NUESTRA ESQUIVA
IDENTIDAD
Fragmentación cultural y memoria histórica
Víctor Díaz Gajardo [1]
Introducción
Si hay un tema que ha acaparado la
atención de sociólogos, filósofos e historiadores en los últimos años es el
de la identidad latinoamericana; la cual, junto con al modernidad, ha sido
el centro de discusión, encuentros y desencuentros en los anteriores capítulos
del Corredor de las Ideas [2] .
Sin un afán de alimentar supuestas polémicas o de exasperar ánimos, este trabajo
pretende abordar el tema de la identidad latinoamericana desde una reseña
histórico-propositiva ara poder ser aplicada en las aulas en pos del triple
trabajo rescate, reconstrucción y refuerzo de nuestra identidad.
Según el sociólogo chileno Jorge Larraín,
“la pregunta por la identidad surge en momentos de crisis, de cambio histórico
y cambio social” [3] ; y América
Latina ha tenido muchas crisis que han puesto de manifiesto el tema de nuestra
identidad. Crisis y cambios sociales que provocan transformaciones culturales,
sincretismo, mestizaje y adaptación. Bajo esta lógica, para el propósito
del presente trabajo, analizaremos el pensamiento latinoamericano del siglo
XX en torno a este tema.
Consideraciones preliminares o repaso histórico
Durante las últimas décadas del siglo
XIX, Latinoamérica estuvo inspirada en la corriente de pensamiento positivista
de la ilustración occidental, la cual fue transmitida y asimilada por los
pensadores latinos, quienes consideraban que el racionalismo, al ciencia y
la educación redefinirían nuestra identidad bajo el modelo científico-racional
europeo de fuerte contenido racista. Sin embargo, no es hasta las décadas
del 20 al 40 cuando aparecen trabajos importantes sobre el carácter latinoamericano,
los cuales fueron consistentemente críticos sobretodo con la adopción del
racionalismo europeo y el materialismo norteamericano
[4] . Así, aparecen distintas voces como José Martí en Cuba, Rubén Darío
en Nicaragua, José Vasconcelos en México, Rufino Blanco Fombona en Venezuela,
Manuel Ugarte en Argentina, entre otros.
Tales trabajos insistían en que América latina
era diferente al modelo occidental, tal como lo planteaba hacia 1900 José
Enrique Rodó en su obra Ariel, donde criticaba el afán latinoamericano
de copia de modelos extranjeros, especialmente norteamericanos, y sostiene
que nuestro continente posee un mayor sentido idealista de la vida que unos
Estados Unidos excesivamente materialistas y utilitaristas
[5] . Del mismo modo Vasconcelos, en su obra La raza cósmica,
exalta los valores del mestizaje y de la raza latina, la cual es capaz de
asimilar otras culturas y no de destruirlas, como los sajones
[6] . Contemporáneo a estos autores, aparecen trabajos de corte indigenista
tanto en México como en Perú, “donde habían existido las civilizaciones más
importantes y donde sobrevivían las comunidades indígenas más numerosas” [7] . Estos trabajos, lejos de ser una postura
uniforme en nuestro continente, proponían cambiar la prevalente visión negativa
de los indios como atrasados y faltos de civilización, y llamaba a implementar
reformas sociales que favorecerían a las empobrecidas comunidades indígenas,
engrandeciendo la pureza de la raza indígena y rechazando las supuestas virtudes
del mestizaje [8] .
En las décadas siguientes prevaleció el sentimiento
de inferioridad de nuestro continente frente a ‘lo occidental’ [9] , en donde la industrialización, la modernización
del Estado se transformaron en los discursos generales, influenciados por
la sociología norteamericana y los pioneros trabajos de la CEPAL. La idea
de desarrollo, de sociedades en transición a la modernidad mediante el cambio
social acelerado, era crucial; el modelo eran aquellos países de Europa y
Norteamérica que ya se habían desarrollado.
En la década siguiente, florecen las corrientes
marxistas y socialistas “como reacción a los fallidos procesos de industrialización
sustitutiva, la falta de crecimiento económico sostenido y el número creciente
de contradicciones que aparecían como consecuencia de la pobreza que aquejaba
a amplios sectores de la población”
[10] . Para entonces, modernización capitalista era un triste sinónimo
de imperialismo. Aquella utopía de ver brotar la sociedad socialista en
Latinoamérica fue troncada abruptamente por una serie de dictaduras militares
que “trataron de imponer otro patrón de desarrollo, esta vez el patrón neoliberal,
con consecuencias que hasta el día de hoy resultan dramáticas: las violaciones
de los derechos humanos, los desaparecidos, el hambre, la cesantía, la mala
redistribución del ingreso, etc” [11] .
