La reinvención cosmopolita de la autenticidad-.
La modernidad o la lógica de la producción-.
Es bien sabido por todos que no habría turismo sin viaje, si bien
el turismo ha sido normalmente considerado por las elites sociales
e intelectuales como el más burdo de los viajes. Es posible que
esta mala fama que inicialmente tenía esta modalidad de ocio, que
tendió a masificarse a medida que eso que ha venido en llamarse
mundialización y/o globalización facilitaba esa interconexión rápida
y barata entre mundos, tuviese que ver con que sus retractores debían
justificar un sentido práctico de su ociosidad. En ese tiempo utilizado
en nuestro relato como mito de origen- unas identidades construidas
en relación a la propiedad y los estatus sociolaborales -las aludidas
distinciones de clase - impedían que el tiempo de no trabajo, considerado
según los cánones de la moral puritana como de ociosidad en tanto
no productivo, entrase dentro de los circuitos de mercantilización
capitalista.
El trabajo, sea en la lógica protestante de Weber, la división
social del trabajo de Durkheim, o como pivote de la cosmovisión
capitalista según Marx, era la dimensión fundamental sobre la que
se establecía la relación entre las identidades individuales y el
orden social general. Estas sociologías, en tanto continuadoras
de los planteamientos ilustrados que hicieron del dominio sobre
la naturaleza el principal a priori del orden moderno, habían
mistificado a la producción -y al trabajo como su componente fundamental-
como la dimensión principal de la civilización de la que formaban
parte. Las distinciones de clase, por tanto, eran una metáfora de
la dicotomía misma entre civilización y naturaleza, en que el proletariado
devenía la negación misma de la humanidad o ilustraban la
naturaleza o animalidad misma de éste- en tanto no devenía sujeto
y objeto de sus propias acciones y escapaba a esa lógica continuista
de la civilización [1]
.
El ocio, por tanto, parecía contrario a esa lógica de control
tanto intelectual como físico que conllevaban los ideales racionalistas
de dominio y transformación de la naturaleza. En el caso del proletariado,
según los estereotipos del materialismo más clásico, ese tiempo
de no producción era un tiempo de reposición energética que posibilitaba
la reproducción de la mano de obra requerida por el capitalismo.
Un tiempo ligado a la naturaleza, a la reproducción físico-energética
del proletariado, a la sociabilidad, la familia, o todo aquello
que desde el prisma moderno de civilización quedaba al margen de
aquello que pudiese proyectar identidad social, de aquello que convirtiese
al individuo en un ser social, útil al interés general. El tiempo
libre, el ocio, era visto, en términos marxistas, como una válvula
de escape que permitía la reproducción del orden social. En este
sentido, las sociologías clásicas Marx, Durkheim y Weber-
condensaban las premisas modernas que históricamente hacían de la
producción y el consumo dimensiones claramente diferenciadas, reproduciendo
la distancia entre lo público y lo privado, la naturaleza y lo social,
y quedando el interés del analista social centrado en la organización
de la producción.
Desde hace unos años y principalmente desde los años sesenta
del siglo pasado- existen numerosos autores que anuncian el fin
de ese orden moderno y con él todo ese énfasis materialista, continuista
y controlador (racionalista) que lo caracterizó y la llegada de
un nuevo orden social. Aunque no es mi intención entrar en la polémica
entorno a si se trata de un orden post-moderno o si bien se trata
de una radicalización de determinados axiomas del orden moderno,
lo cierto es que no pueden obviarse las consecuencias que algunos
de estos cambios sociales, apuntados por los llamados postmodernos,
han tenido sobre el ocio y el consumo en particular, y sobre el
turismo en general. En primer lugar, no podremos negar que el capitalismo
ha ampliado sus coordenadas espacio-temporales de colonización.
Esa apropiación de energía por parte del capitalismo que en la perspectiva
de los marxistas iba depauperando al proletario en su interacción
alienante con el mundo también parece haber alcanzado la esfera
del consumo, reintroduciéndolo dentro de un sistema cerrado. Metamorfoseando
los planteamientos ecológicos sistémicos el ocio se ha convertido
en el principal sector productivo del planeta. Pensemos en un motor
mecánico clásico, el cual consume combustible energía- para
realizar un trabajo x, en ese espacio de transformación pierde energía
en forma de calor. Esta idea que en principio, según los ecologistas
que critican el capitalismo impide la reproducción del ecosistema
y la continuidad de la vida, definiría al neo-capitalismo. Esa energía
que se disipa el calor como tiempo libre orientado a la reproducción
física del proletariado- es reciclada por el orden capitalista comercializando
el tiempo libre.
El tiempo, que según la teoría social moderna sólo podía ser llenado
mediante trabajo, ha perdido su autonomía en el horizonte de un
capitalismo global que hace del mundo una utopía lista para ser
consumida por las expectativas de clientes-tipo. Posiblemente esto
se deba a que el tiempo signo del progreso o avance continuista
civilizatorio- pierda importancia como variable independiente ante
el espacio, o bien sea reinventado como tradición, pero ligado al
énfasis en el marcaje o definición de fronteras y territorios que
ya no son necesarios para el sistema capitalista
[2] . El tiempo, o el progreso sobre el que se dibujaba, pasa
de ser un símbolo de dominación, de control sobre la naturaleza
y sus habitantes y no deberíamos olvidar la relación entre
el colonialismo y sus primitivos, así como la coincidencia entre
el cuestionamiento del pensamiento moderno y los procesos de descolonización-,
a convertirse en una variable dependiente de lo local. La Historia
el progreso y su dominio sobre la naturaleza- pierde su sentido
moderno y reivindica esta misma alianza con la naturaleza como símbolo
de autenticidad sobre lo global.
Podríamos decir que la modernidad y con ella su emblema, el tiempo,
ha perecido por saturación al consolidar su meta venciendo al espacio,
la naturaleza, la diferencia, o todo aquello que le había servido
de referente externo sobre el que fundar su dominio. Desaparecida
esta línea de distinción es necesario inventarse nuevas referencias
sobre las que construir realidad, pero éstas ya no requerirán de
esa distancia moderna establecida entre algo externo y interno,
entorno a la naturaleza y la cultura. Por tanto, no estamos ante
la revalorización del espacio o victoria de éste sobre el tiempo
de lo local sobre lo global como revival de esa tensión moderna
entre la Historia (progreso) y la tradición-, sino ante la invención
del orden moderno mismo como simulacro sin referencias externas,
reconstruido de forma perfecta desde dentro, desde sí mismo-, pero
esta vez sometido a subasta por el mercado. En el momento mismo
en que la historia cede ante el mercado el espacio lo local-
únicamente puede estar ahí en tanto recreación de un imaginario
que busca referentes en un mundo abierto sin origen ni finalidad
-. Encontramos así que los supuestos de antaño son las mercancías
del ahora. La identidad, lo natural, el tiempo, la diferencia, la
comunidad, etc, se han convertido en expectativas y deseos de sujetos
que se someten a un proceso constante y efímero de reinvención de
sí mismo a partir de los referentes que de manera personalizada
encuentran en el mercado.
