El turismo cultural: gestión de partes interesadas y la complejidad
del equilibrio
Alfredo Ascanio,Ph.D
Universidad Simón Bolívar
Caracas-Venezuela
Planteamiento del problema
Si partimos del hecho de que el paisaje cultural es una unidad
formada por varios elementos y que por si mismo constituye un recurso
turístico de primera importancia, al igual que el paisaje natural,
entonces es posible, siguiendo la metodología de María Laura Boria
(Boria, 2000: 36-57), hacer un relevamiento y clasificación de esta
dimensión, desde un enfoque sustentable.
El tejido sociocultural de la población residente, como lo señaló
en su momento Regina G. Schlüter, es indispensable por la originalidad
de las culturas y la necesidad de respetar el patrimonio moral de
los pueblos visitados (Schlüter, 1994: 127). Al existir también
la ecología humana, que se forma no sólo por herencias sino por
un proceso complejo de socialización, es necesario tener cuidado
de no utilizar el término turismo cultural, como una estrategia
de marketing solamente orientada a promover, en forma de espectáculo
y para su mejor venta, lo que supone otros valores más relevantes.
Según Lieve Coppin, citada por Schlüter, lo ideal sería que el
aporte del turismo en áreas ambientalmente frágiles, contribuya
no sólo con el mejoramiento económico de las comunidades locales,
sino en su educación y participación (op.cit , 128). En este sentido
es necesario "reinventar el turismo"(Ascanio, 1998, 7-23) , cambiando
la cultura organizacional de los entes que lo promueven, tanto públicos
como privados. O sea, estamos planteando el problema siguiente:
¿cómo hacer que la comunidad receptora sea dueña de su propio destino
turístico? ; ¿cuál es el verdadero propósito del turismo, en un
lugar que por su propia naturaleza es frágil y no debe ser alterado?
Desarrollo vs. conservación
El turismo como negocio realmente crea un conflicto entre la no
degradación del medio (y de su cultura) y el aspecto económico para
hacer rentable los capitales invertidos. Al movilizar poblaciones
demandantes de esparcimiento y distracción en espacios culturales
autóctonos, es posible que no se logre una economía de escala, que
permita conseguir una adecuada rentabilidad de los capitales invertidos
para esos paquetes turísticos. Entonces: ¿cómo captar un nicho de
mercado suficientemente importante, como lo ameritaría el negocio
del tour operador; y cómo dosificarlo para que no se convierta en
turismo masivo?; y, además , ¿cómo planificar y manejar el área
visitada para que se minimicen los impactos dañinos ?
Hacia una estrategia compartida. Un equilibrio complejo
Es necesario pensar en un conjunto de estrategias entre los actores
y con su propia sinergia. Se debe articular la capacidad gerencial
del ente rector del turismo, con una política clara sobre el asunto
(el turismo cultural); y establecer un monitoreo para tener la seguridad
de que se cumplan las "reglas del juego", establecidas para que
los tour operadores y otros negocios privados, tomen conciencia
de sus responsabilidades y no dañen el sitio visitado. A su vez,
los comerciantes del turismo, deberían buscar fórmulas para hacer
más rentable su negocio y para ello pueden recurrir a la utilización
de espacios geográficos de cercanías (paquetes de multidestinos
como, por ejemplo, Costa Rica-Belize, Costa Rica-Guatemala); y la
comunidad receptora tendría que estar preparada para no dejar que
su patrimonio genuino sea vilmente comercializado.
El asunto pareciera que tiene que ver con los necesarios equilibrios.
La optimización en este aspecto es casi imposible. Lo que si puede
ser peligroso son las decisiones extremas. Por ejemplo, si contrastamos
las decisiones de la Dirección de Parques Nacionales de Argentina,
en el parque Nahuel Huapi y en la época de Exequiel Bustillo, con
la decisión venezolana sobre el Parque Nacional Canaima, en la época
del director de Parques, José Rafael García; allí veremos que en
el primer caso, se buscaba combinar el crecimiento económico de
la región, con la conservación del sitio: un enfoque "desarrollista",
hasta cierto punto arriesgado ; y en el segundo caso, se trataba
de ser más conservador y ortodoxo, pues se prefería la conservación
en forma casi total y minimizar la presencia turística. Ambas políticas
eran extremas y a la larga podían crear problemas por exceso o por
defecto.