Los pensadores latinos de esta fecha piensan
que nuestra experiencia ha sido un rotundo fracaso; y la discusión en torno
a nuestra identidad –según Larraín- vuelve a la carga a través de una especie
de neoindigenismo, parecido al de los años ’20 y ’30, pero esta vez en un
contexto mucho más contemporáneo. Nos referimos a autores como el uruguayo
Eduardo Galeano y el peruano Aníbal Quijano. Galeano, por ejemplo, propone
recuperar un modo de producción comunitario y un modo de vida fundado no en
la codicia, sino en la solidaridad, en las viejas libertades y en la identidad
entre los seres humanos y la naturaleza [12] un poco más radical, Quijano nos propone que la razón latinoamericana
-distinta a la razón instrumental europea- es más maravillosa y dramática,
“que se fija más en los fines que en los medios y que caracterizaba a las
comunidades indígenas que tenían un sentido público que no era coetáneo con
el Estado, sino separado de él” [13] .
Finalmente, desde la década de los 80’s, la idea
de una oposición entre el modelo cultural latinoamericano y el modelo cultural
ilustrado europeo ha recibido un apoyo incondicional con el surgimiento del
postmodernismo, el cual cuestiona la idea de una verdad general y desconfía
de las teorías totalizantes que proponen la emancipación universal. Para
el postmodernismo “el mundo carece de coherencia y por lo tanto una representación
unificada del mundo es imposible; todo lo que existe es una colección de fragmentos
en perpetuo cambio” [14] .
Por eso no hay una sola historia ni un punto de vista comprensivo que la pueda
entender como un todo. De allí el énfasis postmodernista en la discontinuidad
y la fragmentación; los cuales serán nuestros puntos de enlace y comprensión
con la memoria histórico-social.
Fragmentación cultural y memoria histórico-social
Néstor García Canclini en su ya célebre
obra Culturas híbridas, plantea que nuestro continente “es el resultado
de la dicotomía entre tradición versus modernización, de culto versus popular” [15] . Según Rodolfo Kusch, hay
dos logos en nuestro continente que no siempre conjugan el mismo verbo
identitario. En primer lugar habría una América periférica, austral que sería
dominio de la tradición occidental, depositaria del individualismo, del mundo
secularizado, de la racionalidad instrumental y la modernidad que simbolizaría
la equivalencia entre "ser alguien" y la acción volitiva del ser
humano en el estandarte del control y el dominio, que vive constantemente
en una escalada por trascencenderse a sí mismo y suprimir al otro en la competitividad
y exclusión.
Por otro lado, al interior de América en su "profundidad",
existiría una cosmovisión diferente y conservada a pesar de la conquista occidental.
Este logos no está orientado a la definición sino más bien dirigido
hacia el "aquí y el ahora" como una perspectiva de encuentro, donde
predominaría una dimensión colectiva de lo humano sobre una individual, la
totalidad sobre la particularidad y una concepción de pertenencia al entorno
ajustando el mundo a un sentido mítico y religioso, el sujeto "se vive"
como domiciliado en su circunstancia, desde la cual se desprende su sentido
ontológico particular referido "al estar" [16] . En este punto Kusch realiza
un análisis acabado y genial de las diferencias ontológicas de nuestra América
multicultural y sincrética que en definitiva se oponen a la homogenización
y a la globalización de nuestra cultura social, impidiendo por razones “del
ser latinoamericano” la homogenización de una identidad.
Es decir, y como dice García Canclini, la hibridación
de América Latina sería “una articulación compleja de tradiciones y modernidad,
semejante al mestizaje y al sincretismo, no obstante lo diferencia del primero
por cuanto no quiere significar sólo procesos raciales, y del segundo, porque
no quiere tratar sólo de fenómenos tradicionales”
[17] ; vale decir, “una concepción amplia y contemporánea de la combinación
y mezcla cultural entre tradición y modernidad” [18] .
Ahora bien, y como señala Larraín, la postmodernidad
actual de nuestro continente se caracteriza por la fragmentación y discontinuidad
cultural, la cual se caracterizaría por una serie de intersticios o vacíos
culturales, los cuales –según nuestra lógica- serían ocupados por elementos
foráneos, provenientes de la globalización y de la forzosa apertura cultural
que ella provoca. Estos elementos reemplazarían imágenes, sonidos, sabores,
etc., los cuales –y gracias a la fragmentación cultural híbrida de nuestro
continente- son incorporados y asimilados rápidamente como propios de nuestra
identidad. La cultura global de masas tiende a la homogenización de las
demás culturas sin disolverlas, opera a través de ellas. Por eso tiene un
idioma universal que es el inglés, que sin desplazar a las otras culturas
las hegemoniza. En este sentido, lo local y lo exótico es sacado de su contexto,
reempaquetado y vendido, es decir, “lo global no reemplaza a lo local, sino
que lo local opera dentro de lo global”
[19] . Por ejemplo, al mismo tiempo que Europa o Norteamérica se llenan
de restoranes de comida tailandesa, música afroamericana y pinturas primitivas
neocelandesas; nosotros aprendemos a jugar Nintendo, a saborear hamburguesas
McDonalds y a beber la inigualable cerveza Heineken.