La identidad como consumo-.
La producción y el consumo han sido tradicionalmente esferas claramente
separadas, no sólo en un sentido meramente epistemológico, sino
incluso espacial y temporal. Eran, como hemos visto, metáforas del
orden moderno mismo, en el que la distinción entre lo público y
lo privado servía para visualizar las características de una nueva
modalidad civilizatoria: la sociedad. Siguiendo a Durkheim podríamos
decir que el concepto de sociedad se reinventa normativamente institucionalmente-
como espacio de solidaridad, de cohesión, pero cuya interdependencia
funcional seguía ligada a la producción (división social del trabajo
y especialización) y al mundo público. El espacio de la producción
era también el espacio del tiempo histórico. El tiempo únicamente
podía ser llenado por el trabajo, por la interacción transformadora
de sí mismo, y es en este sentido en el que también fue mistificado
por el pensamiento ilustrado como mecanismo a partir del cual el
hombre podía liberarse de su componente natural, animal o irracional.
El tiempo cuya materialidad o ser estuvo ligado inicialmente a Dios,
es en el orden moderno un icono de libertad en función de su capacidad
para transformarse a sí mismo y al mundo en este proceso de dominio
histórico sobre la naturaleza. El tiempo libre y la
subjetividad pertenecían a la esfera del consumo y estaban restringidas
al espacio privado, al hogar, al tiempo no social o no productivo,
y por tanto no eran susceptibles de dar identidad. Así, en este
momento histórico, la ociosidad podría ser considerada por el pensamiento
moderno como nada, efímera, carente de sustancia y por tanto negadora
de identidad.
Esta reflexión filosófica creo que difícilmente podría ser sostenible
para conversar con la cotidianidad que nos envuelve, ya que la identidad
no estaría ligada ni a estructuras externas como la familia, la
empresa o el Estado ni al trabajo, sino a la construcción singular
mediante las que los sujetos se inventan así mismo a partir de lo
que encuentran a su alcance. Es más, esta tendencia popularizada
en la literatura sociológica como proceso de desinstitucionalización,
implica nuevas modalidades de individualismo y de identidad. La
revalorización de la experimentación y los espacios relacionales
hacen del ocio un marco propicio para la búsqueda de la identidad
o la autenticidad. Identidad o autenticidad no ligada al reconocimiento
de un modelo social preexistente sino a la experimentación de sí
mismo. El trabajo es una dimensión más de la vida que se caracterizaría
por la misma flexibilidad que el resto de dimensiones de la realidad
social, en donde la precariedad (efemiridad) y la anteposición del
sujeto sobre la empresa ilustran la consolidación de esta tendencia.
Sin ánimo de entrar en demagogias aludiendo al fin del trabajo,
y demás refranes académicos apocalípticos, lo que sí creo que permiten
apuntar estas tendencias es en que hay que revisar toda la teoría
social y en nuestro caso ésta en relación con el turismo, en que
como fenómeno de masas pasa de ser algo periférico a convertirse
en una dimensión de análisis fundamental para entender
las nuevas formas de producción y consumo de identidades.
Estas nuevas formas personalizadas de construcción de identidades
conllevan la falta de necesidad de su reconocimiento del individuo
y sus atributos- en una instancia externa, en la sanción social
como orden coercitivo y externo. Vemos así como esta distinción
entre el ser y la nada debe ser re-conceptualizada de forma radical,
y la nada vuelve a su rol original de potencial creador de identidades
heteronómicas. Al igual que el lugar es primero cuestionado como
físicamente existente, para luego ser identificado como espacio
social de consenso y luego cruce de encuentros contingentes, la
identidad sufre un proceso paralelo en el que el sujeto se inventa
circunstancialmente así mismo, es decir, de manera diferente en
función de las opciones de que disponga y sus intereses en un momento
concreto. Identidades efímeras no tanto ligadas al progreso, al
cosmopolitismo o la velocidad, dimensiones respresentadas por Walter
Benjamín, Charles Baudelaire o los futuristas en su fe en un movimiento
frenético que idealiza esa conquista del tiempo sobre el mundo,
sino a un mercado que requiere para su reproducción una renovación
modal constante.
Acudiendo en mi ayuda a una de las últimas obras de Saramago,
La caverna, las tendencias centrípetas del Centro anulan
las distancias entre dentro y fuera del sistema, entre el mercado
como regulador del espacio productivo y laboral y el mundo privado
y familiar. El sistema reaprovecha sus márgenes energéticos, el
tiempo de ocio, comercializándolo y reintroduciéndolo dentro de
sus márgenes de beneficio. Como diría un intelectual populista:
el ocio se ha convertido en un neg-ocio. Esta transición, que por
qué no, puestos a viajar y hablar de viajes, pueden remitirnos al
mismísimo Homero y a la civilización griega de su Ulises, ha llevado
su tiempo y es algo más que una radicalización de la modernidad,
al menos si atendemos a lo que pudiera implicar esta lógica circular
del capitalismo y el desvanecimiento de esa distinción entre el
espacio público y el privado. La frase anterior, el negocio
del ocio, es la negación de la humanidad o el sentido
de la civilización judio-cristiana de matriz griega- en tanto convierte
la plaza pública en mercado. La relación social pierde su sentido
comunicativo en favor de la interacción económica, en donde la lógica
instrumental y cuantitiva del mercado hace de los sujetos y sus
identidades individuales valores de cambio.
El turismo, en este sentido, sería una modalidad más de comercializar
ocio, si bien nos permite entrever mediante la noción de viaje las
dimensiones sobre las que se sustentaría esta nueva civilización
del capitalismo total. La noción de viaje mismo implicaría desplazamiento,
movimiento, un local y un visitante o un turista y un anfitrión
según la jerga que utilizan los analistas sociales de fenómenos
turísticos-, un referente o reclamo y un consumidor o cliente, una
distancia, etc. Mi propuesta radica en exponer como estas relaciones
que acabo de establecer mutan radicalmente según nos situemos en
las formas clásicas o modernas de viaje y apropiación de los escenarios
visitados o bien atendamos a eso que ha venido en llamarse globalización
y que condensa nuevas formas de socialización o de construcción
de sujetos y mecanismos de mediación del mundo, o de una manera
más explícita, nuevos estilos de reconocimiento de la autenticidad.