En cuanto a los Tour Operadores, ellos se felicitan de que surja
un nuevo nicho de mercado, pero la tendencia siempre será su explotación
masiva, pues su enfoque es estrictamente económico y financiero.
Fue Jafar Jafari quien se refirió a la plataforma optimista del
turismo y a la plataforma pesimista. La primera privilegiaba los
impactos favorables, como: la reducción de barreras lingüísticas,
raciales, religiosas y políticas, así como el refuerzo de las tradiciones
locales. La segunda se refería, por el contrario, a los impactos
dañinos, como: la formación de estereotipos, la xenofobia, la aparición
del crimen, la prostitución y otros daños en la sociedad de acogida.
Frente a este debate polarizado, surgió entonces propuestas sobre
el llamado turismo alternativo de bajo impacto, que podían asegurar
la sustentabilidad. No obstante, esas propuestas han sido un remedio
parcial, ya que el turismo masivo ha continuado con toda su fortaleza.
La plataforma del conocimiento surge entonces, a nivel de la academia,
con la idea de indagar el porqué de los impactos y minimizar los
que sean dañinos e irreversibles; es decir, que el turismo del conocimiento
científico tiene un valor indudable para el futuro de esta actividad.
(Jafari, 1999: pp.5-20)
Lo que sucede en el mundo real
Si uno revisa las experiencias de los pobladores autóctonos de
una región determinada, se encuentra que antes del turismo ya habían
sido impactados por visitantes que llegaban a las comunidades con
fines religiosos. En efecto, nos recuerda Schlüter, citando a Cornaglia,
(op. cit, p.137), que en la zona del Lago Nahuel Huapi, en la Patagonia
Argentina:
Los primeros pobladores del área fueron los Tehuelches,
los Puelches y los Pehuenches cuya cultura fue notoriamente
influenciada por el pueblo araucano, y estuvo expuesta a las
acciones evangelizadoras de los misioneros jesuitas y
franciscanos.
Otro de los impactos, anterior al turismo, fueron las guerras
de conquistas y las corrientes migratorias, que muchas veces impusieron
su cultura propia y pudieron eliminar los elementos culturales originales
del sitio.
En la búsqueda de ese equilibrio imaginario, entre los intereses
de varios actores y entre el desarrollo y la conservación, existe
siempre el peligro, por un lado: de masificar la oferta; y por el
otro: de abandonar el lugar a su propia suerte. Nos estamos refiriendo,
de nuevo, al caso de San Carlos de Bariloche, en Argentina; y al
Centro Turístico de Canaima, en la Gran Sabana venezolana.
En 1990, en Bariloche se contabilizaron 2.834 habitaciones de
alojamiento turístico; en cambio, en Canaima apenas si existían
370 habitaciones, incluyendo los campamentos fuera del parque y
hasta la frontera del Brasil, al sur de Santa Elena de Uairén e
incluyendo El Paují (Kline's, 1997: 277-297). Ese sólo dato, referido
a la capacidad de alojamiento, nos estaría indicando que en Bariloche
se había sobredimensionando la actividad lúdica y por ello se privilegiaba
el turismo de masas; y que Canaima, se había quedado rezada a un
pequeño turismo contemplativo, muy poco depredador del medio, pero
sin generar riqueza para el país y para la comunidad de acogida.
Las opiniones de los posibles afectados
Para un desarrollo basado en el consenso de los actores, se debe
promover la discusión de los proyectos turísticos, especialmente
con los posibles afectados y en especial, discutir los impactos
probables y las medidas alternativas de mitigación si fuesen necesarias.
Es necesario de nuevo plantear estos problemas: ¿cómo percibe la
comunidad al turismo en relación son su identidad étnica?; ¿cuál
es el punto de vista de los diversos agentes y actores sociales?;
¿cómo se han planteado los criterios sobre el manejo del negocio
turístico y cómo se ejerce el poder por cada uno de los actores?