Este bombardeo constante y sostenido de elementos
defragmentados de distintas culturas provoca -sobre todo en la juventud- lo
que el filósofo español Daniel Inenarity llama ética indolora [20] , caracterizada por la no fijación cultural, descompromiso
con el presente y por ende con la idea de futuro; es decir, una especie de
dislocación cultural y amnesia histórica. No profundizaremos en este punto
sobre la amnesia histórica, pero sólo argumentaremos que se caracteriza por
3 puntos importantes en nuestro continente: a) rechazo al saber histórico
y al pensamiento crítico; b) repudio al compromiso con el presente; y c) desvaloración
de la cultura propia. Todo esto se resumiría en la notoria falta de compromiso
con el presente y en el sentido de pertenencia social, algo que actualmente
rebota en casi todos los ámbitos de nuestra cultura [21] .
El desafío desde las aulas
La gran mayoría de nosotros hemos sido socializados
bajo una visión tradicional de la historia, tanto en lo relativo a sus temas
y enfoques como a sus métodos. La enseñanza de la Historia siempre ha sido
utilizada con fines ideológicos, donde el enfoque tradicional y conservador
ha puesto énfasis en la historia política, los grandes personajes, la narrativa
de hechos históricos y la construcción de conocimiento a través de los documentos
escritos que apelarían a la objetividad de esta disciplina. Esta historia
debidamente formalizada y reconocida se aleja y toma distancia crítica de
nuestra memoria, la de la sociedad en un sentidos más amplio, que podemos
llamar “memoria social”. Es en estos casos extremos que la historia se hace
“historia oficial” y la memoria social deviene en “memoria de resistencia”
[22] .
Afortunadamente en Chile, desde hace unas 2 décadas
atrás se viene trabajando una nueva historia, con nuevos enfoques y apuntada
más alo cotidiano y alo social, que se alimenta de esas “memorias de resistencia”
y la “memoria social”, para construir su conocimiento. Para esta Nueva Historia
es tanto más importante el papel que juegan en la historia la gente común
y los movimientos sociales de base que han encarado los trabajadores, las
mujeres, y más ampliamente, los movimientos populares; es decir, una historia
“desde abajo”. De este modo en la medida que la historia amplió su campo
de interés, debió también ampliar el campo de sus fuentes, valorando, por
ejemplo, el testimonio y la historia oral
[23] . Se trata entonces del rescate de nuestras costumbres populares
que en definitiva caracterizan lo local de cada región, lo esencial de cada
comunidad; más que la popularización de la cultura, estamos hablando de elementos
que han ido desapareciendo en nuestro bagaje cotidiano y que –en definitiva-
han sido reemplazados por los elementos foráneos de los cuales enumerábamos
anteriormente.
Estos elementos de memoria social están
presentes en cada familia, en cada comunidad y forman parte de nuestro pasado.
Reconocerlos como propios es contribuir al fortalecimiento del sentido de
pertenencia del que nos habla McLaren, y que día tras día se pierde en este
mundo postmoderno y globalizado. Por tal razón, apelamos a la enseñanza de
la historia y memoria social en las aulas latinoamericanas, reconociéndonos,
como diría García Canclini, tanto mestizos como híbridos; o en palabras de
Kusch, pulcros y hedientos.
La disciplina histórica es una herramienta que
per se ha permitido la construcción de identidades nacionales; y –como
se señaló anteriormente- debiese apuntar a nuevas expectativas de conocimiento.
Por tal razón, nuestra propuesta de búsqueda, construcción y refuerzo de la
tan bullada identidad latinoamericana, debiese estar apuntada a la recuperación
de la memoria popular como un elemento indispensable para lograr vencer el
fantasma del positivismo y la amnesia histórica. Para ello, nuestra invitación
a los profesores de historia, está apuntada hacia la utilización de la memoria
y sus fuentes alternativas –relatos orales, entrevistas, foros comunitarios
(individuales y grupales), talleres de charlas, encuentros, programas radiales,
etc.- como mecanismos de construcción de conocimiento histórico y de construcción
de identidad, donde los participantes experimentarán el formar parte de una
historia, de contar con un pasado tan importante como el de los grandes próceres
de la historia de los textos de estudio, es decir, “sentirán la historia más
cercana y acorde con su propia realidad”
[24] .
De esta forma, profesores e investigadores debiesen
trabajar “la recuperación de la memoria social y popular como un factor relevante
de la identidad popular [25] ",
la cual "apuntaría a la elaboración de un producto cultural que reforzaría
los procesos identitarios" [26] tan necesario en nuestra América de hoy.
En definitiva, nuestro no es más que el de poder
construir y alimentar nuestra identidad a través del desarrollo efectivo y
sistemático de metodologías de recuperación de nuestra memoria a través de
las historias locales, las que en suma, “pueden aportar sobre la conciencia
y la identidad local, en el sentido de hacerla explícita, compartida y reconocida
socialmente” [27] .
BIBLIOGRAFÍA
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