Para ilustrar estas relaciones tomaremos como referente dos marcos
etnográficos: el Valle de Arán y el parque temático Universals Port
Aventura.
Ambos escenarios se encuentran en España, y concretamente en la
región de Cataluña, situada al nordeste de la Península Ibérica.
El Valle de Arán está orientado hacia la cara norte de los Pirineos,
y viene distinguido en las guías turísticas por la belleza de su
paisaje natural, la riqueza de su gastronomía y sus peculiaridades
histórico-culturales, ya que debido a su posición estratégica un
enclave geográfico en la vertiente francesa de los Pirineos- esta
zona se convirtió durante la edad media en puente militar continuamente
en disputa entre los condados de ambos reinos (entonces el condado
de Comenges y la Corona de Aragón), quedando finalmente, por decisión
de la población local (los araneses) bajo la jurisdicción de los
condes de Barcelona y siendo en compensación premiados otorgándoles
mayor autonomía política que al resto de las zonas circundantes,
situación que se prolongó hasta mediados del siglo pasado el
referente político más similar quizás sería Andorra-, circunstancias
históricas que en gran medida contribuyeron al mantenimiento de
una lengua propia, el aranés que es una variante de gascón
que se habla en el sur de Francia-. Estos reclamos lo convierten
en un importante foco de atracción turística. El otro escenario
está situado en la costa dorada, en el litoral de Tarragona, y se
caracteriza por ser el parque temático más grande de España, y si
se llevan a cabo los proyectos previstos por la empresa, devendrá
el mayor parque Europeo de este tipo. Además, y me parece un dato
reseñable, la gestión del parque la lleva a cabo la multinacional
americana de capital Japonés Universals Pictures, lo que nos permite
visualizar mejor determinados rasgos de lo que ha venido a llamarse
cultura del espectáculo especialmente en Francia de la mano
de Guy Debord y post-estructuralistas tipo Jean Baudrillard o Gilles
Lipovetsky- o cultura del narcisismo sobre todo por los críticos
norteamericanos estilo Christopher Lasch-.
El punto de encuentro entre ambos escenarios es que las formas
mediante los que son apropiados mejor sería decir consumidos,
como ya veremos más adelante- son más parecidos de lo que presupone
la distancia entre natural y artificial que implica a priori
su diseño. El Valle de Arán es el icono de lo podríamos considerar
un marco natural por excelencia. Es un escenario público en donde
la naturaleza o el contacto con ella es el sustento principal sobre
el que se construyen las expectativas y experiencias de quienes
acuden a él. Por otro lado, Universals Port Aventura es un escenario
artificial en el que se recrean cinco culturas exóticas al
menos en la Península Ibérica- como son México, el Far West, la
Mediterránea auténtica, la Polinesia y China, y en que la propuesta
consiste en un viaje o aventura en la que se intercalan atracciones,
gastronomía y folklore. Sin embargo, pese a que su producción y
consumo sea privado, como prueba el pago de entrada para acceder
al recinto, no existe una gran diferencia entre ambos escenarios,
salvo quizás en que el parque temático estereotipa o exagera lo
que ocurre en el Valle de Arán. Esto quizás sea debido, o al menos
esa pretendo que sea mi contribución, a que la autenticidad ya no
está ligada a un referente externo ni natural, sino a las formas
en que lo vive o experimenta el sujeto consumidor.
¿La tecnología como mediadora o como constructora de realidad?-.
Durante mucho tiempo el turismo no estuvo al alcance de la mayoría
de la población , y por ello no entraba en el horizonte de sus expectativas.
No era un fenómeno masivo y, por tanto, las élites no debían establecer
esa distancia imaginaria entre estas formas de consumo que constituye
el viaje y otras formas de viajar. En este sentido, el romanticismo
nos ha dejado una amplia muestra de esta literatura de viajes ligadas
al contacto con la naturaleza, el exotismo y la autencidad de otros
mundos más allá del mundo conocido del viajero. En este caso el
viajar era una metáfora de una manera de conocer que implicaba un
contacto directo ahora diríamos experiencial- entre el sujeto-viajero
y aquello que en su imaginación le impulsaba hacia otras latitudes.
Existían otras formas de desplazamiento ligadas a fines menos cosmopolitas,
como sería el caso de una burguesía que se da cita en determinados
lugares en los que procedían a remarcar su distinción social sobre
el resto de la población, aunque en definitiva sólo trataban de
reproducir, escenificándola, su posición social.
La democratización del viaje que implicó las mejoras de los transportes
a partir de la segunda revolución industrial no acabó con las distinciones
entre viajeros y turistas, en que los primeros renovaban las pretensiones
cosmopolitas de los románticos y los segundos se limitaban a acceder
a los destinos o reconocer aquellos escenarios que otros, en un
primer lugar la elite intelectual activándolos como deseables-
y posteriormente los tour operadores en sintonía con los agentes
de desarrollo local, habían dispuesto para ellos. Este primer salto
en Occidente del turismo como un fenómeno de clases pudientes a
un fenómeno de masas tuvo sin embargo continuidad en su tratamiento
epistemológico por parte de los científicos sociales. El turismo
masa implicaba un incipiente proceso de comercialización del tiempo
libre, pero seguía siendo analizado en relación a su función como
válvula de escape con respecto al orden social y a la necesidad
de reproducción de mano de obra. Por otra parte, como fenómeno sociológico,
este tipo de turistas son vistos por los intelectuales
como marionetas, caníbales o gentes sin cultura incapaces
de apreciar las riquezas de los lugares de destino o en todo caso
son considerados como meros consumidores de los contenidos de las
guías o hitos de paso de los viajes organizados y de los espacios
recreativos especialmente diseñados para ellos como los complejos
de sol y playa y paraísos naturales perfectamente habilitados por
las industrias turísticas con todas las comodidades y servicios
que suelen exigir los turistas-. Frente a ellos se sitúan los viajeros
que, a diferencia de los primeros, muestran un interés por la cultura,
la gastronomía, o las riquezas naturales de los que son poseedores
aquellos a los que visitan. Las distinciones de clase parecen tener
también su equivalente en el plano epistemológico.
En un primer momento el turismo era algo que sólo estaba al alcance
de los bolsillos de unos pocos, en que los medios de transporte
y las distancias que implicaban incidían además en la escala local
en la que podía desarrollarse el viaje. El desarrollo de los transportes
y el abaratamiento de los precios, junto al desarrollo del turismo
como industria, facilitaron la creación de determinados destinos
turísticos y empresas destinadas a gestionar tanto los medios para
llegar al destino como lo necesario una vez en él como el alojamiento
y la comida. El viaje sirve así para desconectar de
la realidad cotidiana, aunque no sugiera nada del destino en cuestión
más allá de lo que venden los tour operadores. Se trata de paraísos
turísticos, en los que el viaje no lleva a ninguna parte. Sin ánimo
de ser pesado, este tipo de turismo reproduce el estado de barbarie
propio del proletario de siempre, si bien ahora se trata de un público-masa.
