro hecho significativo fue que los mitimaes
traídos del Cuzco llevaron consigo su propia huaca, Topa Llimillay,
instalada en el centro provincial que indicaba a su status especial en la
vida religiosa de Huamachuco (González 1992: 36). Es interesante que los incas-orejones
que habitaban en la provincia, adoraban a Guamansuri, el padre de Catequil
y su huaca fue tan reverenciada que cuando la evangelización de los agustinos,
la ocultaron de los misioneros en la construcción misma de la iglesia recién
edificada para seguir practicando su culto. Actualmente es difícil aclarar
la razón de esta gran reverencia al dios local de parte de los incas. Tal
vez, estableciendo las relaciones específicas con este dios los incas creyeran
obtener, en sus propios ojos, unos derechos especiales para su poder. Podía
tener importancia también el nombre de la huaca: si la llamaban Guamansuri
(en la crónica se esribe también Guamansiri), este vocablo se puede traducir
del quechua como “halcón-avestruz” (Topic 1992: 60). En este caso, podríamos
calificar el hecho como un ejemplo de la “usurpación” de la huaca por
los orejones realizada por la quechuización o aún sustitución de su
nombre local al nombre quechua.
Hay razones para suponer que de las cuatro guarangas
existidas en el siglo 16, dos fueron creadas por los incas (tal vez por la
división de las dos partes consideradas como muy grandes). A esto indica el
hecho de que las dos últimas guarangas tenían menos huacas, por ejemplo,
de las 9 huacas principales sólo 3 estaban en su territorio (Topic 1992: 69).
Además, Huayna Capac “descubrió” una huaca
relacionada con su jefe militar, Xulco Manco y ordenó a adorarlo como al protector
de los huamachuquinos (Millones 1992: 113). Creemos que el Inca sólo revitalizó
el culto de una huaca antigua, tal vez ya abandonada, porque según
los arqueólogos fue creada en el 1-er milenio D.C. (Topic 1992: 64, 81).
La innovación muy importante fue también la separación
de algunas huacas locales (9 en total) en una categoría especial, porque
como adoradas por el Inca Huayna Capac (y como decían los indios – también
por su padre, Topa Inca) fueron proclamadas las huacas principales.
Es interesante que antes todas las 9 huacas mencionadas eran de significación
estrictamente local y no sabemos nada de la visita del Inca,por ejemplo, al
templo de Catequil. Pero los incas, como se pude pensar, crearon su sosia
quechua. La crónica indica 9 nombres de las huacas principales: Ulpillo,
Pomacama, Caoquilca, Quimgachugo, Nomadoy, Guarayoc, Guanacatequil, Casipoma
y Llayguen (Topic 1992: 67). Hoy sabemos los sitios de 5 de ellas. Es evidente,
que algunas nombres de las huacas son sin duda quechuas. Los más interesantes
son: el nombre Guarayoc, que significa “versado en el manejo de la honda”
(Topic 1992: 68) y Guanacatequil (se supone que es una tranformación del nombre
Huayna Catequil, es decir – joven Catequil), uno de los muchos “hijos” de
Catequil descubiertos anter y aún después de la conquista. Estos “hijos” fueron
piedras con rasgos específicos (Topic 1992: 81).
Son bastante significativas las funciones de las
huacas principales. De Caoquilca pedían agua, de Casipoma – la ayuda
en la guerra, a ésta Huayna Capac la tomaba consigo a sus campaňas militares
y ella estaba ubicada en la capital huamachuquina (Millones 1992: 114,117),
de Llayguen pedían lluvia y todo lo necesario para la vida, Ulpillo fuera
tal vez una huaca relacionada con la fertilidad. Esto demuestra que
los incas establecían un ‘contacto” en primer lugar con las fuerzas divinas
relacionadas con la cosecha (irrigación, lluvias) y con la guerra.
La influencia incaica está bien demostrada y en cuanto
a algunas otras huacas. Así, Huayna Capac ordenó a revereciar a su
general, Condor, el cual se transformó en protector de la coca y del maíz.
Había también la huaca Guarasgayde, protectora de los tejedores que
producían telas especialmente para pagar tributo a los incas. Huayna Capac
además creó (suponemos que revitalizando el culto) la huaca Magacti
- a ella mochaban en tiempo de sequia pidiendo lluvias, pero sólo en casos
especiales, porque para hacer esto fue necesario primero recibir la decisión
del consejo de todos los curacas de la provincia (Topic 1992: 82, 83, 89).