La autorreflexión sobre las representaciones culturales es un
elemento básico en el diseño de un proyecto, especialmente si trata
de preservar los recursos culturales autóctonos -simbólicos y sociales-
y reducir la posibilidad de una alienación a causa de un proyecto
(Dupey, 2000, 79), o al menos limitar la promoción de lo exótico
que sólo beneficiaría a la empresa promotora y al turista. En este
sentido Aguirre Batzan, citado por Ana María Dupey, nos indica lo
siguiente:
.el turista busca la utopía de los diferente, para poder comprobar
su propia identidad.esto ha llevado al exotismo mercantil, por el
que se compran sensaciones contrastantes.aunque el turista mantiene
su dominio simbólico, el cual reafirma su poder económico y legitima
la superioridad de su cultura de origen (op. cit., pp. 80-81).
Es así como, desde una óptica funcional, Sautter y Leisen sostienen
que "todas las partes o intereses implicados o afectados.en un mercado
o comunidad determinada deberían gestionar conjuntamente el sistema
turístico" (1999: 102). Un ejemplo que señalan estos autores es
el que corresponde al papel del turismo étnico en Gales, el cual
impulsa su cultura diferenciada al dar a conocer al visitante su
carácter, historia y cultura. Aunque el ejemplo anterior se centra
en los intereses de la comunidad de acogida y de los turistas (un
ganar/ganar), es necesario ampliar este enfoque hacia los conservacionistas
y lo empresarios; y también hacia los empresarios y los artistas
o artesanos locales, así como hacia el gobierno local y los demás
actores.
Acciones incongruentes pueden surgir si no se respetan las "reglas
del juego". Una ejemplo lo constituye el conflicto entre el gobierno
municipal en una parroquia de Caracas y los residentes locales respecto
a un proyecto de Bingo en el sitio denominado La Trinidad. El empresario
promotor, motivado por la rentabilidad del negocio, ignoró lo señalado
en la Ley especial que regula estos proyectos (localización en zona
declarada turística y referéndum previo vecinal). En el lado contrario,
las familias residentes se sintieron ofendidas al no ser consultados,
argumentando los impactos adversos que los afectarían en su cultura
urbana.
El trabajo interdisciplinario
Dado que las estrategias de relaciones entre actores supone la
intervención de muchas disciplinas, que tratarían un asunto común,
en este sentido las ciencias sociales realizarán importantes aportes
(Jafari,1994: 24; Ascanio, 1992: 195). La gestión del turismo cultural
(y del turismo natural), es una responsabilidad compartida no sólo
entre actores interesados sino entre diversos profesionales que
trabajen con un enfoque holístico o integrador (Meléndez, 1995:
14).
Conclusión
El turismo masivo nació como una necesidad para generar riqueza.
En ello radicó su fortaleza y también su debilidad. El tejido social
y el natural, como muchas cosas, tienen sus limitaciones, y el turismo
masivo trató de llevar a esas limitaciones más allá de lo que usualmente
la comunidad de acogida estuvo dispuesta a tolerar. El sacrificio
del concepto capacidad de carga, en su sentido amplio, y la casi
exageración de los premios materiales, hicieron naufragar el turismo
concebido sólo como un negocio de masas.
Los planificadores no se habían dado cuenta de que ese enfoque
resultaba ser un disparate conceptual. La solidaridad y el consenso
entre actores es muy necesaria para la vida en común en una comunidad
turística, pero debe modularse, pues de lo contrario resulta atentatoria
contra las tres premisas elementales del progreso socioeconómico:
la libertad como condición del progreso personal y material ; y
porque no, un " sano individualismo" que promueva iniciativas culturales
innovadoras y la capacidad competitiva para promover un turismo
de calidad.
Todo esto, no se obtiene a través de un sistema de ecuaciones,
sino mediante el ejercicio de un delicado equilibrio, que se afiance
en las potencialidades y facultades del ser humano y en el perfil
de los atributos y raíces de una comunidad que casi siempre es irrepetible.
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