El viajero no se transforma así mismo en el viaje y regresa a casa
igual de in-civilizado que antes. Ese afán continuista propio de
la civilización moderna y que sigue definiendo al viajero en tanto
interesado por el otro, por esa interacción con el mundo que le
modifica a medida que interacciona con él. Estaríamos en un plano
estético, en donde el sujeto culto es capaz de reconocer y apreciar
las gracias del trayecto, incorporándolas en su equipaje vital.
Nada más lejos del simple consumo de ofertas de diseño confeccionadas
por los tour operadores y de las que disfrutan los turista masa.
Esta distinción entre turistas listos y turistas tontos aún es
muy frecuente en la literatura socio-antropológica, es más, con
la espectacularización del patrimonio y la proliferación
de parques de temáticos de todo tipo sirva de muestra que
ayer mismo los informativos hacían referencia a que en Rumania se
iba a habilitar un parque temático sobre Drácula-, se han multiplicado
estas críticas. Yo no creo que esta actitud sea nada fructífera,
ni en el plano teórico como contribución a la realidad social
sobre el que se constituye el turismo como fenómeno social-, ni
en el práctico con la aportación de sugerencias para posibles
planes de desarrollo local-. En este sentido, en este ensayo trazaremos
un recorrido histórico en el que buscaré remarcar la conexiones
entre la teoría social, el turismo como fenómeno social, y la práctica
entorno a la cual se dan las modalidades de producción y consumo
cultural de escenarios turísticos. Para ello he construido una narración
ejemplar en la que doy más importancia a los momentos y el relato
mismo sobre el que los ordeno, que a la meticulosidad propiamente
histórica. Estos hitos son; el turismo romántico, el turismo burgués
de clase media, el turismo interactivo y el turismo experiencial.
El turismo romántico-.
En el caso del Valle de Arán deberá esperarse a los años setenta
para hablar del turismo como un sector productivo importante en
la zona, año en que se construyó uno de los complejos de Esquí más
grandes de la Península, Baqueira Beret. Hasta entonces si quisiéramos
hacer una reconstrucción arqueológica de la influencia del turismo
en la zona deberíamos remontarnos a las narraciones de viajes de
gente de tanto renombre como Coromines o Camilo José Cela. El viajero
es el protagonista de estos relatos en los que se exalta la vida
tradicional campesina y se describe el paisaje tanto agrario como
natural de una manera espectacular. Existían otro tipo de viajeros
-que además nos han legado un importante fondo documental fotográfico-
como sería en el caso del Centro Excursionista de Cataluña [3] - en que de forma experiencial se reviven los
relatos de los que nos hablan estos viajeros.
Estaríamos ante una modalidad turística de culto, muy cercano,
y en el caso de la asociación excursionista de Catalunya estrechamente
vinculados, a los movimientos románticos. Se busca un contacto directo
con la naturaleza, con sus gentes, pero se idealizan los destinos
como propiamente auténticos, vírgenes, y en los que sus gentes y
marcos naturales en que habitan recrean esa vida tradicional
que, para los viajeros urbanitas, ya se ha convertido en nostalgia
ante los incipientes procesos de industrialización y urbanización
que tienen inicio en España a partir de los años 50. El Valle de
Arán deviene una reserva de la autenticidad, de un mundo que aún
mantiene las esencias de una convivencia en armonía con la naturaleza.
Es el primer contacto o al menos así lo he reinventado yo
para nuestro relato- entre los cánones estéticos de la ciudad la
mayoría de los visitantes provenían de Barcelona- y unos locales
mistificados como rurales, aunque aquí no en un sentido peyorativo
sino buscando remarcar su autenticidad. El paisaje y las costumbres
de sus pobladores aparecen sacralizados, ajenos a los embates de
una civilización que tiende a corromper a la tradición, o lo que
sería propio de la tierra.
Hablar de parques temáticos en ese momento en España sería un
poco ridículo, salvo si tomamos como muestra la política desarrollista
del franquismo y la construcción de pantanos e infraestructuras
hidroeléctricas a lo largo y ancho de todo el Pirineo, intentando
con ello ofrecer una contrarréplica a esa imagen de una España tradicional
y atrasada, y en donde el cemento parece querer ganarle espacio,
o al menos establecer una convivencia nada pacífica, con la naturaleza.
Los paradores nacionales de turismo también empiezan a aparecer
a partir de los años sesenta, premiando las autoridades estatales
a nuestro Valle con un par de ellos. Es una política que pretende
establecer un mínimo de infraestructuras turísticas suficientemente
confortables para atraer un turismo de calidad. Parece
que la civilización empieza a alterar con sus tendidos eléctricos
y canalizaciones de agua los recorridos de nuestros excursionistas.
El turismo burgués de clase media-.
La construcción de estas infraestructuras coincide con el inicio
de los primeros desplazamientos turísticos, aunque aún no masivos,
desde la ciudad al campo, viajes en que si bien las expectativas
están ligadas al marco natural que les ofrece el Valle ya no estarían
vinculadas a ese reconocimiento de la autenticidad que atrajo a
los primeros viajeros y excursionistas, sino a la comercialización
desligada de sus agentes y sus consumidores- misma de lo natural
como algo exótico para los urbanitas. La autenticidad de lo natural
entra en su primer proceso de mercantilización, y surgen así los
primeros veraneantes que alternan sus negocios en las fábricas urbanas
con estancias recreativas en medio de la naturaleza. Estos privilegiados
construyen sus residencias secundarias en la zona y sirven de colchón
entre la población local y las posteriores hordas de turismo masa
que, sobre todo a partir de mediados de los ochenta, abarrotarán
los meses estivales del Valle de Arán.
Estaríamos en los años setenta, y la dinámica idílicamente tradicional
que podían encontrar los excursionistas de hacía unas décadas se
ha trasformado en una mayor estratificación de la estructura productiva
de la zona. Los más mayores siguen en el campo, pero muchos serán
los jóvenes que abandonen esta actividad tradicional y jornada espacio-temporal
que implica en favor de un sueldo y un horario estable en las empresas
constructoras y de servicios que empiezan a proliferar en la zona.
La vacas conviven con campistas, esquiadores y empleados de la construcción.