Cabe destacar que entre la población fueron muy populares
las huacas protectores de la producción de tejidos (Quespeguanayay,
Guaylio). El Inca ordenó a establecer a un grupo de los mitimaes cerca
de la última (Topic 1992: 78). Es también interesante que, al organizar 4
guarangas, los incas "dieron" a cada par de ellas (¿unidad militar?)
unas huacas especiales de guerra: para las guarangas de Llampa
y de Guacipongo tales huacas fueron Yanaguanca y Xuilcaguaca, y para las de
Lluicho y de Andamarca – la huaca Miniguindo, todas las tres fueron
grandes cerros cituados en las fronteras entre las guarangas (Topic
1992: 85-86).
En contra a la opinión ya común entre los científicos,
que la destrucción del imperio tuvo como consecuencia la revitalización muy
rápida de las tradiciones locales (incluso las religiosas) en detrimento del
prestigio de las incaicas, la crónica certifica que cuando unos 20 aňos
después de la conquista los agustinos comenzaron su campaňa de evangelización
en Huamachuco, las huacas proclamadas como principales por los
incas, todavía seguían siendo tales para los indios de la provincia.
La crónica demuestra muy bien que en las condiciones
concretas de Huamachuco los incas trataban de adaptarse a las tradiciones
religiosas locales, fortaleciendo, al mismo tiempo su influencia a través
de una interpenetración de las sistemas religiosas bastante diferentes – la
suya y la local. Los incas no extirparon a los dioses de Huamachuco sino establecieron
su bien elaborada jerarquía, lo que sin duda transformó el panteón local.
Además, los mitimaes llevaron consigo a la provincia sus propias huacas
para adaptarse mejor en su nuevo lugar de asentamiento (esto explica el
hecho de que el mitmac incaico fue más exitoso que la organización
de las reducciones indígenas por los espaňoles: estos, claro está, no
permitían a tomar las huacas locales a las reducciones, y los indios
se sentían como absolutamente abandonados, sin la protección divina en su
nuevo lugar de asentamiento). Las huacas de los mitimaes tenían
que ser incorporadas, de uno u otro modo, en el sistema ritual de la provincia.
A veces, si lo era cómodo para ellos, los incas revitalizaban a los cultos
locales antiguos, dándoles una nueva significación (Xulca Manco). El hecho
de que Huayna Capac elevó bruscamente el status de un grupo de las huacas
por medio de organizar su reverencia especial a ellas, debió también producir
una reflexión notable en cuanto a la estructura del panteón. Además, los incas,
como ya hemos indicado, establecieron unas relaciones especiales con un grupo
de las huacas de la provincia, pertenecientes a la esfera guerrera
y a la agrícola. De este modo se formaba una comunidad ritual de la población
de la provincia con la del resto del imperio, lo que debía hacer más fácil
el proceso de la quechuización de los huamachuquinos (y de su panteón, esto
se ve del hecho de que en el siglo 16 algunas huacas ya se conocían
bajo sólo sus nombres quechuas).
La aplicación de tal política fue necesaria porque
el panteón y la mitología local tenían muchos rasgos comunes con las de la
Costa norte y la provincia de Huarochirí, pero nada común con las incaicas
propiamente dichas.
Además, se debía tener en cuenta que la fidelidad
a sus cultos locales en Huamachuco fue muy firme – aún después de la destrucción
de la huaca de Catequil, la mas reverenciada, su culto no desapareció
y aún más, comenzaron a descubrir a sus “hijos” – las piedras de colores o
estructuras insólitas o singulares, que se convirtieron en muy populares objetos
del culto. Esta tradición religiosa muy estable, la cual, suponemos, fue característica
no sólo para Huamachuco, obligaba a los incas a aplicar una política bastante
flexible en la esfera religiosa. Solamente destruir la tradición significaba
perder mucho tiempo y enfrentarse con una resistencia tenaz de los aborígenes
(lo que bien fue demostrado por la tan poco exitosa campaňa de extirpación
de idolatrías organizada más tarde por los espaňoles).
Pero, cuando los incas lo consideraban necesario,
utilizaban también las medidas punitivas, lo que demostró el caso de Catequil.
Para tal acto fuera bastante un pronóstico no favorable para el Inca, y las
represalias eran crueles, a pesar de que no siempre inmediatas. Pero en Huamachuco
la destrucción del templo de Catequil se puede explicar por las razones de
la política represiva de Atahualpa.
La reverencia demonstrativa a algunas huacas
locales debía fortalecer la dominación incaica por medio de la estimación
de las tradiciones aborígenes, establecimiento de las relaciones contractuales
y aún de parentezco a través de la creación de los objetos del culto común
(Xulca Manco). Y es notable que entre todas las huacas locales los
incas dieron preferencia sólo a un estricto grupo que incluía en primer lugar
las huacas de bastante poca importancia según las antiguas creencias
de la provincia.
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