La construcción de los mitos: el mito fundacional en Santiago del Estero
RODOLFO O. LEGNAME, ARQ
FACULTAD DE HUMANIDADES, CIENCIAS SOCIALES
Y DE LA SALUD
UNIVERSIDAD NACIONAL DE SANTIAGO DEL
ESTERO
SANTIAGO DEL ESTERO, OCTUBRE 2002
Todo sistema social se sostiene sobre un mito fundacional que le da origen
y lo explica, permitiendo posicionar a los actores y establecer las relaciones
que existen entre ellos. Este mito tiende a narrar un origen del sistema social,
en cuya narración los actores asumen roles que luego se reproducirán en el orden
social en que viven. Este mito va a demostrar la pertinencia y la pertenencia
del grupo que asume la escritura de la historia como grupo que origina el sistema
social vigente, permitiendo construir la historia de un “nosotros” que implica
y define, además, a un “los otros”. Ese “nosotros” es siempre protagonista,
actor de la historia, héroe que forja –y funda- el hogar compartido de la patria,
a través de una serie de peripecias y de acciones en las que enfrenta a enemigos
y opositores y donde cuenta con aliados y ayudantes.
El mito, su escritura -lo que pudiéramos llamar "la escritura de la historia"-,
es una construcción variable en el tiempo, que se escribe y se rescribe, y que
va recibiendo distintas interpretaciones según a quienes involucre, y según
quienes se apropien de éste con intención de legitimarse en el sistema social.
No es la historia lo que cuenta en la formación del mito, sino la escritura
de la historia, la interpretación y construcción de los hechos, la explicación
que se da de ellos y los modos en los que los distintos actores se apropian
de ello.
Desde ahí, preguntarse por cómo se escribió este mito en el tiempo, cómo varió
o se modificó, de qué manera fue reemplazado por otro, o suplantado, puede servirnos
para intentar desentrañar algunas cuestiones del imaginario social en el que
nos instalamos, pues la función del mito, entre otras, es la de legitimar a
los actores y al sistema vigente.
Cabe señalar que el mito no es fijo, sino móvil, que no se cristaliza en el
tiempo aunque aparentemente así lo parezca, y que su enunciación, escritura
e interpretación se adecua a los intereses de los distintos sectores en pugna
en el juego del poder. El mito es móvil aunque permanente, flexible aunque aparentemente
estable.
***
Cuando uno intenta mirar desde
afuera al sistema santiagueño, quizás lo primero que percibe es una sociedad
en tensión entre el pasado heroico y poderoso correspondiente a los siglos xvi
y xvii y una voluntad de modernización desde un presente en crisis. Crisis estructural
correspondiente a una pérdida de rol hegemónico de la ciudad sobre el final
del siglo xvii, que corresponde al traslado de la sede de la Gobernación del
Tucumán a Salta y de la sede del Obispado a Córdoba en 1699, a la que se agrega
la dependencia administrativa con respecto a Tucumán hasta la Autonomía Provincial
en 1820 y que, modificando formas, se extiende durante el siglo XIX con las
frustraciones de la navegabilidad del Salado y el cierre de los ingenios azucareros
y que persiste durante el siglo xx con la destrucción de la riqueza forestal
en lo que Canal Feijóo llama “desahucio de la tierra y del paisaje” generando
la expulsión de población fija y dando origen a generaciones de trabajadores
golondrina y una tradición de empleo en el servicio doméstico de las mujeres.
El segundo dato que asoma es
una estructura estamental y endógena, en las que la construcción histórica de
un patriciado -y patriciado en tanto que sector endogámico que se apropia del
poder político, económico y de fuerza y lo detenta durante un período histórico
que llega hasta mediados del siglo XX y que aún subsiste- persiste de diversas
maneras en el imaginario colectivo. Una conciencia de “nosotros” construida
sobre la trama de alianzas familiares y una fuerte identidad corporativa que
cierra filas ante “los otros”. Un sistema de cooptación que ha incorporado a
algunos italianos y sirio-libaneses a falta de franceses, ingleses o alemanes,
y donde la variable de incorporación ha sido, en un caso, el del origen occidental
(italianos, españoles) y un poderío económico (los anteriores más los sirio-libaneses)
unificados por la identidad religiosa, que actúa como elemento unificador. El
segundo elemento de unión en este caso es la conciencia de localismo: todos
son “santiagueños”, se sienten santiagueños, borrada toda otra identidad diferenciadora.