De todas formas, lo importante, al menos el reclamo sobre el que
se reconocen estos visitantes, sigue siendo el contacto con la naturaleza:
se crean zonas de Picnic y empieza a consolidarse la tradición de
ir de excursión en coche con la familia hasta ellas. Es, por tanto,
un contacto más mediatizado por la tecnología, en donde la comodidad
no es vista como incompatible con la autenticidad del marco. ¿Quizás
sería a esto a lo que se refería Rousseau cuando aludía a la naturaleza
civilizada o a un paraíso natural educado?
Los años setenta, y podríamos extender este momento hasta mediados
de los ochenta, sí que nos permiten introducir ya a los parques
temáticos. Nos serviremos de los comentarios de Umberto Eco a un
parque temático americano a principios de los ochenta, aunque éstos
nos sirven más por lo documental del momento en que los relata y
las críticas sobre las que estos se construyen que por lo revelador
de los mismos. Si queremos preparar nuestro imaginario deberíamos
pensar en esas películas Walt Disney y esos parques temáticos con
monstruos de cine que se mueven de forma tosca, sobre todo por los
mecánicos y rudimentarios sistemas que les dan vida, y la estrecha
conexión entre lo que ahí se recrea y el cine y dibujos animados
Walt Disney. En otros casos, tipo museos de cera, la copia deviene
el objetivo último de las teatralizaciones, y tenemos entonces un
intento de reproducción ideal de otros contextos o acontecimientos
importantes, centrándose las críticas en la falta de veracidad de
las reconstrucciones que dan lugar a composiciones surrealistas
en las que, en boca de U. Eco:
Cest qui prevaut cest la théatralité. Pour le visiteur
cultivé, il y a lhabilité de la reconstruction, pour lingenu,
la violence de linformation il y a pour tout le monde,
de quoi se plaint-on? Il reste que linformation historique
donne dans le sensationnel, le vrai se mele au légendaire, Eusapia
Palladine apparait (en cire) après Roger Bacon et le docteur Faust:
le resultat est absolument onirique... (Eco, 1985: 21).
Esto nos devuelve otra vez a la teoría, ya que ilustra de manera
explícita la denuncia de la artificialidad de estas reconstrucciones
temáticas, remarcando la falta de participación de estas copias
de la esencia del original, de la falta de veracidad tanto de lo
expuesto como del contexto en que se recrean las piezas. Emulando
a José Saramago y su caverna estas réplicas intelectualistas de
Umberto Eco restituyen el sentido de la filosofía Platónica, si
bien la verdad, la autenticidad, para nuestro intelectual estaría
ligada al referente natural. Estos Miky Mauss, o Doctores Faustos
falsos, carecen del soplo divino de la vida -la autenticidad-, y
su reproducción como copia únicamente les permite tener protagonismo
en el mundo de la diversión y el espectáculo, bien lejos de la seriedad
del mundo del conocimiento y la verdad. Aunque quizás más que los
referentes mismos, las piezas recreadas -como buen semiótico-, lo
que más cuestiona nuestro autor es la artificialidad misma del relato,
el contexto en el que son escenificadas: linformation
historique donne dans le sensationnel, le vrai se mele au légendaire...:le
resultat est absulement onirique.
Así, y recapitulando en nuestra narración, si bien en un primer
momento la autenticidad estaba ligada al peregrinaje de los románticos
urbanitas, a la proyección de su nostalgia sobre lo natural,
en este momento la distancia entre ficción y la realidad está a
salvo, lo histórico y lo verdadero pueden discernirse de lo sensacional
y lo legendario. El romanticismo pierde magia ante el empirismo
naturalista. Estas observaciones pueden ser mantenidas también en
nuestros supuestos escenarios naturales. En estos tiene inicio,
entre las clases medias, la popularización del turismo histórico,
natural y gastronómico, del turismo ligado al conocimiento de un
otro idealizado como real, pues de dicha realidad depende
su comercialización y consumo, el negocio. La arquitectura y los
monumentos históricos, los museos históricos y etnológicos, el arte,
las costumbres folklóricas ligadas ya por tanto
a su consumo por un espectador-, etc. se convierten en oferta cultural
habitual de los destinos turísticos, si bien en este primer momento
están ligadas a un público muy restringido capaz de valorar estos
productos.
Estas formas de consumo cultural reproducen lo que hemos venido
dibujando como formas modernas de producción de realidad y reconocimiento
de la misma. Lo explicaremos de una manera más sencilla: existe
una relación reflexiva entre un sujeto que busca conocer y un exterior
en el que reconocerse. Esta distancia es la que salva esa frontera
que denuncia U. Eco entre realidad y ficción, ese horizonte surrealista
que acaba con las distinciones modernas a partir de las cuales se
construye la realidad. El protagonista aparente en toda esta historia
es ese exterior a reconocer, aunque como se denota de lo que hemos
venido diciendo hasta el momento, ese naturaly histórico
sobre los que se construye esa originalidad del otro
decían mucho más de los contextos urbanos y burgueses en los que
habían sido construidos que de los marcos rurales a
los que se aplicaban. Haciendo uso de una terminología muy propia
de este momento entre mediados de los setenta y mediados de
los ochenta- de lo que se trataba era de reificar a los locales
y a los atributos de los que eran beneficiarios para convertirlos
en objeto de consumo por parte de las élites intelectuales, o más
bien las clases medias con tales pretensiones. Una vez convertidos
en identidades autónomas, es decir, desligadas de la ciudad y sus
valores, eran situados en contextos que los totalizaban y distinguían
principalmente a partir de estas dos coordenadas: la historia o
mejor la tradición ya que implica a la naturaleza en su relato-,
y la cultura exótica, y por tanto irremediablemente lejana
a los patrones urbanos-.
Las particularidades de su consumo cultural reside en que quienes
son sus potenciales destinatarios son modernos, y como la modernidad
reflexivos y burgueses. Es decir, la autenticidad está ligada a
la representación del otro como alguien existente más allá de la
relación que establezca con él. La individualidad requiere de la
abstracción de la propiedad, de esa totalidad que atribuye valor
a un objeto al margen de las relaciones establecidas en su producción
y distribución. Los términos en los que se establece la comunicación,
sin embargo, no dan ninguna opción de redimir al objeto. Los destinos
turísticos son moldeados según los cánones estéticos de las clases
medias urbanas y los locales se prestan a complacer dichos cánones.
Estaríamos ante un proceso de incomunicación en el que la falta
de feed-back entre anfitrión y visitante sólo permitía ligar la
interacción al valor mismo que esa misma burguesía había asignado
al patrimonio estético y histórico de la zona. No olvidemos que
la clase literaria, al menos la que disponía de mayor difusión,
participaba y retroalimentaba esos mismos cánones burgueses. La
autenticidad existía ya como valor de cambio. Esta autenticidad,
o espíritu de la mercancía, era aplicada a diferentes objetos
según los cánones estéticos de las clases medias burguesas, asignándoles
un valor, un nombre y unas cualidades a estos objetos
los paisajes y los habitantes de los mismos- que los hacían
deseables y consumibles por los visitantes, pero que a su vez los
desligaban del contexto local y los habitantes con los que en principio
tales cosas estaban en relación.
Este fetichismo por la autenticidad, vedado en un principio sólo
a las clases medias, es el que definía la producción y el consumo
tanto de los parques temáticos artificiales- como de los lugares
de aquellos espacios ligados a una coordenadas históricas
y geográficas naturales-. Esto nos obliga a considerar
la relación misma establecida entre sujeto y objeto como la dimensión
principal a estudiar para entender los cambios sociales en los mecanismos
de producción de los destinos turísticos y sus formas de consumo.
Es probable que ya se hayan percatado de la notable presencia de
terminología marxista en este punto, y es que en mi opinión es la
que mejor permite entender esta relación de dominación o incomunicación
entre locales y visitantes. El énfasis racionalista y naturalista
que definió a la burguesía de finales del XIX es el mismo que nos
permite entender esta relación entre local y visitante y que yo
sitúo entre los años setenta y mediados de los ochenta. El patrimonio,
lo natural y lo histórico en nuestro caso, se convierten en mercancías,
en objetos, cuya posesión es únicamente posible si pueden ser desligados
de sus agentes, de las relaciones sociales que hacen de dichas dimensiones
algo ligado a sujetos, y por tanto, no susceptible de compra-venda.
Pero, y perdonen mis excesos filosóficos, estaríamos en lo que Foucauld
hubiese definido como régimen disciplinario, y estos requisitos
estéticos vienen determinados desde fuera están institucionalizados-
y no son susceptibles de reapropiación ni por los locales ni por
los visitantes. Es una cuestión de convenciones sociales.
En nuestro otro escenario, los parques temáticos, éstos no son
vistos como una amenaza a la verdad burguesa, ya que aparecen claramente
distinguidos como mundos de ficción, de mentira, en los que el objetivo
es pasarlo bien. La famosa distinción entre el imaginario y la realidad,
a la que con tanta frecuencia se alude ahora, estaba claramente
escenificada en los dos contextos elegidos. Lo natural y lo histórico
sobre los que se fundaba la realidad de nuestros paisajes naturales
estaban fuera de toda duda, dado que no se apelaba a la intervención
del sujeto en su apropiación, mientras que la artificialidad de
los parques temáticos resultaba obvia ante la explícita relación
que tenían estas escenificaciones con el mundo de la televisión
y el cine. La pantalla, los medios de comunicación, no sólo no eran
vistos como uno de los principales agentes en la construcción de
la realidad, ya que sus productos imaginarios estaban confinados
en escenarios de la artificialidad, sino que seguían subordinados
a esa lógica de la producción o energética sobre la que se conceptualizaban
los fundamentos de la realidad moderna. El mundo del espectáculo
aún no había llegado a España, y la realidad disponía aún de esa
aura que la hacía impermeable a las masas.
Turismo interactivo-.
Llegamos a otro de nuestros hitos en este recorrido, que históricamente
sitúo entre mediados de los ochenta y mediados de los noventa, y
que podríamos llamar como la era de la interactividad. Es el momento
de la pedagogía interactiva, de los museos interactivos, de la televisión
interactiva, etc..., y también del turismo interactivo. En primer
lugar, aclarar que en España ya se había digerido el paso del régimen
político anterior que había hecho del Estado el eje conformador
del pensamiento social de toda una generación. Ese Estado la
norma, la disciplina, la institución, etc- había contribuido a la
construcción de sujetos o bien muy disciplinados, incapaces de incluirse
en las narraciones de sus vidas como agentes, o bien toda una generación
de transgresores que veían en su autoridad un icono que les impelía
a experimentar, a probar todo aquello que les hiciera sentirse sujetos
frente a la continencia castradora que condensaba el Estado. A mediados
de los ochenta, con lo que parece ya una evidente consolidación
formal del régimen democrático, la democratización llega también
al ocio, y en nuestro caso al turismo. Esto implicará un efecto
cuantitativo al convertirlo en un fenómeno de masas, pero también
una transformación en la manera de entender la relación entre sujeto-objeto.
Traduciéndolo al mundo epistemológico, podríamos hablar de la era
de la intersubjetividad, una realidad cuya existencia depende
por igual tanto del objeto (en este caso, también sujeto)
a observar como del sujeto observante (Salazar, 1996: 9).
Esto conlleva una transformación en el planteamiento de la construcción
de los escenarios turísticos, en donde la naturaleza y la historia
se abren a su interpretación y a la acción de los visitantes. Pierden
su sentido institucional en tanto que referentes de consumo. Es
el fin del orden disciplinario, del reconocimiento de ese exterior
que preexiste a la relación que mantiene con él el espectador. Haciéndolo
más gráfico podríamos decir que los paisajes pierden su naturaleza
contemplativa para ser habitados por unos visitantes no siempre
respetuosos, pero en que la mayoría de las veces carecían de la
intención de buscar o valorar esa autenticidad que hasta entonces
había caracterizado a lo natural por ser natural y a lo histórico
por ser histórico.
Como suele ocurrir habitualmente con la masificación, sea del
arte, de la música o del turismo, se democratizan los ideales estéticos
que caracterizaban a las elites que les precedían. En el caso de
nuestro Valle de Arán las áreas de picnic y las rutas de montaña
tienen los meses de vacaciones la misma pinta que un supermercado,
abarrotados de gente más seducidos por la variedad misma y ambiente
del contexto, que por la finalidad misma del viaje como conocimiento.
Los pueblos son recorridos por hordas de individuos armados con
cámaras de fotografiar y uniformados con pantalones cortos, camisetas
y gorra. La montaña, los pueblos - sus iglesias y edificios históricos-
y sus gentes se han convertido en una atracción de culto para los
urbanitas, que gracias a los planes de autovías y autopistas del
nuevo gobierno democrático ya no sólo vienen de Barcelona sino de
todos los rincones del país. En principio, los reclamos no habían
variado, y los lugares de peregrinaje eran los mismos, pero sí que
es cierto que se apelaba a un componente vivencial en el visitante,
ir a tantos lugares, fotografiarse en tantos escenarios como sea
posible. La autenticidad ya no estaba ligada sólo a esos escenarios
sino a como eran apropiados por el visitante, a la relación que
éste estableciera con ellos.