***
En el caso santiagueño, es posible imaginar algunos núcleos de enunciación
mítica, que pudieran extenderse a cuatro:
1. la fundación y traslados de la Ciudad del
Barco hasta su re-localización y nominación como Santiago del Estero en el siglo
XVI,
2. la firma del Acta de la Autonomía en 1820,
3. la batalla del Pozo de Vargas y su versión
musicalizada en la Zamba de Vargas y
4. el desentrañamiento de la cultura chaco-santiagueña
en el siglo XX.
La primera apunta a la legitimación española y a la
preponderancia del blanco sobre el indio, determinando una posición de subalternidad
de los naturales frente a los conquistadores que escribieron la historia; la
segunda, creo, se orienta a la constitución de un patriciado en tanto que “padres
de la patria”, sociedad criolla que se ha apropiado del poder político, económico
y de fuerza y que permanece como grupo endogámico; la tercera, posiblemente,
alude a las estrechas relaciones clientelares de los sectores dominantes con
los sectores subalternos, a la que coadyuva lo que Canal Feijóo llamara “la
anécdota Ibarra” y que articularía con los intereses de identificación de los
actores sociales en torno al concepto de “santiagueño” y de “santiagueñidad”.
La cuarta, finalmente, pudiera servir para legitimar la nueva sociedad argentina,
borradas las etnias aborígenes, a la vez que sería el instrumento de visibilidad
adoptado por los sectores subalternos que encuentran en la representación de
un pasado los modos de poner a la luz su propia y acallada historia.
Sería interesante preguntarse por estos núcleos temáticos como ejes que iluminan
la construcción de la identidad del “santiagueño”, de los cuales selecciono
los dos primeros como un conjunto homogéneo de contenidos para el presente trabajo.
Primer mito: la fundación y traslados de El Barco-Santiago del Estero
En 1953 se celebraron en la ciudad de Santiago del Estero los 400 años de su
fundación. En tal oportunidad, entre las celebraciones se contó con la visita
del entonces presidente de la Nación, Gral. Juan Domingo Perón, la inauguración
del Arco de Entrada a la ciudad, a la manera de puerta, al sur de la misma,
sobre el final de la Avenida y Acequia Belgrano y la celebración de un Congreso
Nacional de Historia. Se celebró, además, la fundación el día 25 de Julio, fecha
determinada por un Dictamen de la Academia Nacional de la Historia, producido
a raíz de una solicitud del Superior Gobierno de la Provincia.
Habiéndose perdido el Acta de Fundación de la Ciudad y sus Libros Capitulares,
una larga controversia dividía las opiniones en cuanto al origen y fundación
de la ciudad, como asimismo el nombre de su fundador, asignándose las mismas
a Juan Núñez de Prado, con el nombre de Barco, en 1550 y posteriores traslados
con el nombre de Barco II y Barco III; pero también atribuyendo la fundación
a Francisco de Aguirre, quien la trasladó nuevamente y le puso el nombre de
Santiago del Estero que aún hoy conserva. El Dictamen de la Academia, favorable
a la fundación por Francisco de Aguirre en 1553 –y justificativo de la fecha
de celebración y de la visita de Perón, pese a que se contradecía con anteriores
textos de los firmantes del Dictamen (Cf. Achával, 1989:)- generó entre los
santiagueños una fuerte parcialidad y disputa, sólo resuelta sobre el final
del siglo XX con el descubrimiento de un informe sobre los Libros Capitulares
de la primitiva ciudad en Sucre, hecho por Gastón Doucet y anticipado por Luis
Alen Lascano en su reciente Historia de Santiago del Estero.
La narración de los hechos referidos a la fundación y traslado del Barco-Santiago
del Estero en los dos textos fundamentales de historia santiagueña de la segunda
mitad del siglo XX, las Historias de Santiago del Estero escritas por José Néstor
Achával y Luis C. Alen Lascano, permiten construir un conjunto de significados
en torno a lo santiagueño.
Un buen comienzo puede ser el Prólogo a la Historia de Achával, escrito por
Alen Lascano:
"Si contáramos con la presencia del doctor Orestes Di Lullo, a él le hubiera
correspondido el honor de prologar estas páginas. Pues fue el maestro de nuestra
generación y el gran restaurador de la historia santiagueña, ubicándola en su
exacta dimensión espiritual dentro del proceso formativo de la nacionalidad."
(Alen, en Achával, 1989:11).