Es cierto, como ha denunciado frecuentemente la literatura socio-antropológica
que versa sobre turismo, que se trata de un consumo fragmentado
y ligado únicamente al reconocimiento o ese estar allí de aquellos
hitos que previamente han marcado los diseñadores de marketing y
la literatura propagandística de los tour operadores, pero esto
no debería evitar entender que en estas interacciones el sujeto
deviene parte activa en este proceso, que el consumo del escenario
depende de esa relación que establezca él con el mundo,
su presencia y las actividades que en él desarrolla. La distancia,
o mejor, la presencia del otro aún están garantizadas en tanto que
se trata de refrendar de forma personalizada un lugar de culto.
El protagonismo, el sentido del viaje, sigue ligado al destino,
y el consumo de su autenticidad desplaza a la contemplación en favor
de su participación activa.
Los parques temáticos, al igual que los museos, también se han
abierto a esta interactividad dotando a sus atracciones, espectáculos
y recorridos de los últimos adelantos tecnológicos que permitan
la participación activa del visitante. Ya no se trata de reconocer
a los protagonistas de la televisión y el cine, sino de conversar
con ellos, de protagonizar escenas junto a ellos y recrear vivencialmente
muchos de esos recuerdos. La fidelidad de las escenas y lo aséptico
de la recreación de los personajes y los escenarios queda desdibujado
por la participación de los visitantes en la trama, por su intromisión
participando en la ficción. No tuve la ocasión de conocer ningún
parque temático antes la apertura de Universals Port Aventura, pero
sí que acudí al Museo de Historia de Cataluña, icono vanguardista
tanto por su diseño esceneográfico como por su pedagogía expositiva,
y que bien nos puede servir para ilustrar este momento. Se trata
de un recorrido a través del mito que, bastante mediatizado por
el partido catalano nacionalista en el poder, se ha construido de
la historia de Cataluña y que suele aparecer en los reportages de
la televisión y los libros de texto escolares. Sin embargo, lo significativo
es que la tecnología permite casi vivir, tocar la historia, ya que
a medida que avanzas por sus exposiciones el sonido y los focos
te permiten experimentar como era un bombardeo en la guerra civil,
o las diferencias entre las formas de enseñar en la república y
en el régimen franquista. El protagonismo sigue estando en la historia
contada, pero se apela a la participación del sujeto quien no sólo
se reconoce en la trama de forma reflexiva se sitúa a sí mismo
en el relato-, sino que la revive a través de sus sentidos. Asistimos
a lo que bien podríamos llamar pedagogía táctil.
Turismo experiencial-.
Esta última sugerencia nos sirve para dar entrada a nuestro último
punto, que no es más que una radicalización de este componente participativo
y experimental, si bien se pierde el sentido del relato colectivo
como referente último de verdad del que se apropiaba el sujeto.
Lo que pretendo decir es que esa interacción entre el sujeto y el
mundo que daba lugar a una interpretación hermenéutica del mismo
cede ante la desaparición del mundo o de la distancia que hacía
de su sentido público algo más allá del sujeto, exterior a él y
por tanto fundamento último de realidad. La autenticidad en este
último momento estaría ligada al sujeto, al experimentarse como
otro, en el caso de Universals Port Aventura, o al entrar en contacto
con la naturaleza de una forma experiencial, bajando en rappel sus
montañas o haciendo rafting en sus ríos. Los deportes de aventuras
constituyen uno de los últimos reclamos para los visitantes, pero
su disfrute dista bastante de la contemplación y de las recreaciones
anteriores, sino que está ligado a la aventura, a la experimentación,
al reto que supone la naturaleza como experiencia. Tanto en nuestro
parque temático como en el Valle de Arán podemos hablar de la comercialización
de la experiencia, pero también, y esto supone un salto epistemológico
importante, de la comercialización de la autenticidad. En el momento
en que la auténticidad ya no se halla vinculada al objeto, desaparecida
la aura que marcaba su exterioridad, deberemos replantearnos el
sentido de qué es hoy en día susceptible de devenir patrimonio,
de cómo los escenarios turísticos deberán adaptarse a los nuevos
requisitos de estos sujetos narcisistas. Aquí entran en crisis todas
las categorías modernas como podían serlo las de identidad, relación
social, natural-artificial, realidad-ficción, social, etc.
El recorrido marcado muestra una trayectoria que se inicia con
la norma como razón y que nos lleva a la utopía del mercado, a la
comercialización de mundos ajenos a coordenadas previas, sin principios
ni finalidades, en que se privilegian la experiencia y la elección
como opciones de consumo siempre dispuestas a medida del consumidor.
La lógica de la satisfacción del cliente también ha llegado al turismo.
La caída del orden institucional desacredita la coerción en favor
de la seducción, al igual que privilegia la experimentación sobre
la racionalización. El peso de la narrativas colectivas, como en
su día remarcó Jean-Francois Lyotard, se derrumba ante los procesos
de personalización que hacen del individuo protagonista de sus propios
relatos. Es el fin de la historia, pero no porque haya caído el
muro de Berlín y con él las alternativas al capitalismo, sino porque
el mercado ha cambiado su alianza con el orden moderno en
tanto ilustrado racionalista y normativo- por las premisas New Age
de la libertad como experimentación, de la individuación como autenticidad
frente al orden exterior, y de la utopía como margen de elección
que posibilita el mercado mediante la construcción personalizada
de identidades. La utopía es ahora el espacio del capitalismo. Un
espacio que carece de fronteras, que no necesita ni de la historia
ni de la cultura como referentes, que subsume lo social en la autoregularización
individual.
Los parques temáticos se convierten en magníficos laboratorios
sociales de estas nuevas modalidades de construcción de identidades
y socialidades efímeras. El protagonismo radica totalmente en un
cliente que, en el caso de Universals Port Aventura, se experimenta
así mismo como Polinesio, Cawboy del Far West o nativo de la civilización
Maya. Los escenarios del parque recrean estos contextos cargándolos
de puntos de consumo sobre los que alternan la oferta gastronómica,
tiendas de objetos de regalo y atracciones que emulan leyendas locales.
El patrimonio, casi como sancionando la hiperrealidad del escenario,
también acude en forma de folklore. Se podría hablar de una cultura
en venta si no fuera porque quizás con eso de cultura
ya no estaríamos diciendo nada. Lo importante ya no es el reconocimiento
de un otro lejano, sino el experimentarse así mismo como otro, y
lo exótico de los no-lugares recreados no sería más que una opción
más seductora de comercializar con esa autenticidad. La distancia
geográfica o imaginaria convierte en más atractiva e interesante
la posibilidad de devenir chérif de Penitance por un día
es como se llama el escenario que recrea al Far West-, y no creo
que pueda afirmarse que el interés de la visita se centre en la
mera participación o reconocimiento de un relato en tanto
que acontecimiento histórico- sobre el Far West, sino en jugar,
en protagonizar esa historia al margen de la Historia.
Estas sugerencias no sólo nos empujan a cuestionarnos donde radica
hoy en día esa distinción entre realidad y ficción, sino al sentido
mismo de esa continuidad sobre la que tomaba sentido la noción de
Historia. La desinstitucionalización que implica el fin de estas
metanarrativas colectivas sintoniza mejor con ese neo-capitalismo
que hace del mundo un producto de consumo. El mercado pone a disposición
del consumidor todo lo que sea susceptible de ser comprado, siendo
el cliente el juez último de esta realidad del capital. La utopía
se corresponde con este pool virtual que ofrece el mercado, una
nada creadora activada en función de los gustos del consumidor.
Por tanto, esa lógica continuista sobre la que se había construido
la modernidad se manifiesta incompatible con los modelos de consumo
que impone el capital, ya que en el momento en el que la identidad
deja de estar ligada al reconocimiento social deviene efímera, sometida
a un proceso constante de reinvención favorable a esa renovación
de necesidades que rigen los mecanismos del capital. Esa autenticidad
ligada a la experimentación de sí mismo hace del sujeto un neurótico
sometido a una búsqueda constante de nuevas emociones y experiencias
sobre las que volverse a reinventar, volver a nacer y morir en la
ejecución de cada situación y cada personaje.
Estas ideas quizás nos ayuden a entender hacía donde tienden los
nuevos escenarios turísticos. En el caso del Valle de Arán las nuevas
empresas turísticas que están surgiendo en el sector parecen ratificar
nuestras observaciones; tomemos como ejemplo numerosas empresas
de deportes de aventura, que ocupan entre otras actividades el excursionismo
a pié o en montain Bike, rafting, escalada, parapente, etc.. Se
trata de nuevas maneras de interaccionar con la naturaleza que cada
vez más se constituyen en el reclamo principal para los visitantes,
situando en un plano complementario dimensiones antes centrales
como la gastronomía o la oferta cultural cine,
teatro, música, museos, etc- de la zona. Incluso la Historia ha
cedido a su espectacularización integrando a los turistas en la
participación de excavaciones arqueológicas, que además está deviniendo
uno de los principales fondos de financiación de los pequeños proyectos
arqueológicos locales. La cultura acompaña esta subasta
del orden moderno mediante la proliferación en todas las zonas rurales
de lo que aquí se llaman casas de pagés, y que consiste
en que una familia alquila una habitación en su casa y ofrece a
la familia que se aloja con ellos la posibilidad de participar en
las actividades cotidianas de la finca. Tenemos así a brookers ordeñando
vacas o regando las judías de la huerta como si fueran un campesino
más. Es más, y supongo que podría llamársele una neo-contradicción
de este neo-capitalismo, estos huertos y vacas normalmente persisten
más por esta su nueva función folklórica que por una
rentabilidad económica que ha sido desplazada por el turismo como
actividad económica principal. Y es que ha llegado el momento en
que las vacas, las excavaciones arqueológicas, o incluso pueblos
enteros necesitan del mercado para seguir existiendo. El mundo rural
ya no es el clásico mundo tradicional, o la reinvención moderna
del mismo, sino un simulacro cuyos cánones estéticos vienen de la
ciudad y cuyas condiciones de posibilidad están determinadas por
el mercado.
Resumen-.
Acudiendo en mi ayuda a una de las últimas obras de Saramago,
La caverna, las tendencias centrípetas del Centro anulan
las distancias entre dentro y fuera del sistema, entre el mercado
como regulador del espacio productivo y laboral y el mundo privado
y familiar. El sistema reaprovecha sus márgenes energéticos, el
tiempo de ocio, comercializándolo y reintroduciéndolo dentro de
sus márgenes de beneficio. Como diría un intelectual populista:
el ocio se ha convertido en un neg-ocio. Esta transición, que por
qué no, puestos a viajar y hablar de viajes, pueden remitirnos al
mismísimo Homero y a la civilización griega de su Ulises, ha llevado
su tiempo y es algo más que una radicalización de la modernidad,
al menos si atendemos a lo que pudiera implicar esta lógica circular
del capitalismo y el desvanecimiento de esa distinción entre el
espacio público y el privado. La frase anterior, el negocio
del ocio, es la negación de la humanidad o el sentido
de la civilización judio-cristiana de matriz griega- en tanto convierte
la plaza pública en mercado. La relación social pierde su sentido
comunicativo en favor de la interacción económica, en donde la lógica
instrumental y cuantitiva del mercado hace de los sujetos y sus
identidades individuales valores de cambio.
El turismo, en este sentido, sería una modalidad más de comercializar
ocio, si bien nos permite entrever mediante la noción de viaje las
dimensiones sobre las que se sustentaría esta nueva civilización
del capitalismo total. La noción de viaje mismo implicaría desplazamiento,
movimiento, un local y un visitante o un turista y un anfitrión
según la jerga que utilizan los analistas sociales de fenómenos
turísticos-, un referente o reclamo y un consumidor o cliente, una
distancia, etc. Mi propuesta radica en exponer como estas relaciones
que acabo de establecer mutan radicalmente según nos situemos en
las formas clásicas o modernas de viaje y apropiación de los escenarios
visitados o bien atendamos a eso que ha venido en llamarse globalización
y que condensa nuevas formas de socialización o de construcción
de sujetos y mecanismos de mediación del mundo, o de una manera
más explícita, nuevos estilos de reconocimiento de la autenticidad.
Para ilustrar estas relaciones tomaremos como referente dos marcos
etnográficos: el Valle de Arán y el parque temático Universals Port
Aventura.
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[1] En este caso he usado como ejemplo la teoría marxista
porque es la que hace más explícita esta relación entre civilización
y la no humanidad de un proletariado subsumido en un estado de
naturaleza no continuista y ajeno al control del proceso
productivo-, aunque podríamos ilustrar esto con cualquier otra
corriente moderna, como en el caso de Emile Durkheim, en que no
especialización devenía simple o primitivo, o lo que es lo mismo,
más cercano al estado de naturaleza.
[2] No creo que deba extenderme en este punto demasiado,
pero tan sólo se trataría de apuntar que las fronteras territoriales
y las identidades ligadas al orden público o social dejan de tener
sentido para el mercado en el momento mismo en que se convierten
en trabas para el desarrollo del neoliberalismo.
[3] El centro excusionista de Catalunya es una institución
de tendencia nacionalista que tenía entre sus ideales el mayor
conocimiento de su territorio y que con tales fines promovía excursiones
hacía toda la geografía catalana.
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