".el profesor José Néstor Achával ha querido que venga a suplir aquella
lamentada ausencia. Y lo hace fundado en tres razones justificatorias que bien
acreditan su motivación: la primera, basada en el cálido afecto amistoso que
nos vincula en largos años de relación comprovinciana; la segunda, por los comunes
ideales que inspiran nuestra labor historiográfica en una misma búsqueda de
la conciencia nacional. Y por último, para asociarme, como decía Estrada, 'a
sus generosos esfuerzos con mi notoria divisa de ciudadano católico', o sea,
por correligionarios en Cristo bajo cuya fe nació la patria impregnada de las
convicciones espirituales que constituyen la esencia del ser argentino de todos
los tiempos." (Alen, en Achával, 1989:11).
De cuya escritura se deduce un reposicionamiento de Santiago del Estero en
el ámbito de la Nación; no en un ámbito económico, sino espiritual.
"Santiago del Estero por el contrario, dio origen a la sociedad argentina
ya en el siglo XVI. (Alen, en Achával, 1989:12).
Esta enunciación del eje espiritual puede permitir dos lecturas: por una parte,
la elevación por el espíritu, lo sublime trascendente que en ello subyace y
la persistencia de esa espiritualidad en lo que se pudiera llamar “el espíritu
nacional”; y por otra, el ocultamiento de la pobreza santiagueña, que ha hecho
que esta ciudad y su provincia dependan para su subsistencia de los aportes
de la Nación. Dos ejes discursivos no contradictorios entre sí y que bien podrían
comenzar a mostrar una modalidad santiagueña: el ocultamiento de un fracaso
presente por la enunciación de pasados esplendores.
Se deduce, de esas lecturas, la fundación de la Nación y aún la de la sociedad
civil a partir de la conquista, donde civilización, poblamiento, evangelización
y fundación son un todo orgánico:
"Pues si es verdad, como sostiene Ortega y Gasset, que la potencia sustancial
de todo proceso de cohesión nacional es siempre 'un proyecto sugestivo de vida
en común', la Patria Argentina se ha formado a partir de la gloriosa cruzada
de su civilización y poblamiento, asumida como una misión popular y evangelizadora
desde la fundación de Santiago del Estero por la España del Siglo de Oro" (Alen,
en Achával, 1989:12).
Fundación que no sólo es fundación de la Nación en los hechos, sino en la continuidad
discursiva de un conjunto de “escrituras de la historia”:
"Para cumplir sus propósitos el profesor Achával ha seguido los pasos de
los auténticos maestros de la historiografía, y bien puede reconocerse en su
obra la influencia del P. Lozano, e incluso decir que ella emparenta con las
colecciones monumentales de Roberto Levillier para el período hispánico, y últimamente
con Vicente D. Sierra, de cuya labor somos todos deudores. De la misma manera,
desde Baltasar Olaechea y Alcorta, Andrés Figueroa y Alfredo Gargaro, hasta
las últimas investigaciones de Fray Eudoxio de J. Palacio y Orestes Di Lullo,
cuyas tesis sustenta, hablan de un concienzudo estudio de las fuentes regionales,
que esta obra continúa y complementa". (Alen, en Achával, 1989:13).
Escritura de la historia que se convalida en su engarce con las largas colecciones
nacionales y que da cuenta, por su función y contenido, que es un “oficio de
señores”; contar la historia a sus pares e inferiores a modo de legado:
".no somos una parte indiferenciada de la historia del liberalismo en el
mundo, sino una parte integrante, pero libre y soberana, de la historia hispánica
en América. Lograrlo será el más alto mérito para su autor, cuyos años de desvelo
para escribirla, no buscaron otro beneficio que dejar este legado a su pueblo,
como fruto de un compromiso terruñero al cual se siente obligado por los nombres
de sus antecesores, inscriptos en las páginas de nuestros Libros Capitulares."
(Alen, en Achával, 1989:13).
El que escribe la historia es quien justifica su derecho sobre la cosa pública,
basada en la tierra, percibida desde la tradición medieval occidental como “cosa
privada”, como propiedad del señor, quien toma su nombre de la tierra. Tierra
a la que se tiene derecho pues no se registran reclamos sobre la misma con anterioridad
a la conquista:
"La existencia de una gran diversidad de pueblos se explica por cuanto este
territorio no se hallaba sujeto al dominio excluyente de una parcialidad determinada.
Era, al contrario, por su ubicación geográfica y sus características de suelo
y clima, una tierra donde convergían infinidad de tribus (.) que al mezclarse
dieron al territorio la configuración de un verdadero mar étnico-lingüístico.
En esa mezcla, con superposición de estadios prehistóricos, se encontraban al
momento de la conquista española." (Alen, 1992:30-31).
En donde los pueblos que la habitaban,
"Pese a ser diestros cazadores y hábiles en el manejo de la flecha y lanza,
no se distinguieron por su belicosidad, y de ahí que pueda afirmarse la inexistencia
de una verdadera conquista militar y guerrera de los incas sobre ellos. Es mejor
suponer que se sometieron a vasallaje sin mayores resistencias por encontrarse
ante una organización político-militar superior" (Alen, 1992:32).
Una tabula rasa de derecho en un mar étnico-lingüístico: una imagen del caos
primigenio que el sistema español viene a resolver instalando el vivir civilizado
y el evangelio. No obstante, es de remarcar el reconocimiento de la existencia
de unos pueblos aborígenes en el texto de Alen, sensible diferencia con el de
Achával, quien en su escritura directamente ignora la presencia de alguna población
previa a los españoles: su historia comienza con la explicación del origen
del vocablo Tucumán según Lizondo Borda, Fortuny, Vicente Sierra y el P. Lozano,
basado sobre la existencia de un cacique Tucma y su población, el Tucmanahaho,
en los Valles Calchaquíes.
Pero es sobre este vacío sobre el que se funda la sociedad civil que hoy habita
el Noroeste Argentino, y la ciudad de Santiago del Estero:
"En un principio fue por el río 'de sueñera y de barro / que vinieron las
proas a fundarme la patria', según evocó el poeta". (Alen, 1992:36).
Acto central de fundación desde la nada de un pasado mítico, hecho por héroes.
Héroes que, en las palabras de Achával, alcanzan ribetes fabulosos:
"Es que no movía a estos soldados admirables y heroicos, el afán de simples
aventuras. Sus gestas se vieron impulsadas las más de las veces por el sublime
ideal cristiano, aunque no puede dejarse a un lado la ambición de mando, de
honores y de lucro. No hubieran sido hombres, sino santos o semidioses.". (Achával,
1989:24).
Fundación legal, legítima, que cumple con formas y exigencias del “derecho
de gentes”, que da cuenta no de una usurpación de la tierra, sino de la toma
de posesión legítima desde la que se ponen los cimientos de la sociedad civil:
"Dando cumplimiento a lo que se le había ordenado, hacia mediados de 1550,
y habiendo tomado consejo de sus acompañantes para la elección del mejor sitio
donde establecer la futura capital del Tucumán, Prado procedió, con todo el
ceremonial de ley y de costumbre, a asentarla en las orillas del río Escaba
o Sucuma, en el valle de Gualán, al sur de la actual provincia de Tucumán (cerca
de la ciudad de Monteros), designando los miembros del primer Cabildo, repartiendo
solares, construyendo las defensas y bautizando a la naciente ciudad con el
nombre del Barco, en homenaje a La Gasca que era oriundo de la ciudad del Barco
de Ávila (España)". (Achával, 1989:40).
"Ambas fundaciones de la Ciudad del Barco implicaban actos políticos de
solemne incorporación territorial a los dominios de los Reyes de España y constituyen,
asimismo, la partida de nacimiento de Santiago del Estero en una sucesión histórica
no interrumpida desde entonces, a pesar de sus posteriores avatares institucionales".
(Alen, 1992:49).
La escritura de Achával nos da pie para entrar en otro conjunto de juicios
que subyacen bajo la controversia de la fundación, y que se centrarían en poner
el acento en las particulares condiciones de ambos conquistadores: la “lealtad”
de Núñez de Prado, que nomina a la ciudad en homenaje al Virrey que le otorga
el derecho de conquista y fundación, contra el carácter atrabiliario de Aguirre;
relato que finalmente concluye por determinar el carácter “noble y católico”
de uno contra las argucias y herejías del otro:
"Pero (Aguirre) era un espíritu combativo y dominante, amaba el lujo y el
placer. Un producto de la Europa renacentista que pudo haber sido al mismo tiempo,
sin proponérselo, una avanzada heterodoxa de la Reforma en nuestra América.
(.) Durante su primer viaje la expedición careció de sacerdote, hecho inusual
entonces, y llegado al Barco expulsó a los dos frailes del lugar; en sus dos
últimos gobiernos se granjeó la enemistad del clero y terminó dos veces procesado
por la Inquisición en Lima. Aunque resultara absuelto, se le acusaba de blasfemar
contra la autoridad eclesiástica y haber dicho que más importante para el bien
de la república era un herrero que un cura." (Alen, 1992:56).
"Acompañado por unos sesenta hombres, bien armados, entre quienes se contaban
sus hijos y sobrinos, Francisco de Aguirre entró en la ciudad del Barco en febrero
de 1553 a altas horas de la noche lo que le facilitó apoderarse de ella. Destituyó
e hizo prisionero a Juan Vázquez que la gobernaba en ausencia de Núñez de Prado,
que exploraba la región a más de cien leguas de distancia, a quien mandó tomar
prisionero en la región de Famatina expulsándolo preso hacia Chile junto con
sus más allegados colaboradores, a la vez que desterraba a los únicos sacerdotes
que había en ese entonces, los PP. Trueno y Carvajal, cambiando los miembros
del Cabildo por parciales suyos." (Achával, 1989:42-43).
"En verdad el santo Evangelio no fue introducido por Aguirre, sino por Núñez
de Prado a quien acompañaron tres sacerdotes, de los cuales ya hemos visto que
Gomar murió y que Trueno y Carvajal fueron expulsados por Aguirre, que no trajo
ninguno y que no se caracterizaba por su religiosidad." (Achával, 1989:24).
Textos que conducen a afirmar, finalmente, el fuerte catolicismo de los santiagueños,
completando así el perfil del sistema social que se proclama y cuya historia
se escribe:
"Una vez asentados, construyeron el fuerte y se repartieron solares a los
primeros colonizadores, cumpliéndose el mandato de fundar 'un pueblo de cristianos'
en el Tucumán" (Alen, 1992:45)
Nótese, por lo demás, el uso del término “colonizadores” y no “conquistadores”,
en clara vinculación con el concepto antes esgrimido de
".la gloriosa cruzada de su civilización y poblamiento, asumida como una
misión popular y evangelizadora desde la fundación de Santiago del Estero" (Achával,
1989:12)
Misión evangelizadora que atraviesa el espíritu de los españoles:
"La colonización fue, fundamentalmente, inspirada en afanes misionales,
desde su iniciación, y nadie, en España, desde el rey para abajo se desentendió
de ello, tanto que bien se ha dicho, que, como las guerras contra los moros,
fue, también, una verdadera cruzada nacional" (Achával, 1989:24)
Y que hace que éstos, al dejarlos Aguirre sin sacerdotes, refuercen de distintos
modos su fe y religiosidad, dejando sentada claramente, de ahí en más, el fuerte
catolicismo santiagueño en la comprensión de los hechos, de la historia y en
la constitución de su sistema social.
".la falta de sacerdotes tenía muy mortificados a los santiagueños, tanto
que estuvieron a punto de doblegarse su ánimo y salir en busca de tierras más
hospitalarias, pero sobre todo porque -como dice el Capitán Hernán Meijía de
Miraval en su Probanza- 'abrumados los españoles andaban por dejar la tierra
y salir de ella a hacer confesar y bautizar a sus hijos'. (.) 'Todos los lunes
y sábados -agrega Juan Cano, alcalde en 1585- iban en procesión con una cruz
dende la iglesia mayor a una ermita de Nuestra Señora cantando las letanías.e
hacían oración ante un altar.e volvían con la misma orden'." (Achával, 1989:52).
"Con verdadera desesperación transcurrieron los primeros años de la ciudad
por falta de sacerdotes y oficios religiosos. Hasta que Mejía de Miraval encabezó
una expedición a Chile en 1556, atravesó con grandes penurias la cordillera
y regresó trayendo al P. Juan Cedrón, ex capellán de Diego de Rojas. (Alen,
1992:56).
Así, los núcleos temáticos trazados instalan la fundación como hecho “fundante”
del mundo social, a partir del cual se instituye la sociedad constituida, la
sociedad “civil” y “civilizada”, a la vez que instaura el derecho de los fundadores
a gobernar y gobernarse, a decidir y planificar el destino –su propio destino
y el de los otros- por un acto justificado que borra la apropiación ilegítima
del poder: los otros –aborígenes- son ajenos, externos, extraños, extranjeros
al sistema social, y sólo pueden tener cuanto más una relación clientelar con
el poder.
Esta construcción del sistema social poniendo en el centro y eje del gobierno
a los españoles y su descendencia, requerirá de una segunda validación durante
el período independiente. Ese es el momento de la enunciación del segundo mito
de origen: la firma del Acta de la Autonomía.
Segundo mito: la firma del Acta de la Autonomía
Perdido en 1699 el rol hegemónico por traslado de la capital de la Gobernación
a Salta y posteriormente a Tucumán, y de la sede episcopal a Córdoba, Santiago
del Estero quedó subordinada como tenencia de gobernación a Tucumán.
Las complejas circunstancias nacionales que llevaron a convocar a un Congreso
Nacional en Córdoba en 1820, generaron un conjunto de controversias en torno
a la designación de los representantes santiagueños, en las que intervino Bernabé
Aráoz, que había asumido la gobernación del Tucumán, presionando por la fuerza
la elección de los congresales santiagueños. Era la pretensión de Aráoz la de
conformar una República del Tucumán integrada por Tucumán, Santiago y Catamarca,
hecho que se contraponía a los anhelos autonomistas de los santiagueños, quienes
inician un juego de ofertas y dilaciones a los que Aráoz responde mediante acciones
de fuerza, enviando hombres a cargo del Capitán Echauri para normalizar la situación
santiagueña. Es en esas circunstancias que entra en escena Juan Felipe Ibarra,
comandante de la guarnición de Abipones, con el beneplácito de la población
santiagueña. Esta entrada de Ibarra en la ciudad, con escaramuzas que se libran
en la misma el 31 de marzo de 1820 frente al templo de Santo Domingo, culminará
con la firma del Acta de Autonomía el 27 de abril del mismo año.
En el momento en que se reconfigura el mapa y el origen del Estado, en que
un giro institucional da nueva forma al sistema y reposiciona a los actores,
es necesario asegurar y aclarar la distribución de las relaciones de fuerza
y de poder y de convalidar los títulos que acreditan el derecho a gobernar.
El relato de la firma del Acta tendrá como objeto legitimar a los antiguos vecinos
–de ascendencia española- como nuevos padres de la patria: una nueva fundación
de la sociedad civil, una reafirmación de la voluntad de autogobierno y de la
apropiación del poder del Estado por los firmantes, puestos en la base de la
nueva nación. Se trata, ni más ni menos, que el mito de fundación del actual
patriciado local.
Veamos como nos cuentan la historia, sus significados y sus entretelones:
"Trábase la lucha en las intendencias, en los cabildos, en las ciudades.
Tiene lugar, de inmediato, la crisis del año XX, fecunda en creaciones, tanto
que la propia Buenos Aires se constituye en provincia al igual que sus hermanas
del interior. Por ello el doctor Emilio Ravignani, en su Historia Constitucional,
sentencia: 'Los años comprendidos entre el 15 y el 21, son años fecundos en
la formación definitiva de las provincias, es decir, del federalismo argentino".
(Achával, 1989:271)
Estamos ante una nueva fundación de la Patria tal como la conocemos ahora:
el sistema de provincias federales que conforman la actual Nación Argentina;
pero más aún, estamos asistiendo a la constitución del Estado Provincial con
capital y territorios circundantes:
"Este cabildo abierto del 31 de marzo tiene para Santiago del Estero la
trascendencia del de Mayo dentro de la patria argentina. Su presidente Gorostiaga
fue el Cornelio Saavedra santiagueño (.). Encontró la fórmula justa para romper
los vínculos de la dependencia y ejercer el derecho al gobierno propio. De ahí
entonces, que el 31 de marzo de 1820 asuma para Santiago del Estero la significación
del 25 de Mayo de 1810. En ese evidente paralelismo de lo nacional con lo local,
el 27 de abril de 1820, fecha de la solemne declaración de autonomía, equivale
al 9 de Julio de 1816, y merece la reverencia del pueblo santiagueño". (Alen,
1992:266).
Ya tenemos pues situada en su exacta dimensión el hecho de la firma de la Autonomía,
fundación de la república, patria chica que nos contiene, y cuyo texto, escrito
por los santiagueños, es un
".notable documento que, como afirma Alen Lascano, indica 'dentro de los
legisladores santiagueños una madurez superior a los ideólogos comunes de la
época', ha merecido el juicio laudatorio de los historiadores. Vicente Fidel
López expresa: 'Lo que es admirable y digno de sorprender a los que familiarizamos
con las peripecias históricas de nuestro país, es el tenor de las declaraciones
constitucionales y políticas con que la subtenencia de Santiago del Estero se
erigió en provincia. Ninguna otra levantó entonces más alto ni más luminosamente
los grandes principios de la reorganización federal; ninguna otra los tocó ni
los produjo de una manera más neta y categórica" (Achával, 1989:280).
Es así que tenemos, no sólo la formación de la sociedad civil, sino la del
Estado mismo en el modo en que hoy lo tenemos, adquirido, logrado, alcanzado
por un grupo selecto de patriotas locales.
Este acto de fundación del Estado coincide, además, con una segunda legitimación:
la designación del Gobernador Ibarra con el apoyo unánime de los vecinos y el
“pueblo” santiagueño:
"Cerrados los caminos normales de una transformación pacífica evolutiva,
ocurrió un suceso de vasta importancia. Los elementos moderados y el partido
autonomista, hasta ahora de base política urbana, coincidieron en el rechazo
de la ficción fraudulenta. A este empalme aleatorio de oposiciones concurrían
también ahora los Taboada y su núcleo vinculado con el elemento popular de la
campaña con nexos familiares cercanos al comandante de Abipones. (.) Estábase
en presencia de una nueva integración política que nucleaba las mayorías santiagueñas,
y los dirigentes más lúcidos tenían el empeño irrevocable de llegar a la independencia
interna sin caer en los errores de Borges. Comprendían que solamente una movilización
general del territorio y sus masas salvaría la situación, siendo aventurado
fiarse del ámbito comunal. El único caudillo prestigioso recibió ruegos dispares
de fuerzas de distinta composición social e ideológica, y quizás con distintos
objetivos. Sin embargo necesariamente recurrían a él; unos u otros buscando
actuar con Ibarra, o servirse de Ibarra según sus particulares propósitos. E
Ibarra entraba en escena seguro de que nadie podría sostenerse sin una base
campesina firme. Ya no eran suficientes las milicias vecinales y orilleras.
Paisanos convertidos en montoneras criollas iban a crear un nuevo Estado fundado
en un nuevo orden, y allí comenzaron a surgir las formas primeras: 'Sus jefes
se federan: una Patria sin Europa; Igualdad. Cada jefe lo es por voluntad de
los suyos: una lanza, un voto. Y éste es así, montaraz el comenzar del genuino
elegir y legislar, causa de las causas nacionales" (Alen, 1992:264-5).
Legitimación que no sólo legitima el Estado, sino un primer borrador de la
participación popular y del derecho al voto. Ibarra aparece así en el relato
como el aglutinante que borra las diferencias y hace aparecer, por una vez,
como un todo armónico, homogéneo y completo, el sistema social: es necesario
ese pacto inicial en que todos los actores coinciden para que luego se legitime
el sistema, para que nadie quede excluido, para que cada uno acepte, de ahora
en más, el rol que le fue asignado, para que todos y cada uno acepten la preponderancia
y la necesidad del caudillo, que con mirada clara puede prefigurar el futuro.
"Ibarra, al ascender al poder, lo hizo con el apoyo tanto de las clases
altas de la ciudad y de los grandes señores del interior como con el de las
masas suburbanas y campesinas". (Achával, 1989:281).
En el momento del nacimiento del estado provincial coincide una unidad necesaria
a tales fines.
"La confluencia esporádica de todas las fracciones locales fue aprovechada
por Ibarra para consolidar el estado naciente. No podía desaprovechar la circunstancia
de haber recibido en su elección los votos de figuras distinguidas del patriciado
hispánico, de la burguesía revolucionaria, la milicia y el clero. Por haber
surgido de una base de legitimidad incuestionable, pudo aglutinar a hombres
significativos con un ideal de mejoras sociales bien definidas" (Alen, 1992:280).
¿Quiénes son esos hombres significativos con un ideal de mejoras sociales,
próceres preocupados por el bienestar común, a quienes tanto –y todo- deben
de ahí en más los santiagueños? Fundadores de la patria, grupo llamado a gobernar,
a legislar, a planear un conjunto de mejoras sociales destinadas al bien común,
pues llenos de ideales plasman el ideario del conjunto de la sociedad.
“Interesa rescatar póstumamente los nombres de los miembros de aquella
histórica asamblea en su totalidad y representatividad: Por Capital: Manuel
Frías y Martín de Herrera; Loreto, Manuel Caballero; Soconcho, Manuel Alcorta;
Silípica, Pedro Pablo Gorostiaga; Salavina, Miguel Maldonado; Asingasta, Mariano
Santillán; Sumampa, Pedro Rueda; Matará, Fernando Bravo; Guañagasta, José Antonio
Salvatierra; y Copo, Dionisio Maguna. (…) Por renuncia del licenciado Bravo
se encomendó la secretaría ad hoc a don Juan José D’Auxion Lavaysse. Antiguo
mariscal napoleónico, llegó en 1817 a Santiago y formó familia con doña María
Tránsito Isnardi entre cuyos hijos figuró el presbítero Benjamín Lavaysse diputado
santiagueño al congreso constituyente de 1852-53” (Alen, 1992:269).
"Hijo (Juan Felipe Ibarra) del sargento mayor de la frontera del Salado,
don Felipe Matías Ibarra, emparentado con los conquistadores Ramírez de Velazco
y Toledo Pimentel y heredero de dignos blasones de la nobleza vasco-española,
sus antepasados directos se destacaron en lo castrense y lo misional hasta aposentarse
en sus haciendas de Matará. D. Felipe Matías casó a fines del siglo con la joven
María Andrea Antonia de Paz y Figueroa, hija de don Francisco Solano de Paz
y Figueroa e ilustre tronco de distinguida descendencia. (.) Y una de sus hermanas,
Águeda Ibarra, era casada con Leandro Taboada, comandante de Matará y miembro
de esa familia de activa figuración pública. Dichos antecedentes ubicaron a
Ibarra entre los miembros conspicuos del patriciado santiagueño." (Alen, 1992:277-8).
Así, desde la escritura, vuelve a fundarse el patriciado y opera como legitimador
del sistema social, fundación originaria y nueva para los nuevos tiempos de
la nueva república. Estos nuevos padres de la patria son los padres de la nueva
sociedad y la nueva nación, y constituyen, por la firma del acta, y por la escritura
de la historia, una “lista civil” de candidatos no sólo a ocupar puestos y cargos,
sino al matrimonio en una sociedad endogámica.
Por lo demás, Santiago del Estero vuelve a estar en la base de la fundación
de la Nación Argentina:
"Jaqueado siempre el territorio por las amenazas indígenas no subsanadas
con el fortín de Abipones, el comandante Ibarra emprendió desde allí una vasta
ofensiva bélica sobre los indios chaqueños. (.) Fue otro de los grandes esfuerzos
civilizadores aportados por Santiago del Estero en la guerra al malón, faz no
menos trascendente de las guerras patrias que tuvieron siempre las contribuciones
correspondientes a la honrosa tradición de la vieja Madre de Ciudades." (Alen,
1992:259).
".los cabildantes tomaron a su cargo la respuesta escrita el 7 de abril,
que rebosa federalismo, repudio a las tratativas monarquizantes (promovidas
por el Directorio y los porteños) y apoyo al caudillo oriental (Artigas, que
había enviado una carta que no se había respondido). El día 5, Ibarra envió
a Buenos Aires la adhesión y promesa de elegir diputados ante el congreso establecido
en el Tratado de Pilar, primero de los grandes pactos preexistentes de la organización
federal, que contó con la solidaridad santiagueña." (Alen, 1992:267).
"Es que sin Ibarra nada se haría ni se hubiese podido hacer. Sin él el ideario
federal no habría podido afianzarse ni en Santiago ni en el norte del país".
(Achával, 1989:281).
Así, la escritura de la historia no es suma de escrituras a destiempo de distintas
acciones, sino escritura sincrónica de distintos tiempos con un mismo fin. Un
texto refiere a otro y éste al primero; engarza sobre la escritura anterior,
sobre la que se funda, para retomar o reforzar su discurso; trama de sentidos
que se entreteje, construyendo la verdad y la historia, mítica y consolidante,
de los padres de la Patria.
Rodolfo Legname.
BIBLIOGRAFÍA:
- Achával, José Néstor: Historia de Santiago del Estero. Universidad Católica
de Santiago del Estero, Santiago del Estero, 1989.
- Alen Lascano, Luis C.: Historia de Santiago del Estero. Plus Ultra, Buenos
Aires, 1992.
- Murilo de Carvalho, José: La formación de las almas. El imaginario de la
República en el Brasil. Universidad Nacional de Quilmes, Buenos Aires, 1997.
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